Aún no recuerdo exactamente cuando aparecieron, o más bien, cuando me empecé a dar cuenta de su presencia. Quizá ellas hayan llegado mucho antes que yo, lo cual me pondría en la jodida condición de intruso. Lo cierto es que ahí andaban y vaya que se hacían sentir. Creo que todo empezó un domingo por la mañana, cuando decidí salir de cama y desayunar en un lugar donde rara vez lo hacía: la mesa del comedor. Fue entonces cuando decidieron aparecer. Y yo no estaba listo en absoluto.
Gran error.
Quizá se sabían subestimadas, quizá se encontraban heridas en su amor propio o quizá, como mucha gente por esos días, solo trataban de darme una lección. El punto es que su número aumentó velozmente y ya era difícil no notarlas. Estaban ahí cuando le daba de comer a mi gata, estaban ahí cuando yo iba a comer, estaban ahí cuando limpiaba y cuando dormía. Y ya eran una mayoría, pequeña quizá, pero mayoría al fin y al cabo.
Decidí acabar entonces con el problema de raíz, y me procuré adquirir el spray más asesino del mercado. Calculando bien mis movimientos, y las zonas en las que -según yo- podrían haber formado sus colonias, rocié sin piedad y me bajé casi media lata de insecticida sin pensar en el gran daño que le estaba haciendo al planeta. Lo único que yo quería era que nada, ni nadie, siguiera dañando mi paz y mi recién encontrada soledad.
Lo que vino después fueron semanas de paz, sin ninguna presencia extraña en ninguna de las habitaciones del departamento. Podía comer en paz, y dejar el yogurt destapado sin el riesgo de encontrarlo infestado minutos después. Me relajaba pensando en que había sido una estrategia estupenda el recurrir sin contemplaciones al matabichos, que me permitía disfrutar mis días sin insectos indeseables. Sin duda esa jugada maestra me había hecho ganar la guerra por knockout.
Cantando victoria me encontraba, cuando una noche -oyendo a Sir Elton John- la computadora se apagó y no encendió más. También se está tomando vacaciones, pensé riéndome, imaginando que la muy cabrona encendería a la mañana siguiente. Tampoco quiso esa mañana. Jodido y aburrido, no me quedó más que llevarla a reparar al centro, en un lugar de dudosa reputación (el dinero no me alcanzaba para más)
El técnico -de quién no me consta tuviese dudosa reputación, pero que lucía un bigotín de villano de dibujos animados- me djo, preocupado, que tendría que hacerle una revisión general para detectar el problema. Le di a regañadientes 30 soles de garantía y le dejé mi número de teléfono para que me contactara a penas diera con la falla. Prometió hacerlo, a más tardar, ese mismo día por la noche.
Llegue a casa y me tomé una coca cola helada. Aburrido, sin encontrar nada que hacer, me tiré a la cama a dormir la siesta. Me despertó el teléfono. Aturdido contesté y reconocí a duras penas la voz del técnico del bigotín, quien emociondo y en un lenguje difícil, me explicaba el por qué de la falla en mi computadora: "he encontrado numerosos insectos, joven amigo, hormigas, ciñéndonos a los avatares de la biología. Si me permite, joven amigo, arreglar la falla no le sadrá nada barato, ciñéndonos al aspecto económico, mire usted."
Le digo, incrédulo, que no cuento de momento con el dinero para la reparación y que no toque nada. Que iré a recoger la máquina por la mañana y le daré una propina por la limpieza y detección del poblema a tiempo, como había prometido. Cuelgo y, jodido, me siento un poco ridículo por lo que ha ocurrido. Seguramente, huyendo del matabichos, las hormigas no encontraron un refugio mas cálido que las grietas de la computadora y ahí, salvando sus vidas, me dieron el golpe final, ciñéndonos al aspecto de la guerra que yo -cojudamente- pensaba ganada.
Cuando encontré un pequeño grupo de ellas rodeando el pico de la botella de coca cola que había dejado en la mesa, las dejé estar. No moví ni un dedo para matarlas. Entendí que habían guerras que uno también tenía que perder, y pensando en el dinero que me hacía falta para reparar mi máquina, sonreí recordando aquél dicho de que si no puedes contra ellas, úneteles, y comprendí que el departamento ya no me pertenecía, sino que ahora era solamente un jodido inquilino con un alto precio a pagar.
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