-Hola Manu. ¿Puedo pasar?
-¿Estás bien?
-Si. Claro que si. Vine porque quería hablar contigo. ¿Se puede?
Manuel piensa que es una broma. Esperó durante tres años justamente eso: que ella apareciera el día menos pensado en su puerta dispuesta a hablar. Ha pasado más de un mes desde que se han visto y ahora, sin previo aviso, la ve sentarse en su sillón y mirarlo con un cariño que pensaba perdido para siempre. Ella, también como nunca, fue la que empezó la conversación:
-Tu sabes que yo no sirvo para estas cosas Manu, pero he estado pensando mucho estos días en todo lo de nosotros, en lo que siento por ti.
Manuel la mira ya no con sueño, sino con un poco de rencor. Ella continúa.
-Te he extrañado harto, solo que no me di cuenta hasta ahora. Ha pasado tiempo, se que tenías razón cuando dijiste que este tiempo no debía desperdiciarse, huevón. Tenía miedo. Si quiero intentarlo y vine aquí porque nunca lo hice, vine para decirte que si quiero todo eso que tu quieres. Todavía tengo miedo pero te quiero y eso debe ser lo más importante ¿no?
La gata acaba de cruzarse frente a la mesa que separa los dos grandes sillones de su sala. Manuel ha volteado, ha escuchado lo que ella acaba de decir y se ha quedado cojudo. No reacciona. Voltea a mirar a Alma que alcanza a decirle -Recién me doy cuenta de tu pelito. ¿Cuando fue?-. Vuelve a sentirse parte de la conversación, toma aire y habla:
-Tu sabes como soy, Alma. Tu sabes bien que yo te quería y sabes que no me gustan los juegos. Quizá ahora podría jugar a "quien tiene la sartén por el mango" pero sabes que esas huevadas me llegan. No te mentí la última vez que hablamos, tenía claro que si te alejabas otra vez, todo se iba al diablo para siempre.
-Por eso estoy aquí.
-Si. Estás aquí hoy. Odias los reproches, pero yo también odio sentirme un cojudo y quedarme callado, así que me arriesgo a preguntarte: ¿Qué hay de todos los tipos con que sales?
-¿Qué tipos? Salgo con unos amigos a veces, a varios los conoces Manu. He venido a verte porque quiero que todo pase, que lo que ya fue, ya fue.
Mierda, piensa Manuel. Lo que ya fue, ya fue. Nunca antes había existido una chance real de que ambos olvidaran las guerras en las que se enfrentaron siendo novios, en gran parte gracias a la terquedad y el orgullo: dos cualidades que ambos se repartieron sin cesar por más de tres años. Hoy había salido de boca de ella, como nunca, como él siempre quiso, como debió ser desde hace mucho: lo que ya fue, ya fue. Tan simple como eso. Manuel sale de su cabeza y vuelve a la sala:
-Yo también tengo miedo. Supongo que todo el mundo tiene miedo a cagarla en grande ¿no? Hay cosas que bien sabes, no nos han dejado de incomodar. Como te dije la última vez que hablamos, yo estoy dispuesto a tratar de no cagarla. Pero no sirve de nada intentar yo solo, por mi cuenta y encima lejos pues. Yo pienso...
-Jaja. ¡Ayyy! Siempre, siempre hablas demasiado. ¿No me das un beso, gordo?
Nada nunca había sido tan fácil, joder. Never in the life, pichón. Manuel siempre había tenido una regla que trataba de respetar dada la ocasión: nunca le niegues un beso a una persona que quieres. Era cierto también que siempre pensaba demasiado las cosas. Esta vez le valió madres y se acercó. Se besaron despacio, notó el aliento de Alma y le dijo:
-Sabes como el primer día.
La frase hacía referencia a la primera vez que se habían besado. Fue al amanecer, venían de oír música y beber cerveza toda la noche en un bar. Él hablaba demasiado, estaba nervioso. Ella lo notó y se acercó. Él la beso despacio, sus labios sabían a alcohol, a cigarrillos. A él le gustó ese olor, se le quedó guardado para siempre. Cada vez que ella olía a esa noche, él le soltaba la frase y, poco después, hacían el amor. Era muy temprano para haber fumado. Manuel sabía que era una abierta provocación.
-Vamos adentro, gordo. Te extraño.
Ya en el cuarto de Manuel, mientras Alma le quitaba la camiseta que cubría un abdomen poco rígido y tatuajes que lucían más grandes de lo que en verdad eran, él pensó en lo que iba a suceder. Todas las últimas veces que habían hecho el amor, Manuel había sentido que ella estaba en otro lugar. Esta vez parecía ser distinto.
Con una inusual ternura, que venía acompañada de una sonrisa jamás antes vista, Alma le pidió a Manuel que la desnudara. Lo miró a los ojos. Le pidió que por favor le acariciara los senos. Esta vez ella no cerró los ojos, cada vez que Manuel alzaba la mirada se encontraba con la de ella, que aún le sonreía. Lo miraba como si estuviese viendo a un niño. Manuel estaba desconcertado por esa actitud, pero no le desagradaba. Entonces ella se dio la vuelta, le dio la espalda y se recogió el cabello. Le dijo, casi susurrando:
-Quiero que beses mi nuca y que me abraces fuerte, como si ya no me fueras a ver.
-¿Es que ya no te voy a ver?
-No seas tonto amor, ven.
La besó, la abrazó y le acarició el cabello. Lo desordenó un poco más de lo que estaba. Ambos rieron. A Manuel le pareció increíble el momento que estaba viviendo. Increíble porque pensó que tal vez ya nunca más iba a poder ver a Alma, desnuda y riendo a la vez. Pero ahí estaba ella, más hermosa que nunca, y deshaciéndose del short que a esas alturas era lo único que separaba sus cuerpos.
Se besaban sin apuros, con más cariño que pasión. Ella se acostó, lo guió con el brazo. Mirándolo fijamente y antes de que el pudiera entrar a su cuerpo, Alma le rogó:
-Dime que me quieres antes que estés adentro.
La miró lleno de ternura. Le parecía que había vuelto a ser la niña de siempre, la que quería ser mala pero no podía del todo. Mientras cerró los ojos y entró, muy lentamente en ella, Manuel acomodó su cabello tras la oreja y le dijo:
-Te quiero, Alma. Te quiero siempre.
Se movían muy despacio, todo parecía estar en cámara lenta. Manuel besaba el cuello de Alma, sus mejillas, lo que podía de su nuca. Ella hacía un ruido casi mudo; respiraba en el oído de Manuel. Él alcanzó a oír un "te quiero" ahogado. Era lo que siempre quiso oír. Mientras se amaban, Alma cogió a Manuel de la nuca, lo apartó lo suficiente como para verlo a los ojos y habló más fuerte:
-Te quiero Manu. ¿Entiendes? Te quiero.
Manuel no supo que hacer. Se acercó a besarla. Ya no pudo parar. Eran besos fuertes, un poco violentos. Ella empezó a respirar cada vez más rápido. Moviéndose con destreza, ella era ahora quién aparecía sobre Manuel. Cogió sus manos y las besó, mientras lo miraba fijamente. Guió las manos de Manuel a su pecho, a su cabello, hizo que la acariciara con un orden especial. Ambos respiraban con dificultad, pero no dejaban de mirarse a los ojos. Esta vez no fue necesario que hablaran, o que trataran de calcular sus tiempos mutuamente. Solo sucedió: acabaron juntos. Se tomaron las manos fuertemente. Ella lo miró seria, aunque en sus ojos aún quedaba algo de la ternura de hacía pocos instantes. Fue entonces cuando le hizo la pregunta del millón de dólares:
-Dijiste que cuando estuviéramos juntos ibas a hacérmelo todos los días. ¿Iba en serio?
-Muy en serio- respondió Manuel casi riendo. -Es lo más "en serio" que he dicho en mi vida.
Se han quedado echados por un rato que parece imposible de calcular. Nadie parece tener prisa por levantarse, disfrutan juntos del momento. El la abraza, ella se recuesta y lo abraza también. Cuando Manuel juega con su cabello, parece verla pero no está seguro. Espera un rato. La oye. Se voltea para tener la certeza y sí, es verdad: Alma está llorando.
Confundido por las lágrimas, él decide acariciar su rostro. Acerca la punta de su índice y coge una lágrima antes de caer. La ve resbalar por su dedo. Ahora acaricia sus cejas, la mira a los ojos y besa su frente. Solo después de dos minutos -que ha calculado mentalmente- ha decidido abrir la boca:
-¿Que pasa? ¿Sucedió algo malo?
-No, olvídate.
-Puedes contarme, sin roches.
Manuel piensa que ella está arrepentida de lo que acaba de suceder. Siempre, cuando ignora algo, piensa en que va a suceder algo malo. Esta vez, por suerte, no tenía la razón:
-Es solo que... Manu, puta, de verdad yo no quería perderte. De verdad, sorry si te hice sentir mal.
Quiere responderle mil cosas en ese momento. No lo hace. Se acuerda de que puede llegar a hablar demasiado algunas veces:
-Lo que ya fue, ya fue, ¿o no?
Él sonríe, ella lo besa. El cree que dejando que el corazón haga su parte y escribiendo la historia un día a la vez, podrían estar juntos siempre. Ella cree que, a pesar del miedo y los problemas, nunca va a querer a nadie como a ese chico de ojos apagados y grandes esperanzas. Están a punto de quedarse dormidos cuando el teléfono hace su aparición. Ella le jala el cabello, lo besa, le habla con amor:
-Gordo, contesta, no seas flojo.
-Que se callen un poco.
-¿No vas a contestar?
La última frase de Alma ha llegado a sus oídos como un eco fantasmal. Como si fuese una voz perdida en el tiempo. Abre los ojos con dificultad, le duele la cabeza como si hubiese bebido cerveza por galones. Está en cama. Está solo. El televisor está encendido con un volumen que recién puede percibir y el teléfono sigue sonando.
Mientras se levanta y camina pensando en lo cruel que puede ser el destino, piensa también haber aprendido una lección valiosa: tal vez los sueños pueden ayudar a terminar las cosas que somos incapaces de terminar, o tal vez solo son una broma divertida del azar, los muy cabrones. Al coger el teléfono, Manuel ha recordado otra lección aprendida, quizá la última dejada por aquella imagen de la mujer que cree aún querer y logra ser breve:
-No seño, número equivocado.
