martes, 21 de julio de 2009

¿Quién soy?

Mi mejor amiga piensa que soy una hormona andante. Me ha calificado de forma tan creativa porque piensa que quiero relaciones carnales con muchas mujeres al mismo tiempo. Así de crudo. La realidad es que me hago el gracioso para pasar un buen momento, tan solo para hacer que ella ría un poco. Las chicas en cuestión me resultan agradables a la vista, pero no llego a tener nada con ellas. Mi amiga no se entera de esto, o quizá se entera a medias, lo cierto es que nada de eso le importa. Para ella yo sigo siendo un muchacho calenturiento. ¿Quién soy para discutir lo contrario?

Los chicos del barrio piensan que soy un muchacho loco y adinerado hasta cierto punto. Saben que trabajo en la tele y que siempre estoy dispuesto a hacer una chancha más para comprar cerveza. Se divierten cuando tomo en exceso y hablo huevadas sin un sentido lógico. Ellos creen que lo tengo todo porque vivo solo en un depa, paro todo el día con famosas y gano harto billete. Así como suena, incluso yo me lo creería también.

La chica que comparte la oficina conmigo piensa que soy el rey de los machistas. Le digo -cuando se pone en extremo feminista- que el hombre es la máxima creación de todo el universo. Cuando falla, o no consigue algún cliente, le digo que no se preocupe porque es mujer y yo solucionaré el problema como macho que soy. Reniega, a más no poder, cuando le digo que los cantantes de cumbia y de salsa que ella considera cueros son más bien unas locas de aquellas. Me odia y me dice que jamás podré conservar una mujer a mi lado. Tal vez esté en lo cierto.

Mis vecinos piensan que soy gay. Tremenda y orgullosamente gay. Yo también lo pensaría si viera salir todos los sábados por la mañana al buen Gordo del departamento de ese muchachito que es callado, muy educado, y que vive solo con su gata. Lo que jamás les perdonaré a ese dúo impresentable -conformado por el bodeguero cristiano de la esquina y el viejo canoso parlanchín- es haberle dicho a mi madre que ponga orden en mi hogar. Fue como decirle a un ebrio que le caerían bien unas cervecitas, know what I mean? Como parece agradarles el crear ficciones, les recomiendo que lean mi novela, en donde revelaré las aventurillas que alguna vez tuve con la hija de uno y las escapadas al Valetodo del otro. Bitches!

A su vez, mi querido amigo El Gordo piensa que me vuelto un ebrio empedernido y que debo parar un poco con la bebida. Esto porque últimamente mi memoria se ha visto afectada y he olvidado compromisos importantes. El Gordo tiene razón, y nada me da derecho de plantarlo rumbo al cine a ver alguna película de acción o -por qué no- una comedia romántica. He decidido de forma inmediata enmendar mi falta invitándole un par de cervezas bien frías que él ha tenido a bien no rechazar.



La gente por la calle piensa, a juzgar por mis aretes en el rostro y las capuchas que me cubren, que soy un tipo de cuidado. Uno de esos pillos que están dispuestos a matar o morir por un par de centavos y que no le tienen miedo ni a Dios mismo. Un raterillo de mierda, en buen cristiano. Me resbala -honestamente- si alguna señora me ve pasar y se aferra caleta nomás a su cartera. No me afecta. Lo que me revienta las partes nobles es tener que ir a Metro y parar porque he pasado por el detector de la puerta y ha hecho bip-bip. Y luego tener que enseñar mi ticket de compra, mientras las miradas de reprobación de señoras de la cuarta edad caen sobre mí. A la próxima que esto ocurra, señores de Hipermercados Metro, huiré sin importarme nada. A ver si me atrapan, cabrones. Y si me atrapan ni se atrevan a tocarme, que yo no me he llevado nada, oiga usted.

Mi familia piensa que soy un tipo que para en otro estado mental, muy distante y lejano. Serio al extremo. Mi padre me considera el más callado de sus hijos. Mi madre alguna vez pensó que era satánico por mi ropa y por oír a Marilyn Manson. Mis hermanos se ríen de mi aire distraído y de mis maneras, en general. Yo me río de ellos también, sobretodo del hecho de que seamos tan distintos y de que nos queramos tanto. Quizá en el fondo somos más parecidos de lo que creemos.

Mi ex novia piensa que soy un cabrón insufrible, un tipo inestable e inseguro que le mentía cuando le hablaba de un futuro juntos. Yo creía que podíamos tener ese futuro realmente, pero luego aprendí que el futuro no existe. Ella me ha excluído de sus planes, y también de su memoria al parecer, pero sé que aún sueña con encontrar a su Mark Darcy. Lástima que yo terminé siendo -más bien- una mala copia de Jerry Maguire.

La chica que quiero que sea mi chica piensa que soy un tipo extraño. Todo porque cuando salimos con el grupo, me aislo de la nada. Se ha fijado -porque es lista- que la pila se me baja sin explicación, que se me acaba la gasolina. Ha aprendido a preveer estos estados y hace intentos por sacarme de ahí. Y yo la quiero. Me ha dicho que soy raro a quemaropa, y me ha llamado quemado incontables veces también. Quizá no lo haría tan a menudo si recordara la respuesta que me dio cuando le pregunté -cuando recién nos conocimos- qué clase de chicos le gustaban: "me afanan los quemados". That's what she said.

Me atrevería a decir -por sus miradas y por infidencias que llegan a mis oídos de vez en cuando- que la gran masa que conforma esa gente que conoces en el trabajo, instituto, bar, y demás -sin realmente conocerlos- piensa que soy simplemente un hijo de puta, arrogante y un pelotudo posero del montón. Sería entonces correcto llegar a la conclusión que democráticamente vengo a serlo. Y también sería justo decir que hay un grupo de ellos que piensa que soy el mismo pelotudo, pero un buen muchacho a fin de cuentas. Me atrevería a decir que este grupo es la minoría (incluso creo que mi propia opinión va con lo expresado por el primer grupo)

Lo que yo pienso es que todos ellos tienen razón, y no me atrevo a discutir con nadie.




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