viernes, 19 de febrero de 2010

El Día De La Payasada


Hoy he despertado a las 8 de la mañana sin ayuda del despertador. Sin ayuda del teléfono. Yo solito he decidido pararme sin ponerme a pensar en la consecuencia de mis actos. No tengo nada que hacer más que ir derecho a la ducha mientras Frida sigue durmiendo y mirándome fijamente -todo al mismo tiempo-. Pero hoy no dejo que caiga el agua así nada más. Hoy me provoca calentarla 15 minutos.

Hoy no me provoca bajar más música. Voy a la sala y enciendo la radio. Veo alrededor y pienso que no sería tan mala idea limpiar un poco, en parte porque ha pasado algún tiempo y en parte porque hay envolturas de Charadas por todo el lugar. Me canso de la radio y decido poner un disco para acompañarme. Me decido por Green Day. Siempre he pensado que un solitario siempre está menos solo si está con alguna canción de Green Day como fondo. Pienso en lo huachafo que sería poner algunas canciones de Green Day en mi entierro. Sonrío. Decido que así será. (*)

Ya va casi medio disco y media sala en orden cuando suena el teléfono. Es extraño. Aunque no debería, aún al oír el teléfono imagino que podría tratarse de la chica que era mi novia. Me tomo el tiempo para recordar el hecho de que ella ha decidido ya no hablar más conmigo. Así sea algo tonto y cojudo, tengo que hacerlo porque parezco olvidar ese hecho a cada momento. Recuerdo también que ahora sale con un muchacho con cara de tonto (sospechosamente muy parecido a un amigo muy cercano). Sonrío otra vez. Pensaba que nadie podría superarme en ese rubro tan particular, pero siempre hay alguien más allá afuera. El teléfono sigue sonando. Hoy decido no contestar.

Esta mañana, Phoebe viene a visitarme. Hemos conversado la noche anterior y ha decidido venir a devolverme el disco que le presté hace algún tiempo. Aunque ninguno lo menciona, y mucho menos parece querer recordarlo, Phoebe y yo fuimos novios alguna vez. Éramos muy distintos a como somos ahora. O al menos, ella es muy distinta. Se preocupa en exceso por verse guapa, y sin duda lo logra -por lo general- sin mucho esfuerzo. Quiere ser seria, toda una señora, pero esta mañana no le sale muy bien: se pasa algunos minutos tocando hasta darse cuenta que mi timbre está arruinado. Le abro la puerta y le explico todo. Parece avergonzada.

Conversamos lo que tenemos que conversar. Preguntas de trámite. Me pide la computadora para revisar su correo. Se la doy y le digo que aprovecharé el tiempo para afeitarme. Mientras la oigo revisar -no su correo- sino más bien su Facebook, me pongo triste por el hecho de que las cosas hayan cambiado tanto entre nosotros y pienso que tal vez ese sea el destino que tendrán todas mis relaciones con las mujeres de este lugar. Al salir la veo jugando con plastelina. Me sorprende y me pregunta que cosa me gustaría que haga. Con voz entrecortada y muy apurado le digo lo primero que se me ocurre: un payaso. Ella se pone contenta y yo pienso que, tal vez, no todo ha cambiado tanto como creo.

Luego de despedirme de Phoebe, tomo un carro en medio del maldito sol -que hoy no me gusta ni me parece "inspirador"- para cumplir con un encargo de mi hermano. Decido primero pasar a almorzar. No me importa cuanto tenga que gastar, hoy decido no pensar en el dinero. Después de llenar el plato hasta el límite de lo permitido, voy a la caja a terminar el asunto. Ya casi por acabar, es cuando sucede. Mi codo. El vaso de chicha morada. La torpeza ha querido salir a decir "presente", ahí, en medio de gente tan hambrienta como yo. Estoy a punto de buscar la forma de limpiarlo todo, pero algo me detiene. Hoy decido que no me va a importar. Hoy creo que mi torpeza es voluntad divina y parte de las vueltas que este mundo da, caprichosamente, sin que lo podamos entender. Escapo pues, presuroso de la escena del crimen, siendo -probablemente- granputeado por la chica encargada de aquella caja (que algo malo debe haber hecho en su vida para que le toque un cliente como yo).

Hoy no he podido encontrar el encargo de mi hermano fácilmente. El disco que necesita se ha agotado en 4 tiendas de artefactos. Estoy dispuesto a irme a casa, pero algo sucede y sin pensarlo, intento en una tienda más. Me prometo que será la última. Es muy obvio lo que va a pasar, así que no me sorprendo cuando encuentro el disquito en dicha tienda. Pago, y con mucho calor, me dirijo a San Isidro. Pienso: "ojalá te guste tu regalo de cumpleaños, cabrón". Al llegar a la oficina me abren la puerta eléctrica y yo la cierro tratando de entrar. Me abren una vez más. La he cerrado por segunda vez. Sin duda hoy no estoy muy fino. Una muchacha muy pequeña abre la puerta y yo la saludo con una sonrisa, mirando la puerta. Ella no se ríe.

Hoy, a punto de entrar a casa, decido dar media vuelta y hacer una llamada telefónica. Voy a invitar a una chica a salir. Hoy estoy un poco cansado de sentarme aquí día tras día pensando en mis problemas con las mujeres. Hoy quiero que todo sea diferente. Llamo y escucho una voz muy muy lejana. ¡Mierda! -pienso- no voy a poder escuchar nada. Sigo hablando, cualquier cosa, lo que se me viene a la mente, hago la invitación, me despido. Dejo el teléfono y me voy a casa. No se si me dijeron que si, que no, o que llame más tarde. Es un peligro no saberlo. Me dirijo a casa dispuesto a nunca más usar ese teléfono verde.

Hoy mi cuerpo me ha sorprendido con dolores repentinos. Me fijo al sentarme en el sofá, completamente rendido, que me duele de forma "graciosa" el brazo izquierdo. Me pongo un poco nervioso, por aquella relación que tiene el famoso brazo izquierdo con los dolores del corazón. Me da risa la frase "dolores del corazón" y comprendo entonces que soy un inmaduro que tal vez debería hacerse un chequeo, pero que no lo hará hasta que el calor frene un poco. El que se lleva las palmas es el dolor en la pierna derecha. Soy lento, y es algo conocido por el mundo entero, pero que el dolor me venga 2 días después de haber ido al estadio y no la mañana siguiente es para no creerlo.

Harto de este día, me siento a relajarme en la computadora. Leo, incrédulo, una nota en donde hinchas argentinos y la prensa en general han comparado a Wilmer Aguirre con Messi o con Cristiano Ronaldo. No me parece tan gracioso. Entro después al Facebook, pero mi error es grande. Encuentro tanta barbaridad junta que evalúo nuevamente mi permanencia en aquella página. Para variar, hay un mensaje invitándome a tomar unas cervezas en la noche, pero hoy, con este dolor de piernas, no me quedan ganas de beber.

Hoy es viernes y estoy solo en casa. Hoy el delantero Wilmer Aguirre es uno de los mejores delanteros del continente. Hoy la amiga que alguna vez fue mi novia me comentó que estaba aprendiendo a conducir. Hoy la mujer que fue mi novia tal vez pase la noche junto a un tipo que se parece a un amigo mío. Hoy ese amigo mío se va a preguntar por qué rechacé su invitación a beber. Hoy el mundo está de cabeza, estoy cansado y he podido escribir más de dos líneas al menos.

Felizmente, mañana será otro día.





*Waiting y Redundant







ShareThis

miércoles, 3 de febrero de 2010

Frente A Frente

Aún Lima, 3 de febrero de 2010



Mi I.P:

Te escribo, y es un poco extraño, porque en estos días te he venido escribiendo de formas un tanto diferentes. Te escribo, a sabiendas de que me pediste que no lo hiciera, porque trato de alcanzarte a la distancia, de decirte cosas que al parecer jamás te van a volver a interesar. Te escribo porque trato de despedirme.

Si te preguntas por mi vida, mil veces te diría que todo anda estupendo, mejor que nunca. Al menos tengo planes y un poco de esperanza, así que se podría concluir en que todo marcha bien. Eso te diría. ¿Para qué mencionar que siento un huecazo por dentro que a veces me jode a la hora de dormir? ¿Qué gano al contarte que intento salir con un par de mujeres y me aburro en exceso? ¿Te preocuparía saber que cuando salgo últimamente siempre termino mal y buscándome problemas? ¿Te sentirías triste si supieras que el fin de semana anduve caminando ebrio por el centro de la ciudad y perdí mi teléfono -y por poco algo más- mientras huía de sabe Dios qué? ¿Vendrías a ponerle orden a este desastre esta misma noche, amor?

Pero me hace bien recordarte. En medio de todo. En medio de nada. ¿Sabes que lo que le escribí a nuestro hijo es hasta ahora lo que mejor he escrito? Tampoco es que eso sea bastante. Tampoco es que quiera que signifique algo para ti. Estás muy lejos como para que algo mío signifique algo para ti también. Sé que debo despedirme, pero aún no pierdo la esperanza.

Vendrá una de tus bandas favoritas a tocar a la ciudad. Pienso en llevarte, abrazarte y susurrarte al oído -¡Hasta que el sol no brille!- mientras coloco un anillo en tu dedo. Pienso en hacerte mi novia antes de irme y pienso en reunirnos en menos de un año, teniendo los suficientes ahorros para mudarnos juntos a un piso, una casa o una esquina. Pienso en lo que voy a decir después de que nos declaren marida y hombre y en las veces que voy a despertarme antes que tú para ver -por enésima vez- por qué llora nuestro Rodrigo con tanta pasión. Pienso en todo esto y sonrío. Sonrío porque sé que aún puede ser posible.

Pero me hago daño recordando que no solo ya no estoy ahí, sino que hay alguien más que toma tu mano, se sienta en tu sillón y te arranca sonrisas. No me parece justo. Sé que si supieras el daño que me causa pensar en todo esto también pensarías que no es justo del todo. Pasaron año nuevo juntos. ¿Viste el amanecer con él? ¿Dejaste que te besara? ¿Le hiciste el amor? ¿Pudiste?

No te reclamo, amor, es solo que si no te pregunto todo esto voy a morirme de impotencia. Recuerdo hace poco una madrugada de esas difíciles que suelo tener ahora, en la que me arriesgué a llamarte por teléfono. La idea de que estuvieras pasando la noche con alguien más me había golpeado duro. No me la podía sacar. Me estaba matando. Te sorprendiste de que llamara. Te dije que iría por ti. No te negaste esta vez. Llegué en tiempo record a tu casa y te hice el amor como si fuera por última vez. Dormiste abrazada a mí. Es un recuerdo. Hoy parece que solo eso queda.

¿Y qué más queda, me preguntas? A mi me quedan muchos lugares. Jamás pensé que fuesen tantos. Cuando tengo que moverme por la ciudad, la mayoría de sitios y calles tienen algo de ti. La avenida Benavides, que hoy me acercó un poco a tu casa, me recuerda a ti. Lugares que no tienen nada que ver entre sí, desde el Zarco hasta El Parque D'Onofrio, me hacen extrañarte hasta los huesos. A veces me pongo triste. A veces los cobradores se dan cuenta y me exigen que les pague más de lo debido.

¿Qué queda? Me quedan también los momentos que, al final de todo, me gustaría que también recuerdes. Como la primera vez que nos amamos, con mi gran miedo y tu enorme comprensión; y las muchas horas que charlamos antes de quedarnos dormidos. Como la vez que nos amamos en aquél lugar milenario -y peligrosamente público- por el cuál tuvimos que caminar largo rato por la carretera, bajo el sol y bajo la amenaza de ser arrollados por algún conductor medianamente imprudente. Como la primera vez que te canté -desafinado- una canción de los Ramones. Como la primera rosa que te entregué. Como nuestro primer viaje en avión. Como la primera vez que -dudando- te llamé preocupado para saber si no "te arrepentías" de haberme dicho que querías estar conmigo.

¿Que queda? Canciones por montones. Nos dedicamos muchas. Una de las mejores que me diste: Antojo De Un Dios. Se convirtió rápidamente en un himno para mí. ¿La recuerdas?


Y aunque se que mi ser jamás la alcanzará
Me da igual
Pues con solo saber
Que mañana la veré
Me basta...


Si pudiera darte una en este momento, sería una vieja canción de Jeanette (si, la misma del Corazón de Poeta) Bunbury le ha dado un intento a cantarla y pienso que deberías darle un intento a oírla. Se llama Frente a Frente. Con suerte te acordarás de mi...


Solo quedan
Las ganas de llorar
Al ver que nuestro amor se aleja
Frente a frente
Bajamos la mirada
Pues ya no queda nada de que hablar
Nada...


No queda nada más que hablar porque has elegido que así sea. Aún tengo mis planes, ideas, canciones y cosas que entregarte. Tengo incluso tu regalo de cumpleaños, pero no tengo aún la manera de hacértelo llegar. Quisiera mucho poder decirte hoy que si he cambiado tanto por fuera (uso anteojos para escribir) como por dentro (tengo la fuerza y la convicción de poder hacer todo lo que quiera) y también quisiera decirte que te amo, con todo lo malo que pueda haber (porque todo lo malo es insignificante cuando estás aquí), y que estoy dispuesto a darte y hacer cualquier cosa que necesites para ser feliz. Para que seamos felices juntos. Los tres. Pero el riesgo que corro es muy grande: puede que esta noche, y a estas alturas, ya me hayas olvidado del todo...


¿Entiendes ahora por qué no puedo entregarte esta carta?