sábado, 18 de diciembre de 2010

Una Estrella Fugaz

A ella la conocí cuando entró al programa de televisión en donde trabajo (y donde vivo, prácticamente) Iba a hacer una labor media jodida, algo que yo ya había hecho antes y no con mucho éxito. No puedo decir que la foto de su currículum me haya llamado tanto la atención. Lo que me llamó la atención -jodido- fue su nombre.

Le hablé por primera vez un sábado. Ella hablaba por teléfono. Vestía de rosado. No se le veía mal, pero sí un poco confundida. Recuerdo haberla ayudado a meter unas cosas a la movilidad del canal, y de haberle dado las instrucciones al chofer -amigo mío- para que pudiese llegar a la lavandería sin problemas. Ella sonrió, me agradeció. Le di mi número, le pedí el suyo, y le dije que cuando tuviese algún problema me pasara la voz. Creo que le caí bien ese día.

Me burlé de ella por primera vez un lunes. El motivo: el tamaño de sus zapatos. Se veían extremadamente pequeños. Compartimos una risa, nada fuera del otro mundo. Me gustaba pensar que ya tenía la confianza como para joderla un rato sin incomodarla. Ella se las ingenió para llamarme de una forma graciosa, que -hoy por hoy- ha pasado a ser más que un apodo, mi nombre oficial.

Ella se burló de mí, por primera vez, el sábado de esa semana. De mi pinta, para ser más precisos. Me dijo que lo único que me faltaba era una moto al lado y listo. Me pilló desprevenido. Me arrancó una risa. Subiendo por el ascensor me vi en el espejo y me reí de mi look de villano de la película Grease. Luego me dio un poco de pena al darme cuenta que jamás iba a ser como Danny Zuko.

Me enamoré por primera vez de ella en una fiesta. No se muy bien como, pero me di cuenta de que inconscientemente la buscaba con la mirada. La miraba bailar de lejos, sentado, en parte porque no se bailar y en parte porque ese día me había sacado la mierda de las escaleras, y tenía la pierna hecha una pelota. Aún hinchado y todo me las arreglé para sacarla a bailar, pero ella se excusó. Me jodió. Me piqué. Supe, luego de haberla llamado a las 6 de la mañana -solo para saber si había llegado bien- que ya estaba cagado. No había vuelta atrás.

Igual seguimos siendo patas. Compartimos muchas cosas entre almuerzos, conversas cortas e idas al karaoke. Ahí fue cuando me di cuenta que era muy buena cantando. O al menos esa es mi impresión -espero- del todo imparcial. Me cago cuando -por ejemplo- estoy cantando una canción caleta -según yo- en mi oficina y ella llega y me sigue la letra. Es paja y, lo admito, también algo maricón poder cantar alguna de Arjona a dúo un miércoles por la mañana. Me gusta oírla cantar. Me gusta que le guste (nos guste) tanto Mar de Copas. Me gusta que se ponga a cantar de la nada, pero no me atrevo a pedirle echarnos un unplugged.

Me enamoré por segunda vez de ella en un matrimonio. Y la cagué. Recuerdo que no pude manejar el hecho de darme cuenta de que a ella le gustaba otro muchacho y reaccioné de la peor manera. Me porté como un cobarde y le dije lo que sentía frente a todo el mundo. El lunes en el canal no podía ni siquiera verla a los ojos. Me sentía infinitamente mal de haber arruinado nuestra amistad, así que solo atiné a escribirle un correo disculpándome y diciéndole que entendía si daba por concluida nuestra relación de patas.

Ella no dijo nada y yo tampoco, y así la distancia entre los dos se hacía cada vez más enorme. Yo me sentía pésimo por lo sucedido, pero asumía el grosísimo error cometido. Me esforzaba para ayudarla en las pocas ocasiones en que ella requería mi ayuda, y poco a poco la palta que había fue cesando. Hasta que una bendita noche se me ocurrió llamarla porque la había visto rara por la mañana, y ella me contó que tenía problemas con su jefe. Le dije que andaba cerca de su casa y ella me dijo que la fuera a buscar. Conversamos hasta la medianoche y nos volvimos amigos nuevamente.

Me enamoré por tercera vez -y ya definitiva- cuando nos quedamos hasta muy tarde terminando una estructura con luces de navidad para el programa. Le rogué a la amiga que comparte la oficina conmigo para que me cubriese toda esa tarde. Todo funcionó de maravilla. Sentía que la ayudaba y hablábamos de cualquier tontería, de los planes para navidad y año nuevo. Pedimos KFC y nos dimos un break para comer. Recuerdo haber llegado cerca de la 1 de la mañana a casa, completamente feliz.

Ella es muy pequeña, y duerme en una habitación mitad negra y mitad fucsia. Ella es menor que yo, sin embargo parece saber muchas más cosas de la vida. Ella disfruta toneando, y conoce los mil lugares que existen en la ciudad para dicho fin. Ella luce radiante con un niño en brazos (lo pude comprobar más de una vez). Ella siempre llora un poco cuando vuelve a ver la película P.S I love you. Ella siempre está dispuesta a almorzar un cevichito más. Ella no tiene ningún tatuaje aún porque ha decidido -sabiamente- aguantarse hasta que acabe el verano. Ella es fan de Disney y morirá cuando le entregue su regalo de cumpleaños.

Creo quererla porque siento que es auténtica. Tiene un humor torpe y un poco oscuro, que no muchos logran entender. Me gusta el sonido de su risa. Me gusta tener que esforzarme como mierda para poder hacerla reír a carcajadas. Me gustan sus aretes, siempre de bolitas. Me gusta que se acuerde de mí a la hora del almuerzo. Me gusta que me haya llamado un día a las 3 am y que luego nunca -jamás- me haya comentado nada al respecto. Me gusta que me haya hecho creer que hay un conejo en la luna. Me gusta, aunque no me haya aclarado del todo si el famoso conejo es macho o hembra.

Ella es la chica de la que estoy enamorado. La misma en la que pienso todos los días al despertar, y ante la cual intento -mal- ser un tipo cool. Es la chica que me ha puesto a escribir de nuevo, que ha hecho que descubra de otro modo al cabronazo de Arjona, la que ha puesto a Jesse & Joy en mi ipod y la que hace que baile oyendo a los Auténticos Decadentes. Chica de medidas lejanas a las de las modelos, pero a quién veo cada día más hermosa. Una chica fugaz que probablemente nunca llegue a leer estas líneas en extremo cúrsiles, pero de quien espero poder llegar a ser novio algún día.

PS. Aunque se que no sucederá.



m12














miércoles, 1 de septiembre de 2010

Aunque No Sea Conmigo


My dear:

Pensaba escribirte en inglés sin saber bien porqué. Creo que es porque lo que pienso decir me asusta un poco, pero también creo que estoy listo como para decirlo. Como bien sabes, no nos vemos desde la mañana en la que me metí a tu casa sin permiso. Creo que te asustaste y -si en algo te conozco- creo que aún debes estar molesta por lo sucedido. Me he estado peleando conmigo mismo los últimos meses buscando olvidarme de ti. Parece que ya estoy listo.

Cuando me va mal, pienso en acudir a ti. Cuando me siento muy muy solo, ocurre lo mismo. Cuando he bebido más de la cuenta -lo que ocurre muy a menudo últimamente- necesito verte o escucharte para estar tranquilo. Como bien sabes, lo últimos meses han sido duros para mi. Te he perdido dos veces, cada una más jodida que la anterior, y se que no va a haber una tercera vez. Comprendo hoy, un poco tarde, que ya no nos une nada y que he tardado mucho tiempo para darme cuenta.

Necesito despedirme. Se que tal vez no sea muy adecuado llamarte en estos momentos, así que decidí escribirte. Tenía miedo a comprender y a admitirlo todo. Me ha costado bastante. El seguir por ti a sabiendas que tu no quieres saber de mi fue, durante mucho tiempo, un sello en nuestra relación. Pensé que esta vez iba a ser también la clave de todo, pero me estaba engañando yo solo. A veces también toca perder, se puede aprender mucho de eso. Ahora me ha tocado a mi, pero no te confundas, no he perdido la esperanza. Solo pienso que está vez ya no hay nada que pueda hacer más que despedirme.

Y para eso te escribo, aunque sea tarde y ya hayas seguido con tu vida. Me cuentan que estás bien y de lo más feliz, tal vez como jamás lograste serlo estando conmigo. Los sentimientos que tengo son muchos, pero créeme que me da gusto saberlo. Sonrío cuando me acuerdo de todas las pequeñas cosas -que son muchas- y espero que cuando en algún momento me recuerdes, también puedas sonreír. Ya no quiero hacer nada que ponga en riesgo lo único bueno que te pueda quedar de mi: el recuerdo.



Ya no me quieres. Quieres a otro. Bastante. Ya no piensas en mi. Ya no vamos a volver. Haces el amor con otra persona. Le dices "te quiero". Todo lo nuestro ya fue. Para siempre. Todas esas frases son las que, en los últimos meses, he tratado de ignorar para no volverme loco.

Después de litros de alcohol, de haber llorado como nunca, haber roto cosas y lograr la cicatriz más grande que tengo, creo estoy listo para enfrentar todas esas cosas. Ya no me voy a volver loco. Voy a estar bien y se que tu también vas a estar muy feliz (creo que ya lo eres) Se que voy a verte y voy a poder darte tu regalo de cumple. Si te da curiosidad, entré a tu casa porque quería decirte algo y quería darte un dibujo que había hecho, pero ya es otra historia. De verdad, no quiero causarte más problemas. Parece que mientras más quiero acercarme, más termino alejándome de ti. Me ponía triste el hecho de no poder contar contigo, y aún me pone triste, pero creo que hay algo mucho más importante en todo esto.

Nunca me voy a olvidar de ti. No porque no quiera, sino porque no puedo. Gracias por todo el amor que me has dado, en serio, no tengo manera de agradecerte lo suficiente. Nunca me había sentido amado y a veces la cagué porque era demasiado fuerte y yo no estaba acostumbrado a que me quieran (y no se si lo logre estar algún día). Se que también sabes que, en medio de todo, también te amé y solo trataba de protegerte. Gracias Alma, porque antes de encontrarte descuidaba demasiado todo y me hacía daño. Hoy ya no quiero seguir haciéndome daño. Gracias porque -tal vez- más tarde sea ya muy tarde como para decírtelo. Gracias por ser mi Princesa de Hielo. Ha sido un honor poder abrazarte y despertar a tu lado, sin duda, lo más especial que alguna vez me tocó vivir.

Se feliz -aunque no sea conmigo- y nunca pienses que no te lo mereces: mereces lo mejor del mundo, chica insegura y de grandes mejillas. Te voy a querer toda la vida.

Cuentas con alguien, ahora un poco loco y un poco oscuro, pero con alguien. Nos encontraremos por ahí. Ojalá no me odies.

Un beso. (Si..."hasta...")




m12

jueves, 5 de agosto de 2010

Tigres Rojos

Quisiera contarte que hace mucho frío estos días. Tal vez siempre lo hubo, pero es recién ahora cuando me doy cuenta de lo fuerte que golpea. He estado resfriado. Todavía estoy resfriado. Como siempre -eso no varía- no se bien que decir.

Quisiera decirte que la otra noche estaba a punto de escribirte y no pude: preferí esperar. Sentía que quería escribirte pero no sabía como hacerlo. Creo que no me sentía del todo bien. No hay mucha diferencia con este preciso momento, pero esta vez quiero intentarlo.

Me gustaría contarte que mis heridas ya sanaron y que los golpes que me dieron los chicos que me asaltaron hace poco ya no duelen. Que logré darle de lleno a uno de ellos en el rostro y que -estoy seguro-le dolió más a él que a mi. Que la poca gente que lo llegó a saber me tildó de huevón y de irresponsable porque -según ellos- me pudieron haber matado. También sería válido decir que no me había sentido tan bien en mucho tiempo. A veces es bueno recibir un par de golpes.

Quisiera hablar contigo para preguntarte, hasta decir basta, sobre tu viaje. Y que me cuentes todos los detalles de lo que pasó -y lo que no pasó- todo este tiempo que estuviste afuera. Sabes que soy mejor para oír que para decir algo. Quisiera que sepas que vi tus fotos y me gustó una en especial. Quisiera que sepas que no puedo poner que me gusta porque ya se me adelantaron. Y es que nunca te lo he contado: odio que se me adelanten.

Quisiera escribirte un poco sobre tu corto, también. Se que de todas maneras van a quedar entre los cinco primeros. Quiero decirte que te lo mereces. Quiero que sepas que me gustaron mucho los planos detalle que hiciste, la actuación de la chica de la quebrada y la historia de fondo. Quiero que sepas, sobretodo, que lo único que no me gustó fue la actuación de Billy. No se hasta ahora por qué siempre parecía estar tan encabronado. Me recordó a como me comportaba en mis peores días.

A veces quisiera atreverme a contarte que hay momentos en que me siento infinitamente lejos de ti. Que cualquiera de tus amigos, sin importar cual, es más importante en tu vida que este pechito. Que esto ya lo he sentido muchas veces antes. Que me jode y es un problema grande. Que pocas personas lo saben. Que este sentimiento de sentirme tan extraño se siente muy extraño en verdad. Que da rabia no saber por que carajos me siento así. Que estoy completamente harto de sentir esta mierda atravesada en el pecho.

Quisiera -y sería muy gracioso- tratar de hacerte entender que esa misma mierda que me atraviesa de forma cruel el corazón desaparece, por momentos y sin previo aviso. Viene y va. Exactamente como un barquito de papel. A veces puede irse acompañada por una buena canción en un momento exacto, o con una conversa que logra que vuelva a ver todo a colores. Deberías saber ya a estas alturas que muchas de esas conversas y canciones han tenido -o tienen- que ver contigo. Y debería darte las gracias por todo eso.

En serio creo que sería estupendo poder hablarte de todas estas cosas medio oscuronas y absurdas que a veces siento, pero no quiero arruinarlo todo. Contigo -créeme esta vez- siempre he sentido todo en armonía, todo en el lugar correcto. No sería nada conveniente entonces, amargarnos con los problemas que puedan existir. Porque contigo no tengo ningún problema. Porque contigo, todo se siente un poco como magia. Porque, mágicamente también, te apareciste un día por ahí, y ya no estas y te extraño.

Y en el colmo de esa magia sucede algo inesperado: veo que te llevaste un tigre rojo a tu viaje, y de pronto siento que nada me puede atravesar el pecho otra vez.


Do u believe in magic, pequeña?




m12

domingo, 11 de julio de 2010

Anoche

Cuando te has sentado en mi cama, luego de dejar tu cel en la mesa de noche, has insistido en que no encienda ni siquiera la luz de la lámpara de noche. Nervioso, te he hecho caso y, más por impulso que otra cosa, me he sentado junto a ti.

Hemos pasado una noche increíble. Todas las dudas que había tenido estos meses sobre nosotros y sobre mí -sobretodo sobre mí- se habían esfumado junto al humo que escapaba de mi boca en el taxi de regreso a casa. Y fui un patán, y lo admito, cuando me pediste que no fumara y yo te respondí "solo un pucho para la buena suerte". Se que te deje muda porque no sabías de que jodida buena suerte estaba hablándote. Y es que es mi táctica: cuando quiero distraer la atención de algo que me piden, suelto la primera huevada que se me viene a la mente.

Hay mucho silencio. Ya ha pasado el tiempo necesario para poder distinguir sombras en la oscuridad. Se que estás con la mirada perdida, y también algo triste. No atino a decir nada. Se que la estoy cagando y que -tal vez- fue un error haberte traído a casa conmigo. Pero no quería despedirme y se que tu tampoco, porque me lo dijiste mientras aún te reías de mi pésima imitación de tu ex novio. Nadie dice nada y el silencio que se proyectaba a llegar al infinito es interrumpido por Ben Folds Five. Volteas, alcanzas el cel y contestas. Te oigo decir "no, no creo, mejor creo que me voy a quedar" y me quedo absoluta y plenamente huevón. Cuelgas y no dices nada. Yo aún no puedo mirarte.

Te conocí en una etapa muy jodida y muy extraña de mi vida. Si, Tyler Durden dixit. Siempre te dije que me costaba harto no ser tan noico y tu siempre me advertiste que solo íbamos a ser patas. Los dos la teníamos clara. Y salimos un par de veces a cenar y al teatro. Nada del otro mundo. Y conversábamos por horas algunas noches y nos prometimos decirnos siempre la verdad -una noche memorable en la que tuve que hablar desde mi azotea y me cagaba de frío y tu sentiste el viento en el celular-. Esos días en que empezaba a conocerte, avanzaba paso a paso sin saber hacia donde, a oscuras. Casi tan a oscuras como ahora que te tenía sentada en mi cama y con la certeza de que te quedarías a dormir.

No se ya cuanto rato ha pasado, pero siento que ha sido demasiado. Te he mirado y sigues con un aire triste. Me haces sentir un canalla que te ha obligado a venir a su casa y a entrar a su cuarto. No es algo que escape tanto de la realidad, pero no es bonito que te lo hagan sentir de todas formas. Me atrevo en ese momento a tomar tu mano. Sabes perfectamente que me cuesta harto hacer esas cosas, y tal vez por eso, no te rehusas y tomas la mía también. Entonces por fin me miras y sonríes. Es todo lo que yo quería. Juro que es todo lo que yo quería.

Nos hemos contado un montón de cosas en todo este tiempo. Recuerdo la noche en la que me contaste que te sentías cagada y que ya no querías volver a sentirte así nunca más. Casi lloramos juntos. Recuerdo cuando te conté de mis bajones emocionales y me arrepentí al segundo, porque te noté recontra impresionada slash preocupada slash asustada. Pero fuiste buenísima onda y, con tus palabras, me hiciste sentir menos anormal que de costumbre. Entendiste -sin que yo te lo dijera- que no necesitaba tanto volver a confiar en alguien; sino más bien, que alguien vuelva a confiar en mi. Y una noche, sin previo aviso y de la nada, decidiste confiar en mi.

Yo no sabía que luego de invitarte a un lugar donde me iba a aburrir infinitamente, y luego de un par de malos bailes y buenos vodkas, íbamos a acabar hablando de nuestras fallidas relaciones. Tampoco hubiera imaginado que mi teoría de que esta ciudad es demasiado pequeña iba a confirmarse al saber que yo había trabajado alguna vez con el tipo que te hizo tanto daño. Nunca hubiera sospechado que ibas a decir "okey vamos" cuando, entre risas, te dije que si querías ir un rato a mi jato. Okey, todo lo pude haber sospechado, pero lo que si, ni cagando hubiese sospechado, es que ibas a quitarte el jean y el polo sin decir nada y que ibas a meterte tan apresuradamente entre mis sábanas.

Cuando pienso que nada más loco podría suceder, logro distinguir tu mano poniendo tu brasier (¿negro, azul?) sobre la mesa de noche. Espero segundos que parecen eternos y decido también quedarme en ropa interior. Me pregunto si el vodka tiene la culpa de esta repentina muestra de confianza y, tras un rápido análisis, me doy cuenta que no estoy ebrio ni picado, sino más bien asustado. Slash nervioso. Slash confundido.

No has dicho palabra alguna cuando me he echado a tu lado y yo he tratado de no hacer ruido alguno. Te escucho reír, y sin embargo, no se que carajos sentir. Entonces estiras tus manos; me buscas y yo me acerco, haces que mis manos te rodeen y, cuando siento el olor de tu cabello, es cuando lo recuerdo. "Nunca has conocido a alguien como yo" te dije al conocerte. Y no era mi slogan de campaña ni mucho menos: era la purita verdad. No intento ningún movimiento que pueda arruinar el momento y me voy a dormir contigo. Esta vez -por primera vez en mi vida- sin preocuparme de que va a suceder mañana.




m12

domingo, 4 de julio de 2010

Todo Se Derrumbó

Rescatado entre papeles de hace 3 años, me llama la atención un texto que -por cabro- jamás logré enviar. Texto que pone en evidencia que -por más que trates- todo está hecho para romperse, todo tiene su final, y nada dura para siempre. Guarda con que te suceda algún día.


Lima, 10 de febrero del 2007


¿Cómo estará mi princesa?...era lo que siempre se me venía a la mente.

Sabía que ella estaba bien. Mi mente, cuando respondían mi pregunta, siempre me dejaba en calma y me hacía sentir seguro. Ya hacía un rato que ella no estaba aquí, y habían habido algunos cambios que -si bien no eran grandes- eran muy significativos.

Quería que ella supiera que este año las cosas tenían que salir de putamadre para ambos. Al menos sentía haber recuperado el combustible como para hacerlo, con todas las ganas y el corazón. Aunque la universidad acabaría a fines del año, nuestra vida juntos (como yo me lo imaginaba) debería empezar también este año y se había acabado el tiempo de rogar para que suceda. Empezó el tiempo de hacer que suceda.

Las últimas semanas de febrero llegarían recargadas de momentos especiales. Llegadas del extranjero de familiares y amigos, idas y venidas de mil lugares, muchos trámites (papeleos infinitos, incluyendo la matrícula para este ciclo) Limpiar la casa también seria un mal menor y totalmente soportable. Idear un plan para proteger a mi gatita sería lo más complicado de estos días.

Lo que sin duda será lo más difícil es pasar el cumpleaños de ella, sin ella. O sin estar cerca a ella. El tiempo juntos parecía haberse multiplicado en mi corazón y en mi memoria. Era gracioso porque, a pesar del tiempo que había pasado desde las primeras salidas, los primeros besos clandestinos y las primeras noches eternas y perfectas; tenía la sensación de que hubiesen sucedido ayer. Pero los viajes juntos, mis inseguridades, sus dudas y el inicio de nuestra historia me parecían muy lejanos.

Cuando le dije al psicólogo -lo mismo que le dije al taxista y lo mismo que le digo a algún amigo con el que tengo algún mínimo de confianza, por lo general tras haber consumido cierto grado de alcohol- todo mi rollo de que ella "es" y de que estoy seguro de que lo es porque nos entendemos mutuamente, me sentí orgulloso de mis sentimientos. Obviamente, es muy diferente la respuesta de un taxista, un especialista y un amigo que está tanto o mas ebrio que uno, pero en todos los casos recibí de ellos una señal de "buena fe". De que voy en el camino correcto. De que al final no me quedaré solo. De que debo de seguir luchando por ella.

No tengo pelo, no tengo cejas, y ando en ropa interior la mayor parte del tiempo. En dos semanas todo eso cambiará drásticamente y muchas emociones se juntarán. Y llegará marzo. He estado mucho tiempo solo, y mucho tiempo con ella también. No me imagino estando lejos en algún momento, pero si me imagino gordo. Siempre muy gordo. Cuando esta semana a la hora de almuerzo vi el rostro de la mesera -una mezcla entre buen humor y puro horror- al decirme con espanto "joven, ¿se comerá todo eso?" supe que también iba por buen camino. Al haber dictado una cátedra en una mesa de bembos, sobre el precio justo de la comida rápida en el Perú y sobre la calidad del servicio, el rostro del compañero que me acompañaba me decía que algo había cambiado en mí estos días.

No se si seré mejor o peor, pero se que soy diferente.

El verano no perdona, mi corazón tampoco perdona, y el tiempo mucho menos. Estos días no admiten error alguno. Tendría que realizar los movimientos correctos para que mi madre llegase y su ganas de "recuperar el tiempo perdido" sean mayores que sus nacientes ganas de joder. Tendría que esperar a que la inspiración para escribir historias me golpee en algún momento del año (tengo una corazonada que podría ser a partir de junio) y tendría que esperar a conquistarla por completo, lo cual resulta ser lo más jodidamente difícil que he hecho en la vida, y curiosamente, lo más recompensante también.

Ahí está lo que más quiero. A la vuelta de la esquina -o en una ciudad californiana, para ser más exactos- y todo indica que debo dejarme de mariconadas y conseguirlo de una vez por todas.

Quizá con suerte este año le de respuesta a algo que ella hace mucho tiempo me confió:

"Yo no se lo que es el amor"

Ojalá pueda hacer que ella lo sienta este año...

Yo me mantendré en Lima Gris, atento y solitario. La gata siempre es una compañía excelente, y bueno, comiendo mucho eso si. Nunca fui bueno para expresarle lo que sentía, pero ojalá en algún momento pueda contarle la idea que me ha estado dando vueltas por las noches:



Que estoy listo para vivir junto a ella y ya no hay nada que temer.




m12

lunes, 7 de junio de 2010

¿Bipolar yo?

Si alguna vez te has preguntado por qué carajos me voy a un rincón en medio de una fiesta, o porque no me gusta salir en la fotos, puede que esta historia te vacile. No es por pose, no es por locura: es, sencillamente, porque el mundo está en contra mía. Yo soy rebelde porque el mundo me hizo así...


I

Me he levantado temprano, con ánimo. Cosa extraña los lunes por la mañana. Son recién las 8 y hoy toca irme en taxi, así que tengo tiempo de sobra para alistarme con calma. Y no es que me demore mucho en alistarme, pero por lo menos hoy voy a poder afeitarme sin cortarme la cara.

Voy a la ducha y hay alguien afuera, en la sala. No distingo mucho la cara de aquella visitante matutina pero saludo de todos modos. Entro al baño y pienso "carajos, que temprano para visitar" pero así es mi hermano. Recibe visitas de mujeres de distintos colores y tamaños a las horas más inesperadas. No lo envidio. Me miro al espejo y el fénix en mi brazo luce más vistoso hoy. Tengo los brazos ligeramente más hinchados (por los mil litros de agua que tuve que bajar y subir la semana pasada) y no me disgusta lo que veo. Ya que más da, Diosito me hizo así.

Salgo y, milagrosamente, un taxista accede a llevarme por la insólita tarifa de 10 maracas. Quiero pedirle el número al hermano, pero no quiero asustarlo y que el cabrón quiera cobrarme de más. Viendo el mar enfermo de mi ciudad pienso en el obstáculo más grande a vencer llegando a la oficina: florear al cliente que, muy pillo, me ha escrito mentandome la madre con sutileza, ya que nuestra jefa ha confundido el nombre de su digna empresa por otro, no menos pomposo, en televisión nacional. Hoy siento que puedo tener las palabras exactas para resolver este problema, pero se que el mar enfermo de mi ciudad no tiene solución ni esperanza alguna de volver a ser azul.

Llego a la oficina tempranísimo. Una compañera me pregunta la razón por la que parezco tan feliz. No se que decirle. Enciendo la computadora y en media hora resuelvo el tema pendiente del cliente ofendido. Para el mediodía tengo todo bajo control y ayudo a mi jefa, quién es buenísima onda y con quién comparto algunos gustos musicales que no mucha gente entiende. Después de discutir sobre las tonalidades de las voces de Mari Trini y Rocío Jurado, decidimos ir juntos a almorzar. Sin duda comeré algo sabroso. Sin duda comeré como un cerdo. Sin duda, será un día de putamadre.



II

Me tomo mi tiempo, parado en medio de la vereda, para echar un vistazo a la calle que ya he visto tantas veces, pero por donde no he vuelto a caminar en mucho tiempo. Cae un poco de agua del cielo de mi ciudad que, dado el romanticismo de toda la escena, colabora luciendo más gris que de costumbre. Logro mirar hasta donde la vista me permite y los recuerdos me caen uno sobre otro: esperas largas en aquellas frías -y jodidamente duras- bancas del parque donde los perros se cagan infinitamente; caminatas veloces hacia el lugar donde preparaban los burritos con el huacamole más rico de Lima; y millones de abrires y cerrares de aquella puerta marrón que ya no iba a abrirse más para mi.

Doy media vuelta y distingo el logo del canal en la móvil que me espera: he vuelto al presente. Por esas cosas de la vida, uno de nuestros clientes tiene sus oficinas justa y precisamente a pocas cuadras de la casa de la chica que alguna vez fue mi novia. Había logrado, después de miles de intentos fallidos, que los recuerdos me dejen de perseguir -por lo menos- diariamente. Esta vez no me siento triste ni rabioso como solía sentirme cuando el pasado atropellaba mi cabeza. Al menos esta vez la tristeza se siente un poco dulce.

Bajando por la avenida Tomás Marsano, mientras veo las gotas que golpean sin cesar el parabrisas de la camioneta, decido llamar de sorpresa a la chica que quiero. Ella me contesta entre sorprendida y contenta. A veces acostumbro llamarla por las tardes solo para desearle buena suerte en su día, pero hoy es distinto. Mientras me atrevo a contarle que la extraño y que la quiero, tal vez intoxicado por los recuerdos de hace un rato, ella me escucha con atención. No dice mucho, tampoco se lo pido. Me dice que conversaremos en la noche. Desde que regresó de viaje el fin de semana ha estado un poco distinta, incluso en su tono de voz. Podría ser que está resfriada, preocupada o podría ser algo más. Me alegra, como siempre, haber oído su voz. Esta vez, sin embargo, la alegría se siente un poco triste.



III

Abro la puerta de mi departamento y tiro la mochila lejos, al sillón que está al fondo de la sala. Hoy no importa que se caiga y la compu, dentro de ella, se haga mierda en su totalidad. No importa porque son las 11 de la noche, no he comido y estoy un poco harto de todo. Harto de que -a punto de cerrar el trato con el cliente más importante esta semana- el muy cabrón se haya echado para atrás aduciendo "exceso de compromisos". Harto de llegar a casa y no encontrar nadie con quien charlar aparte de mi gata infinitamente hambrienta. Harto de verlo todo gris nuevamente.

Antes de salir del canal -tarde, para hacerlo todo más pintoresco- he llamado a mi mejor amiga. Ella me contesta y, por alguna razón, las palabras no me salen. Le he contado muchas veces cuando me siento triste sin razón, y ella me ha oído siempre con el mismo entusiasmo y con mucha buena onda. Esta vez no he podido. Le digo que "solo quería saber si ya había salido de trabajar" y me despido. Quiero contarle que es difícil mantener el entusiasmo cuando un cliente te caga a última hora, o cuando la persona que quieres no te quiere igual, pero no puedo hacerlo. Creo que no puedo hacerlo porque no quiero que ella pierda el entusiasmo también.

Peleado conmigo mismo, y como último recurso, trato de llamar a la chica que quiero. Se que es peligroso y que cualquier cosa que pueda decirme la voy a agrandar al máximo, pero no hay nada más que pueda hacer. Como un soldado que va a la guerra sabiendo perfectamente que el otro bando es más poderoso, me atrevo a avanzar con el corazón en la mano al grito de ya-que-chucha-lo-que-pase y marco numerito por numerito -creo que para arrepentirme antes de marcar el último y no llamar-. Es demasiado tarde: ella ha contestado.

Me acuesto en el sillón, resignado, y trato de acomodar mi no tan larga humanidad en él. Un incidente casero ha convertido mi cuarto en un lugar -de momento- inhabitable y no me queda otro rincón en donde pasar la noche. No estoy triste por el hecho de haber perdido un cliente importante hoy. Tampoco creo estarlo porque la chica que quiero me ha contado que hay otro muchacho que está interesado en ella y que ella no le es indiferente. Ni siquiera es porque en la sala hace -infinitamente- mucho más frío que en mi cuarto. Es, más bien, el ignorar el motivo de mi tristeza lo que me pone más triste. Y más molesto. Y me molesto más al pasar las horas y al estar tan cansado y al no poder dormir que no se me ocurre nada más que sacudirme un poco y ponerme a escribir un poco sobre la vida tan confusa que me ha tocado vivir.




m12










domingo, 9 de mayo de 2010

Mother

Me he levantado a las 5 porque te conozco. Sé que si me hubiera levantado a las 6, tu te habrías despertado y la sorpresa ya no habría sido sorpresa. Y es que te las hubieras olido. Y es que eres muy mosca para estas cosas. Y es que nos conocemos tanto.


Trato de no hacer algún ruido que pueda arruinar todo y, con más suerte que destreza, logro escapar de la habitación. Me deslizo a la cocina. Preparar algo que te guste no va a ser tarea difícil. Lo difícil va a ser ponerme a cocinar sin hacer la bulla que hago siempre, sello inconfundible de aquellas personas medianamente torpes y nóveles en las tareas culinarias. Hoy, más que un cheff, tengo que ser un ninja. Al menos tengo el trajecito negro.


Termino a duras penas, justo cuando el sol está saliendo, y le doy una chequeada general a que todo esté en orden. Huevos revueltos, jugo, mermelada, aceitunas, todo okey. Recuerdo que tengo que despertar a mi pequeño asistente. Entro a su cuarto. Me asombra el gran parecido que tiene a ti cuando está dormido. Lo muevo despacio, le digo -Rodrigo, ya es hora de saludar a mamá- y, sin abrir los ojos, el listillo responde -En 2 minutitos ¿Ya, papi?-, en eso si que se parece a mi. Vaya que se parece a mi.


Entramos al cuarto, tengo la bandeja en la mano. A la cuenta de 3 prenderemos la lámpara de noche y empezará a sonar una de tus canciones favoritas. Pero son las 6 de la mañana, Rodrigo se ha levantado muy temprano y calcula que no es necesaria tamaña espera para saltar en la cama, tarjeta en mano, y comerte a besos. Te despiertas, sonríes. Lo miras y, no te das cuenta, yo te miro a ti. Me dices, con la mirada, que habrán muchas mañanas como esta. Te digo, también con la mirada, que nunca he sido tan feliz como en ese momento. Rodrigo, por su parte, ya se acabó todo el yogurt de fresa.


Veo toda la escena, clarito, cuando miro mi propia imagen en el espejo del baño. La veo y me siento mucho más mierda que de costumbre. Ayer estuve dando tumbos, postrado en mi cama, pensando en las infinitas razones que han dado origen a mi soledad. Soledad que abrazo todos los días, sin roches y sin ascos, pero que me jode enormemente cuando estoy enfermo. Cada quién tiene lo que merece, dicen por ahi. Si eso es cierto, hoy no va a ser un buen día en absoluto.


Te recuerdo hoy por obvias razones. Me hace daño. Pero ya cogí la foto de nuevo. Ya puse la canción en la compu otra vez. Ya estoy cagado y ni vuelta que darle. Me cuesta pensar que el haberme equivocado tanto ha hecho que hoy no sea un día especial. Porque pudo haberlo sido. Ibas a ser mamá. Ibas a ser una mamá estupenda, y, lo mejor de todo, ibas a ser mamá de un hijo mío.


Pero era un chibolo huevón, bien lo sabías. Fuiste lo suficientemente fuerte para fingir que no querías tenerlo cuando en verdad te morías de ganas. Fuiste lo suficientemente fuerte para decirme que todo iba a salir bien, cuando te morías de miedo. Y yo me moría de miedo también. Pero era un chibolo huevón que no sabía nada de nada. Que hasta ahora no sabe en realidad que sucedió. Un chibolo huevón que hoy, años después, llora con rabia en el sofá porque se da cuenta de lo perdido.


Ha pasado el tiempo. Eres feliz. Yo aún no puedo perdonarme. Es, sin duda, lo que más me duele desde que hago memoria. Se que van a haber muchos días tan grises como este y no me quejo. Que vengan. Durante mucho tiempo pensé que la felicidad era el único camino que nos quedaba después de haber pasado tantos malos ratos, pero no pensé que la hallaríamos separados. Y no es que yo la haya encontrado, pero podría asegurar que tu si lo has hecho. Y, extrañamente, me alegra.


Cada quién tiene lo que merece, dicen por ahi. No dudes ni por un segundo que a diario, y sobretodo en días como este, obtengo lo que merezco por haber cometido un error imperdonable. No dudes tampoco de que las cosas te van a salir bien y de que vas a ser la mamá más cariñosa de todo el mundo, sencillamente por la misma razón:




Porque te lo mereces.







m12


viernes, 23 de abril de 2010

Quiero Que Brindemos Por Ella

Quiero que brindemos por mi madre que se encuentra muy lejos de aquí. Brindemos porque hoy me sentí nuevamente muy parecido a ella, cuando vi que el departamento que debía haber estado listo para mediados del año pasado aún está en "construcción". Bebamos porque a ella, como a mi, nos suelen engañar aprovechándose de nuestra buena fe e inocencia. Aunque yo me considero cojudo, más bien (no nos engañemos) Sirvamos un vaso más por los engaños futuros de los cuales, sin duda alguna, caeremos redonditos como si fuera la primera vez. Está en la sangre. No hay nada que hacer.

Quiero que brindemos por mi gata. Es la única que está aguardando en el sillón, jateando, a que yo llegue, sin importar si ha sido un día de mierda -para cualquiera de los dos- o no. Eso sí, y lo tengo muy clarito, el día en que se me acabe el dinero para comprarle comida se acabará el amor. No me extraña. Destapemos una botella más porque cuando me acerco a tirarle un lapo me huele la mano y al rato me lame los dedos. Luego opta por tirarse patas arriba a que le rasque la panza, en el colmo de la conchudez. -Por todas las canciones de Jesucristo Superstar, ¿eres gato o perro?- pregunto, incrédulo hasta más no poder. Todo lo que obtengo es un ñe. Salud.

Brindemos por la niña que alguna vez fue mi novia. Salud porque, contenta con saber que estás enamorada, te encargas de decírmelo cada 5 minutos las pocas veces en que nos vemos. Hay que meternos uno doble porque has crecido, estás en la universidad y te ves radiante. La última botella, sin embargo, la abriré triste al comprobar que ahora te preocupas mucho en las marcas de autos y en los lugares para ir a bailar -cosa que solías odiar-. Hemos cambiado. Has cambiado. Me jode darme cuenta que somos dos perfectos desconocidos.

Un salud especial por la mujer que alguna vez fue mi novia. Porque, jodido, te recuerdo. Siempre que estoy jodido te recuerdo y me provoca ir y meterme a tu cama, como lo hacía los días en que veía todo gris. Brindemos con alegría porque me mentiste -piadosamente- cuando me dijiste que te gustaría que quedáramos como amigos ya que no tienes contacto con ningún ex. Jamás llamaste. Nunca respondiste mis -pocos- mensajes y, en general, no das señal de querer tener ningún contacto con el muchacho al que alguna vez llamaste Teseo. Tal vez lo harías si -suponiendo- me atacase una enfermedad incurable. Tal vez ese día no está tan lejos, así que chin-chin.



Hagamos todos juntos un gran salud por la chica con la que salí la otra noche. La pasé genial. No sabía que un casino me iba a mantener tan despierto y tan pilas. Tal vez te hayas quedado con una idea errónea de como soy realmente. Me pareciste increíble al tomarle el pelo al vigilante y hacer que te de un encendedor en lugar de un cenicero. Tu le echaste la culpa al alcohol. Ojalá el alcohol no haya sido el responsable de la conversa, tan honesta y chévere que tuvimos después, camino a casa.

Déjame tomarme otra copa por mi mejor amiga. A veces pensaba que éramos mejores amigos mutuamente. BFFs, si lo quieres llamar de ese modo tan "in". Hoy me tomo este trago amargo porque me hiciste darme cuenta que jamás lo fuimos, y que tal vez jamás lo lleguemos a ser del todo. Siempre pensé que éramos raros y antisociales a nuestra manera, pero hoy me hiciste saber que incluso perteneciendo a la misma calaña, somos muy distintos. Eras, hasta el día de hoy, mi esperanza en el género femenino, la prueba palpable de que no todas las mujeres de esta ciudad me van a mirar raro. Y ya no. Salud por el camino lleno de arcoiris que, implacable, me espera pacientemente a partir de ahora.

Un seco y volteado viene a continuación, todo en nombre de mi maestro, quién haciendo gala de su status de celebrity, ha decidido no responder ni un carajo de los correos que -cual fan enamorada- le sigo mandando esperando a que responda algún día. No te juzgo, master. Hasta he llegado a pensar en que solo te dignarás en responderme si te llego a escribir un correo lo suficientemente paja y que valga la pena. Ya me has salvado la vida en una ocasión y, gratis nomás, osaste compararme con Cioran. Ahora sé quién es. Espero nomás, no te joda mucho que me acuerde de ti en está columna llena de féminas. Pero vamos, eso de no responder los mensajes que uno, con cariño y dedicación, manda afanoso es mérito suficiente para figurar en este tristemente poco célebre espacio. ¡Cheers to that!

Brindemos, ya hasta que amanezca, por ti. Terminando el día, eres la única que me espera y que me escucha. Que chucha que todas me odien. Que chucha que todas me llamen "ingrato" y nunca puedan coger el puto teléfono para saber si estoy vivo o no. Que chucha que ninguna me quiera realmente. Que chucha que hoy no haya almorzado ni comido y que me arda el estómago. Tu y yo veremos juntos el amanecer, amiga espumosa. Así mañana me arda hasta el alma, veremos el amanecer.




m12

martes, 16 de marzo de 2010

Mi Maldición

Comienzo a escribir echado en la cama. Irremediablemente, siempre cuando voy a dormir. Basta echarme un rato para empezar a escuchar esas voces en mi cabeza otra vez. Cuando comienzo a imaginar palabra tras palabra en mi mente, sé lo que va a pasar. Cuando me empieza a latir fuerte el pecho sé que ya me jodí: la maldición ha vuelto.

Como un condenado, arrastro las sábanas, salgo de cama y me siento en el sillón. En el camino me cruzo a la gata: tampoco duerme, la ociosa. Enciendo de nuevo el monitor y la luz me caga los ojos a traición. Igual no quiero ponerme los lentes porque planeo terminar rápido, y sobretodo, porque me siento otra persona cuando me los pongo.

Yo me pongo a escribir cuando tú estás durmiendo. Termino cuando ya la mañana no es tanto una amenaza sino una realidad y recién entonces puedo irme a jatear como Dios manda. Soy consciente de que mi horarios y mis formas me cortan muchas oportunidades (así ni huevón seré columnista de algún pasquín) pero no encuentro otra salida de momento que escribir mis historias malcriadas a la hora que se le antoja a las vocesitas que me las dictan.

El doctor Pérez-Albela sostiene que cuando el sol sale, uno debe estar listo para salir también. Activo. Uno-dos, uno-dos. Cuando el sol sale yo recién encuentro la paz y, cuando está en su pico más alto, al mediodía, es cuando suelo despertar. No necesito decir que el doctor Pérez-Albela goza de una salud estupenda y que el cagado soy yo. Es muy obvio. A mi me consuela la teoría que tengo de que el goce que siente el saludable doctor al mantenerse bien de salud, es el mismo goce que siento yo al terminar de escribir, de paporreta, algún relato medio cursilón. Entiendame doc, yo también quiero estar bien de salud, pero de salud mental. Y este es el único puto placebo que tengo a la mano.

Porque, para qué ocultarlo más, el sexo es un ingrediente ausente en estas, mis noches trastornadas. Las ganas que tengo de conquistar un cuerpo nuevo son pocas al lado de mi flojera y mi pesimismo por el asunto en cuestión. No por eso voy a negar que, después de instantes de cariños y promesas falsas de amor que me brindaban hace algunos meses, encontraba el sueño rapidito y sin ningún problema. No habían voces pidiéndome que dudara de la sinceridad de quién compartía las sábanas conmigo, y si las habían, prefería hacerme el tonto y pensar que era el viento. Luego de que el ventarrón se volviera huracán, decidí escuchar siempre a las pequeñas voces.

Creo que ahora optaría por hacer las cosas de otro modo. Cambiaría las horas que pasé haciendo el amor por largas conversaciones de alcoba. Aunque suene aburrido. Por lo menos tendría algún tema para escribir una novela. Si el chato Grados puede -y créeme que yo te quiero, chatín- yo también debería. Eso sí, cambiaría todas las novelas del mundo por lograr tener una vez más la paz que sentía al oír los latidos de la mujer que abrazaba y que dormía al lado mío.

En un par de horas me van a tocar la puerta. Fui débil y prometí cosas que no debí. El mundo debería saber que mis promesas no tienen valor alguno si han sido pactadas para antes del medio día. Al final no he cambiado y voy a seguir siendo el muchacho al que no le importa cancelar los planes de la mañana con tal de no dormir otra vez y escribir un par de líneas. Espero seguir siendo ese tipo que no gana concursos literarios, o que publica libros de cuentos con facilidad, pero que confía en lo que tiene que decir. Espero, sobre todo, lograr ser el canalla que cuando no tiene tema sobre el cual escribir, escribe sobre nada oyendo los boleros de oro de La Inolvidable.

Hoy he dado un paso más para poder ser ese canalla. Espero compartir mis sábanas pronto con alguna voluntaria, no importa si para tener horas de sexo desquiciante, o para tener largas charlas que cambien mi forma de ver la vida. Cualquier cosa es mejor a intentar callar aquellas voces en mi cabeza. La maldición tal vez no exista, al fin y al cabo, todo está en mi cabeza. Todo está en nuestra cabeza. It's in your head, zombie, in your head.






m12

domingo, 14 de marzo de 2010

Elhoy Busca Novia

Siempre he llegado a las fiestas un poco tarde y, por lo general, a regañadientes y sin invitación. A mi me gusta llegar cuando ya comenzaron a bailar, cuando la quinceañera ya bajó, cuando ya cantaron happy birthday (que chucha, en pleno queremos que partan la torta es lo ideal)

Esa sensación constante de llegar "cuando ya rompieron la piñata" me acompaña. Si bien no recuerdo exactamente cuando apareció por primera vez, vuelve cada cierto tiempo a mi vida. Recuerdo que de chibolo en el colegio jamás entraba en la absurda discusión de "yo lo inventé" (como cuando venía algún compañerito cabrón proclamando la autoría intelectual de la expresión tu--calata) Desde chico ya sospechaba, sin que nadie me lo dijera, que lo más probable era que "a alguien ya se le hubiera ocurrido antes".

Así ha sido desde que logro hacer memoria. Llenaba mis álbumes casi cuando la promoción ya acababa, jamás a la par de mis amiguitos que, putos, lograban hacerlo en una semana o a veces en un par de días, perdidos en el afán de las figuritas y la locura de los cromos autoadhesivos. Era de los últimos en ver las escenas "prohibidas" en las películas, uno de los que se inició más tardíamente en el consumo de alcohol y, de seguro, uno de los últimos en salir de pito y acostarse con una chica.

Nada de eso me jodía en absoluto. Ese complejo de explorador, de querer jugar a ser Cristóbal Colón me resultaba medio monce y aburrido. En esos años prefería moverme por terrenos conocidos, seguir los pasos de los que eran más impetuosos, y por que no, más cojudos también. Todo cambió cuando, hace años, la chica con la que compartía mi vida me dejó huevón con una frase de aquellas, inolvidables: "no sigas porfa, yo nunca...soy virgen".

Desde ese instante quise ser un Pirata del Caribe. Un conquistador de aquellos. Quise ser el primero en practicar con ella las posturas e imposturas que trae ese puto intercambio de cuerpos que es el juego del amor. Pero no se pudo. Por cosas del destino, tuvimos que separarnos antes de que aquél momento llegase. Cuando la volví a ver después de tiempo, me contó con pena que se había metido con un mal tipo y que -raudo y veloz- se había aprovechado de ella. La abracé fuerte en ese momento, pero ya no quise ser más un Pirata del Caribe.

Porque eso de creerse el primero en llegar a los tórridos manglares de la vida es algo peligroso, compañero. Como cuando piensas que eres el más rico de la sala, pero minutos después escuchas a la misma enfermera decirle a otro huevón: tranquilo Bobby, tranquilo. ¿Qué es la vida sino una larga canción, en realidad? Dicen por ahí que todo ya está hecho, que todo ya se ha visto. Tengo la esperanza de que no todo se haya escrito aún.

Tampoco soy el primero en esto de intentar escribir y normalazo, ¿manyas? Conozco muchas personas que escriben mejor que yo y pisan tierra, saben bien su historia. Conozco otras tantas que, como es de imaginarse, creen que la inventaron, y sus egos pueden llegar a ser tan ridículos como sus descripciones personales en acerca de mí o sus fotos, pretendiendo verse más literarios o misteriosos. No eres Benedetti, papá, aunque tus cejas las he visto en fotos de la película Crepúsculo, I must say.

No se la razón por la que escribo un blog. Siempre los consideré sobrevalorados. Incluso el título de este relato juega con los nombres de dos de los blogs más sobrevalorados y con más autobombo que he encontrado por ahí. Pensaba no escribir más y luego de pensarlo mucho, comprendí la razón por la que escribo: porque estoy jodido. A fin de cuentas escribo porque me siento jodido, porque hay cosas que tengo que botar de alguna manera. Escribo por rencor, para cambiarle el final a la historia. No escribo para que me lean. No escribo para publicarlo a los cuatro vientos o colgarlo en el Facebook. No escribo para ti. Escribo para mi.

Lo hago en prosa, porque la vida no es verso. Eso lo aprendí hace pocos años. No necesito usar palabras grandes o rebuscadas para decir las cosas. Creo que puedo escribirlas claramente, y creo estar aprendiendo a decirlas frente a frente también. Dime que escribo feo, dime que escribo mal, pero no dirás que escribo pretencioso. Escribo, sea realidad o ficción, siempre con el pecho. Tal vez sea lo único honesto que puedo hacer hoy por hoy.

Ahora tengo 25 años. Nunca hice el amor con una virgen. Tampoco quiero. No me creo original por ir contra la corriente, pero me inclino siempre por las minorías. Desconfío de las mayorías. Desconfío de las películas que todo el mundo ama y de las canciones que todo el mundo baila. Veo películas porno y no conozco los mil bares de Barranco. No soy como tú, escritorcito pretencioso. Soy mucho peor.





m12






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viernes, 19 de febrero de 2010

El Día De La Payasada


Hoy he despertado a las 8 de la mañana sin ayuda del despertador. Sin ayuda del teléfono. Yo solito he decidido pararme sin ponerme a pensar en la consecuencia de mis actos. No tengo nada que hacer más que ir derecho a la ducha mientras Frida sigue durmiendo y mirándome fijamente -todo al mismo tiempo-. Pero hoy no dejo que caiga el agua así nada más. Hoy me provoca calentarla 15 minutos.

Hoy no me provoca bajar más música. Voy a la sala y enciendo la radio. Veo alrededor y pienso que no sería tan mala idea limpiar un poco, en parte porque ha pasado algún tiempo y en parte porque hay envolturas de Charadas por todo el lugar. Me canso de la radio y decido poner un disco para acompañarme. Me decido por Green Day. Siempre he pensado que un solitario siempre está menos solo si está con alguna canción de Green Day como fondo. Pienso en lo huachafo que sería poner algunas canciones de Green Day en mi entierro. Sonrío. Decido que así será. (*)

Ya va casi medio disco y media sala en orden cuando suena el teléfono. Es extraño. Aunque no debería, aún al oír el teléfono imagino que podría tratarse de la chica que era mi novia. Me tomo el tiempo para recordar el hecho de que ella ha decidido ya no hablar más conmigo. Así sea algo tonto y cojudo, tengo que hacerlo porque parezco olvidar ese hecho a cada momento. Recuerdo también que ahora sale con un muchacho con cara de tonto (sospechosamente muy parecido a un amigo muy cercano). Sonrío otra vez. Pensaba que nadie podría superarme en ese rubro tan particular, pero siempre hay alguien más allá afuera. El teléfono sigue sonando. Hoy decido no contestar.

Esta mañana, Phoebe viene a visitarme. Hemos conversado la noche anterior y ha decidido venir a devolverme el disco que le presté hace algún tiempo. Aunque ninguno lo menciona, y mucho menos parece querer recordarlo, Phoebe y yo fuimos novios alguna vez. Éramos muy distintos a como somos ahora. O al menos, ella es muy distinta. Se preocupa en exceso por verse guapa, y sin duda lo logra -por lo general- sin mucho esfuerzo. Quiere ser seria, toda una señora, pero esta mañana no le sale muy bien: se pasa algunos minutos tocando hasta darse cuenta que mi timbre está arruinado. Le abro la puerta y le explico todo. Parece avergonzada.

Conversamos lo que tenemos que conversar. Preguntas de trámite. Me pide la computadora para revisar su correo. Se la doy y le digo que aprovecharé el tiempo para afeitarme. Mientras la oigo revisar -no su correo- sino más bien su Facebook, me pongo triste por el hecho de que las cosas hayan cambiado tanto entre nosotros y pienso que tal vez ese sea el destino que tendrán todas mis relaciones con las mujeres de este lugar. Al salir la veo jugando con plastelina. Me sorprende y me pregunta que cosa me gustaría que haga. Con voz entrecortada y muy apurado le digo lo primero que se me ocurre: un payaso. Ella se pone contenta y yo pienso que, tal vez, no todo ha cambiado tanto como creo.

Luego de despedirme de Phoebe, tomo un carro en medio del maldito sol -que hoy no me gusta ni me parece "inspirador"- para cumplir con un encargo de mi hermano. Decido primero pasar a almorzar. No me importa cuanto tenga que gastar, hoy decido no pensar en el dinero. Después de llenar el plato hasta el límite de lo permitido, voy a la caja a terminar el asunto. Ya casi por acabar, es cuando sucede. Mi codo. El vaso de chicha morada. La torpeza ha querido salir a decir "presente", ahí, en medio de gente tan hambrienta como yo. Estoy a punto de buscar la forma de limpiarlo todo, pero algo me detiene. Hoy decido que no me va a importar. Hoy creo que mi torpeza es voluntad divina y parte de las vueltas que este mundo da, caprichosamente, sin que lo podamos entender. Escapo pues, presuroso de la escena del crimen, siendo -probablemente- granputeado por la chica encargada de aquella caja (que algo malo debe haber hecho en su vida para que le toque un cliente como yo).

Hoy no he podido encontrar el encargo de mi hermano fácilmente. El disco que necesita se ha agotado en 4 tiendas de artefactos. Estoy dispuesto a irme a casa, pero algo sucede y sin pensarlo, intento en una tienda más. Me prometo que será la última. Es muy obvio lo que va a pasar, así que no me sorprendo cuando encuentro el disquito en dicha tienda. Pago, y con mucho calor, me dirijo a San Isidro. Pienso: "ojalá te guste tu regalo de cumpleaños, cabrón". Al llegar a la oficina me abren la puerta eléctrica y yo la cierro tratando de entrar. Me abren una vez más. La he cerrado por segunda vez. Sin duda hoy no estoy muy fino. Una muchacha muy pequeña abre la puerta y yo la saludo con una sonrisa, mirando la puerta. Ella no se ríe.

Hoy, a punto de entrar a casa, decido dar media vuelta y hacer una llamada telefónica. Voy a invitar a una chica a salir. Hoy estoy un poco cansado de sentarme aquí día tras día pensando en mis problemas con las mujeres. Hoy quiero que todo sea diferente. Llamo y escucho una voz muy muy lejana. ¡Mierda! -pienso- no voy a poder escuchar nada. Sigo hablando, cualquier cosa, lo que se me viene a la mente, hago la invitación, me despido. Dejo el teléfono y me voy a casa. No se si me dijeron que si, que no, o que llame más tarde. Es un peligro no saberlo. Me dirijo a casa dispuesto a nunca más usar ese teléfono verde.

Hoy mi cuerpo me ha sorprendido con dolores repentinos. Me fijo al sentarme en el sofá, completamente rendido, que me duele de forma "graciosa" el brazo izquierdo. Me pongo un poco nervioso, por aquella relación que tiene el famoso brazo izquierdo con los dolores del corazón. Me da risa la frase "dolores del corazón" y comprendo entonces que soy un inmaduro que tal vez debería hacerse un chequeo, pero que no lo hará hasta que el calor frene un poco. El que se lleva las palmas es el dolor en la pierna derecha. Soy lento, y es algo conocido por el mundo entero, pero que el dolor me venga 2 días después de haber ido al estadio y no la mañana siguiente es para no creerlo.

Harto de este día, me siento a relajarme en la computadora. Leo, incrédulo, una nota en donde hinchas argentinos y la prensa en general han comparado a Wilmer Aguirre con Messi o con Cristiano Ronaldo. No me parece tan gracioso. Entro después al Facebook, pero mi error es grande. Encuentro tanta barbaridad junta que evalúo nuevamente mi permanencia en aquella página. Para variar, hay un mensaje invitándome a tomar unas cervezas en la noche, pero hoy, con este dolor de piernas, no me quedan ganas de beber.

Hoy es viernes y estoy solo en casa. Hoy el delantero Wilmer Aguirre es uno de los mejores delanteros del continente. Hoy la amiga que alguna vez fue mi novia me comentó que estaba aprendiendo a conducir. Hoy la mujer que fue mi novia tal vez pase la noche junto a un tipo que se parece a un amigo mío. Hoy ese amigo mío se va a preguntar por qué rechacé su invitación a beber. Hoy el mundo está de cabeza, estoy cansado y he podido escribir más de dos líneas al menos.

Felizmente, mañana será otro día.





*Waiting y Redundant







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miércoles, 3 de febrero de 2010

Frente A Frente

Aún Lima, 3 de febrero de 2010



Mi I.P:

Te escribo, y es un poco extraño, porque en estos días te he venido escribiendo de formas un tanto diferentes. Te escribo, a sabiendas de que me pediste que no lo hiciera, porque trato de alcanzarte a la distancia, de decirte cosas que al parecer jamás te van a volver a interesar. Te escribo porque trato de despedirme.

Si te preguntas por mi vida, mil veces te diría que todo anda estupendo, mejor que nunca. Al menos tengo planes y un poco de esperanza, así que se podría concluir en que todo marcha bien. Eso te diría. ¿Para qué mencionar que siento un huecazo por dentro que a veces me jode a la hora de dormir? ¿Qué gano al contarte que intento salir con un par de mujeres y me aburro en exceso? ¿Te preocuparía saber que cuando salgo últimamente siempre termino mal y buscándome problemas? ¿Te sentirías triste si supieras que el fin de semana anduve caminando ebrio por el centro de la ciudad y perdí mi teléfono -y por poco algo más- mientras huía de sabe Dios qué? ¿Vendrías a ponerle orden a este desastre esta misma noche, amor?

Pero me hace bien recordarte. En medio de todo. En medio de nada. ¿Sabes que lo que le escribí a nuestro hijo es hasta ahora lo que mejor he escrito? Tampoco es que eso sea bastante. Tampoco es que quiera que signifique algo para ti. Estás muy lejos como para que algo mío signifique algo para ti también. Sé que debo despedirme, pero aún no pierdo la esperanza.

Vendrá una de tus bandas favoritas a tocar a la ciudad. Pienso en llevarte, abrazarte y susurrarte al oído -¡Hasta que el sol no brille!- mientras coloco un anillo en tu dedo. Pienso en hacerte mi novia antes de irme y pienso en reunirnos en menos de un año, teniendo los suficientes ahorros para mudarnos juntos a un piso, una casa o una esquina. Pienso en lo que voy a decir después de que nos declaren marida y hombre y en las veces que voy a despertarme antes que tú para ver -por enésima vez- por qué llora nuestro Rodrigo con tanta pasión. Pienso en todo esto y sonrío. Sonrío porque sé que aún puede ser posible.

Pero me hago daño recordando que no solo ya no estoy ahí, sino que hay alguien más que toma tu mano, se sienta en tu sillón y te arranca sonrisas. No me parece justo. Sé que si supieras el daño que me causa pensar en todo esto también pensarías que no es justo del todo. Pasaron año nuevo juntos. ¿Viste el amanecer con él? ¿Dejaste que te besara? ¿Le hiciste el amor? ¿Pudiste?

No te reclamo, amor, es solo que si no te pregunto todo esto voy a morirme de impotencia. Recuerdo hace poco una madrugada de esas difíciles que suelo tener ahora, en la que me arriesgué a llamarte por teléfono. La idea de que estuvieras pasando la noche con alguien más me había golpeado duro. No me la podía sacar. Me estaba matando. Te sorprendiste de que llamara. Te dije que iría por ti. No te negaste esta vez. Llegué en tiempo record a tu casa y te hice el amor como si fuera por última vez. Dormiste abrazada a mí. Es un recuerdo. Hoy parece que solo eso queda.

¿Y qué más queda, me preguntas? A mi me quedan muchos lugares. Jamás pensé que fuesen tantos. Cuando tengo que moverme por la ciudad, la mayoría de sitios y calles tienen algo de ti. La avenida Benavides, que hoy me acercó un poco a tu casa, me recuerda a ti. Lugares que no tienen nada que ver entre sí, desde el Zarco hasta El Parque D'Onofrio, me hacen extrañarte hasta los huesos. A veces me pongo triste. A veces los cobradores se dan cuenta y me exigen que les pague más de lo debido.

¿Qué queda? Me quedan también los momentos que, al final de todo, me gustaría que también recuerdes. Como la primera vez que nos amamos, con mi gran miedo y tu enorme comprensión; y las muchas horas que charlamos antes de quedarnos dormidos. Como la vez que nos amamos en aquél lugar milenario -y peligrosamente público- por el cuál tuvimos que caminar largo rato por la carretera, bajo el sol y bajo la amenaza de ser arrollados por algún conductor medianamente imprudente. Como la primera vez que te canté -desafinado- una canción de los Ramones. Como la primera rosa que te entregué. Como nuestro primer viaje en avión. Como la primera vez que -dudando- te llamé preocupado para saber si no "te arrepentías" de haberme dicho que querías estar conmigo.

¿Que queda? Canciones por montones. Nos dedicamos muchas. Una de las mejores que me diste: Antojo De Un Dios. Se convirtió rápidamente en un himno para mí. ¿La recuerdas?


Y aunque se que mi ser jamás la alcanzará
Me da igual
Pues con solo saber
Que mañana la veré
Me basta...


Si pudiera darte una en este momento, sería una vieja canción de Jeanette (si, la misma del Corazón de Poeta) Bunbury le ha dado un intento a cantarla y pienso que deberías darle un intento a oírla. Se llama Frente a Frente. Con suerte te acordarás de mi...


Solo quedan
Las ganas de llorar
Al ver que nuestro amor se aleja
Frente a frente
Bajamos la mirada
Pues ya no queda nada de que hablar
Nada...


No queda nada más que hablar porque has elegido que así sea. Aún tengo mis planes, ideas, canciones y cosas que entregarte. Tengo incluso tu regalo de cumpleaños, pero no tengo aún la manera de hacértelo llegar. Quisiera mucho poder decirte hoy que si he cambiado tanto por fuera (uso anteojos para escribir) como por dentro (tengo la fuerza y la convicción de poder hacer todo lo que quiera) y también quisiera decirte que te amo, con todo lo malo que pueda haber (porque todo lo malo es insignificante cuando estás aquí), y que estoy dispuesto a darte y hacer cualquier cosa que necesites para ser feliz. Para que seamos felices juntos. Los tres. Pero el riesgo que corro es muy grande: puede que esta noche, y a estas alturas, ya me hayas olvidado del todo...


¿Entiendes ahora por qué no puedo entregarte esta carta?




jueves, 7 de enero de 2010

El Día Final

Manuel no tiene motivos para levantarse temprano. Hoy no le toca ir a la playa y tampoco tiene recibos por pagar. La noche anterior ha tomado bebidas misteriosas junto a sus buenos amigos y ha llegado muy tarde a casa. Puede ver el sol por el filo de la ventana y se incorpora sin que le cueste mucho. Se sorprende. Esta vez no se para porque una melodía lo ha despertado, o porque haya sonado el teléfono, sino porque la persona que viene tocando la puerta los últimos 5 minutos parece saber que él está en casa.

Se pone una camiseta y un short. Sabe que si no es nadie importante corre el riesgo de querer volver a dormir y no le apetece. Piensa aprovechar la mañana. Ha pensado también, en un trayecto de 10 metros, de quién podría ser el tenaz visitante del día. La señora que lava la ropa es una gran posibilidad: hace un mes que no la ve. Algún vecino solicitando algún favor, o peor aún, "solo pasando a visitar" también es una gran chance.

No recuerda deber dinero, fuera de eso, los heroicos testigos de jehová reducen sus visitas considerablemente en pleno verano. No ve por el ojo mágico. Va a abrir igual porque, total, ya está con ropa y ya se despertó. Hubiese sido buena idea asegurarse, para no pasar la sorpresa de toparse con algún ladrón, un secuestrador, un familiar no grato o con ella. La última persona de quién podría tratarse estaba ahí. Era Alma. Y lo miraba a los ojos.


-Hola Manu. ¿Puedo pasar?

-¿Estás bien?

-Si. Claro que si. Vine porque quería hablar contigo. ¿Se puede?

Manuel piensa que es una broma. Esperó durante tres años justamente eso: que ella apareciera el día menos pensado en su puerta dispuesta a hablar. Ha pasado más de un mes desde que se han visto y ahora, sin previo aviso, la ve sentarse en su sillón y mirarlo con un cariño que pensaba perdido para siempre. Ella, también como nunca, fue la que empezó la conversación:

-Tu sabes que yo no sirvo para estas cosas Manu, pero he estado pensando mucho estos días en todo lo de nosotros, en lo que siento por ti.

Manuel la mira ya no con sueño, sino con un poco de rencor. Ella continúa.

-Te he extrañado harto, solo que no me di cuenta hasta ahora. Ha pasado tiempo, se que tenías razón cuando dijiste que este tiempo no debía desperdiciarse, huevón. Tenía miedo. Si quiero intentarlo y vine aquí porque nunca lo hice, vine para decirte que si quiero todo eso que tu quieres. Todavía tengo miedo pero te quiero y eso debe ser lo más importante ¿no?

La gata acaba de cruzarse frente a la mesa que separa los dos grandes sillones de su sala. Manuel ha volteado, ha escuchado lo que ella acaba de decir y se ha quedado cojudo. No reacciona. Voltea a mirar a Alma que alcanza a decirle -Recién me doy cuenta de tu pelito. ¿Cuando fue?-. Vuelve a sentirse parte de la conversación, toma aire y habla:

-Tu sabes como soy, Alma. Tu sabes bien que yo te quería y sabes que no me gustan los juegos. Quizá ahora podría jugar a "quien tiene la sartén por el mango" pero sabes que esas huevadas me llegan. No te mentí la última vez que hablamos, tenía claro que si te alejabas otra vez, todo se iba al diablo para siempre.

-Por eso estoy aquí.

-Si. Estás aquí hoy. Odias los reproches, pero yo también odio sentirme un cojudo y quedarme callado, así que me arriesgo a preguntarte: ¿Qué hay de todos los tipos con que sales?

-¿Qué tipos? Salgo con unos amigos a veces, a varios los conoces Manu. He venido a verte porque quiero que todo pase, que lo que ya fue, ya fue.

Mierda, piensa Manuel. Lo que ya fue, ya fue. Nunca antes había existido una chance real de que ambos olvidaran las guerras en las que se enfrentaron siendo novios, en gran parte gracias a la terquedad y el orgullo: dos cualidades que ambos se repartieron sin cesar por más de tres años. Hoy había salido de boca de ella, como nunca, como él siempre quiso, como debió ser desde hace mucho: lo que ya fue, ya fue. Tan simple como eso. Manuel sale de su cabeza y vuelve a la sala:

-Yo también tengo miedo. Supongo que todo el mundo tiene miedo a cagarla en grande ¿no? Hay cosas que bien sabes, no nos han dejado de incomodar. Como te dije la última vez que hablamos, yo estoy dispuesto a tratar de no cagarla. Pero no sirve de nada intentar yo solo, por mi cuenta y encima lejos pues. Yo pienso...

-Jaja. ¡Ayyy! Siempre, siempre hablas demasiado. ¿No me das un beso, gordo?

Nada nunca había sido tan fácil, joder. Never in the life, pichón. Manuel siempre había tenido una regla que trataba de respetar dada la ocasión: nunca le niegues un beso a una persona que quieres. Era cierto también que siempre pensaba demasiado las cosas. Esta vez le valió madres y se acercó. Se besaron despacio, notó el aliento de Alma y le dijo:

-Sabes como el primer día.

La frase hacía referencia a la primera vez que se habían besado. Fue al amanecer, venían de oír música y beber cerveza toda la noche en un bar. Él hablaba demasiado, estaba nervioso. Ella lo notó y se acercó. Él la beso despacio, sus labios sabían a alcohol, a cigarrillos. A él le gustó ese olor, se le quedó guardado para siempre. Cada vez que ella olía a esa noche, él le soltaba la frase y, poco después, hacían el amor. Era muy temprano para haber fumado. Manuel sabía que era una abierta provocación.

-Vamos adentro, gordo. Te extraño.

Ya en el cuarto de Manuel, mientras Alma le quitaba la camiseta que cubría un abdomen poco rígido y tatuajes que lucían más grandes de lo que en verdad eran, él pensó en lo que iba a suceder. Todas las últimas veces que habían hecho el amor, Manuel había sentido que ella estaba en otro lugar. Esta vez parecía ser distinto.

Con una inusual ternura, que venía acompañada de una sonrisa jamás antes vista, Alma le pidió a Manuel que la desnudara. Lo miró a los ojos. Le pidió que por favor le acariciara los senos. Esta vez ella no cerró los ojos, cada vez que Manuel alzaba la mirada se encontraba con la de ella, que aún le sonreía. Lo miraba como si estuviese viendo a un niño. Manuel estaba desconcertado por esa actitud, pero no le desagradaba. Entonces ella se dio la vuelta, le dio la espalda y se recogió el cabello. Le dijo, casi susurrando:

-Quiero que beses mi nuca y que me abraces fuerte, como si ya no me fueras a ver.

-¿Es que ya no te voy a ver?

-No seas tonto amor, ven.

La besó, la abrazó y le acarició el cabello. Lo desordenó un poco más de lo que estaba. Ambos rieron. A Manuel le pareció increíble el momento que estaba viviendo. Increíble porque pensó que tal vez ya nunca más iba a poder ver a Alma, desnuda y riendo a la vez. Pero ahí estaba ella, más hermosa que nunca, y deshaciéndose del short que a esas alturas era lo único que separaba sus cuerpos.

Se besaban sin apuros, con más cariño que pasión. Ella se acostó, lo guió con el brazo. Mirándolo fijamente y antes de que el pudiera entrar a su cuerpo, Alma le rogó:

-Dime que me quieres antes que estés adentro.

La miró lleno de ternura. Le parecía que había vuelto a ser la niña de siempre, la que quería ser mala pero no podía del todo. Mientras cerró los ojos y entró, muy lentamente en ella, Manuel acomodó su cabello tras la oreja y le dijo:

-Te quiero, Alma. Te quiero siempre.

Se movían muy despacio, todo parecía estar en cámara lenta. Manuel besaba el cuello de Alma, sus mejillas, lo que podía de su nuca. Ella hacía un ruido casi mudo; respiraba en el oído de Manuel. Él alcanzó a oír un "te quiero" ahogado. Era lo que siempre quiso oír. Mientras se amaban, Alma cogió a Manuel de la nuca, lo apartó lo suficiente como para verlo a los ojos y habló más fuerte:

-Te quiero Manu. ¿Entiendes? Te quiero.

Manuel no supo que hacer. Se acercó a besarla. Ya no pudo parar. Eran besos fuertes, un poco violentos. Ella empezó a respirar cada vez más rápido. Moviéndose con destreza, ella era ahora quién aparecía sobre Manuel. Cogió sus manos y las besó, mientras lo miraba fijamente. Guió las manos de Manuel a su pecho, a su cabello, hizo que la acariciara con un orden especial. Ambos respiraban con dificultad, pero no dejaban de mirarse a los ojos. Esta vez no fue necesario que hablaran, o que trataran de calcular sus tiempos mutuamente. Solo sucedió: acabaron juntos. Se tomaron las manos fuertemente. Ella lo miró seria, aunque en sus ojos aún quedaba algo de la ternura de hacía pocos instantes. Fue entonces cuando le hizo la pregunta del millón de dólares:

-Dijiste que cuando estuviéramos juntos ibas a hacérmelo todos los días. ¿Iba en serio?

-Muy en serio- respondió Manuel casi riendo. -Es lo más "en serio" que he dicho en mi vida.

Se han quedado echados por un rato que parece imposible de calcular. Nadie parece tener prisa por levantarse, disfrutan juntos del momento. El la abraza, ella se recuesta y lo abraza también. Cuando Manuel juega con su cabello, parece verla pero no está seguro. Espera un rato. La oye. Se voltea para tener la certeza y sí, es verdad: Alma está llorando.

Confundido por las lágrimas, él decide acariciar su rostro. Acerca la punta de su índice y coge una lágrima antes de caer. La ve resbalar por su dedo. Ahora acaricia sus cejas, la mira a los ojos y besa su frente. Solo después de dos minutos -que ha calculado mentalmente- ha decidido abrir la boca:

-¿Que pasa? ¿Sucedió algo malo?

-No, olvídate.

-Puedes contarme, sin roches.

Manuel piensa que ella está arrepentida de lo que acaba de suceder. Siempre, cuando ignora algo, piensa en que va a suceder algo malo. Esta vez, por suerte, no tenía la razón:

-Es solo que... Manu, puta, de verdad yo no quería perderte. De verdad, sorry si te hice sentir mal.

Quiere responderle mil cosas en ese momento. No lo hace. Se acuerda de que puede llegar a hablar demasiado algunas veces:

-Lo que ya fue, ya fue, ¿o no?

Él sonríe, ella lo besa. El cree que dejando que el corazón haga su parte y escribiendo la historia un día a la vez, podrían estar juntos siempre. Ella cree que, a pesar del miedo y los problemas, nunca va a querer a nadie como a ese chico de ojos apagados y grandes esperanzas. Están a punto de quedarse dormidos cuando el teléfono hace su aparición. Ella le jala el cabello, lo besa, le habla con amor:

-Gordo, contesta, no seas flojo.

-Que se callen un poco.

-¿No vas a contestar?

La última frase de Alma ha llegado a sus oídos como un eco fantasmal. Como si fuese una voz perdida en el tiempo. Abre los ojos con dificultad, le duele la cabeza como si hubiese bebido cerveza por galones. Está en cama. Está solo. El televisor está encendido con un volumen que recién puede percibir y el teléfono sigue sonando.

Mientras se levanta y camina pensando en lo cruel que puede ser el destino, piensa también haber aprendido una lección valiosa: tal vez los sueños pueden ayudar a terminar las cosas que somos incapaces de terminar, o tal vez solo son una broma divertida del azar, los muy cabrones. Al coger el teléfono, Manuel ha recordado otra lección aprendida, quizá la última dejada por aquella imagen de la mujer que cree aún querer y logra ser breve:

-No seño, número equivocado.