Sandra es menor que yo. Siento que es una mujer genial, pero no nos conocemos. Quizá si la conociera, las cosas no serían tan geniales porque se aburriría conmigo. Solo hablamos por messenger, y de cuando en vez, por móvil. He visto sus fotos. La he visto por webcam. Es guapa, y se lo digo sin problemas. La deseo, de alguna manera, pero eso no se lo digo.
Sandra tiene un novio desde hace casi 4 años. Se llevan genial. Envidio eso porque jamás me llevé del todo bien con ninguna novia. Ella cuenta que discute con su novio de vez en cuando, pero que no es nunca nada serio. Me gusta mucho oír sus historias amorosas. Cuando yo no tengo historias amorosas que contarle, las invento.
Sandra cocina. Es cheff profesional y es buena en ello. Yo siempre quise aprender a cocinar, pero nunca pude dar el paso. La admiro por saber cocinar mejor que yo. El día que me lo comentó, le propuse matrimonio, medio en broma y medio en serio. Ella aceptó, medio en broma y medio en serio.
Sandra ama a Hello Kitty con locura. Su cuarto es de Hello Kitty totalmente. Hello Kitty a donde quiera que se mire. Su perra, incluso, se llama Kitty. No me he atrevido a preguntarle si tiene ropa interior de Hello Kitty. No lo hago porque ya se la respuesta. Se que el día que la encuentre le ragalaré algún objeto de Hello Kitty y le gustará. Creo que no del todo, si es que le regalo ropa interior.
Sandra adora el Jazz. Yo no tanto, pero me gusta oírlo cuando me siento invencible. Ella me recomienda canciones, unas de Jazz y otras no tanto, pero siempre con buen ritmo y letra genial. Yo le recomiendo canciones tontas y cursis, y nos reimos un instante. Ella sabe que me gusta Raphael y no me juzga. Quizá lo haría si supiera que también me gusta Ricky Martin.
Sandra anda ahi cuando necesito conversar con alguien. Entro al messenger para conversar con ella y no con los 32 contactos que se encuentran ocupados, o que vuelven pronto. Escucha cualquier tontería que tengo que decir, y da algún consejo cuando el día ha sido inaguantable. Es jodido explicarle a través de una ventana la forma en que aprecio todo eso. De alguna forma ella parece descubrirlo al sonreír tras cada chiste tonto que hago.
Sandra está obsesionada por las carteras. Tiene cientos de todos los colores y tamaños posibles. Antes de conocerla no sabía que habían tantos tamaños y formas extrañas de carteras. Me asusta el pensar si existe un lugar en donde pueda guardar tantas carteras a la vez. En Lima ya no hay casas tan grandes.
Sandra tiene un cabello increíble. Es lo que más me gusta de ella. Mil veces le he dicho que mataría por tocar su cabello un ratito y nada más. Ella ríe y me pregunta si en verdad "nada más" que eso quiero. Me río. Me gusta fastidiarla y asi, entre risas, aprovechar y mirar su cabello una vez más.
Sandra conoce un secreto que jamás he contado. O que al menos, no recuerdo haber contado: Disfruto de bailar. Pero solo me gusta bailar mi propio ritmo y la canción que yo mismo elija. Ella sabe que bailo como Travolta en Pulp Fiction, y a pesar de que no me lo ha confesado, creo que me aprecia un poco más solo por ese hecho.
Sandra es encantadora. Tiene una personalidad muy fuerte, también. Me cuenta que era algo distinta de niña, algo asi como este-juguete-es-mío-y-no-te-presto, pero que luego creció y cambió. Me gusta oírla hablar de cuando era una niña, porque a pesar de que ha vivido mucho y de que, sospecho, sabe muchas más cosas que yo; aún sigue siendo una niña por dentro.
Sandra me conmueve y me hace llorar una noche, en que me confiesa que tiene una enfermedad muy difícil de llevar, y que le altera hasta el alma. Trato de decirle lo mucho que la quiero, que soy su amigo y que conversar con ella me ayuda a no volverme loco, pero las palabras no me salen. Tontamente le digo frases como "entiendo" o "estoy contigo" y me siento fatal por ello. Me pone triste saber cuando se siente mal, pero la quiero cada vez más cuando se que lucha contra ello siempre, con una sonrisa y sin rendirse.
Sandra sabe que escribo mal porque ya me ha leído. Cualquier persona que me haya leído, ya debe haberse dado cuenta que escribo mal. Ella me dice que debería escribir más seguido, porque en el fondo sabe que soy flojo y distraído; y me motiva a no dejar de hacer eso que le confesé una noche que era lo que en verdad quería hacer antes de morirme: escribir lo que me salga de adentro. Le hago caso y me pongo a escribir.
