Me he levantado a las 5 porque te conozco. Sé que si me hubiera levantado a las 6, tu te habrías despertado y la sorpresa ya no habría sido sorpresa. Y es que te las hubieras olido. Y es que eres muy mosca para estas cosas. Y es que nos conocemos tanto.
Trato de no hacer algún ruido que pueda arruinar todo y, con más suerte que destreza, logro escapar de la habitación. Me deslizo a la cocina. Preparar algo que te guste no va a ser tarea difícil. Lo difícil va a ser ponerme a cocinar sin hacer la bulla que hago siempre, sello inconfundible de aquellas personas medianamente torpes y nóveles en las tareas culinarias. Hoy, más que un cheff, tengo que ser un ninja. Al menos tengo el trajecito negro.
Termino a duras penas, justo cuando el sol está saliendo, y le doy una chequeada general a que todo esté en orden. Huevos revueltos, jugo, mermelada, aceitunas, todo okey. Recuerdo que tengo que despertar a mi pequeño asistente. Entro a su cuarto. Me asombra el gran parecido que tiene a ti cuando está dormido. Lo muevo despacio, le digo -Rodrigo, ya es hora de saludar a mamá- y, sin abrir los ojos, el listillo responde -En 2 minutitos ¿Ya, papi?-, en eso si que se parece a mi. Vaya que se parece a mi.
Entramos al cuarto, tengo la bandeja en la mano. A la cuenta de 3 prenderemos la lámpara de noche y empezará a sonar una de tus canciones favoritas. Pero son las 6 de la mañana, Rodrigo se ha levantado muy temprano y calcula que no es necesaria tamaña espera para saltar en la cama, tarjeta en mano, y comerte a besos. Te despiertas, sonríes. Lo miras y, no te das cuenta, yo te miro a ti. Me dices, con la mirada, que habrán muchas mañanas como esta. Te digo, también con la mirada, que nunca he sido tan feliz como en ese momento. Rodrigo, por su parte, ya se acabó todo el yogurt de fresa.
Veo toda la escena, clarito, cuando miro mi propia imagen en el espejo del baño. La veo y me siento mucho más mierda que de costumbre. Ayer estuve dando tumbos, postrado en mi cama, pensando en las infinitas razones que han dado origen a mi soledad. Soledad que abrazo todos los días, sin roches y sin ascos, pero que me jode enormemente cuando estoy enfermo. Cada quién tiene lo que merece, dicen por ahi. Si eso es cierto, hoy no va a ser un buen día en absoluto.
Te recuerdo hoy por obvias razones. Me hace daño. Pero ya cogí la foto de nuevo. Ya puse la canción en la compu otra vez. Ya estoy cagado y ni vuelta que darle. Me cuesta pensar que el haberme equivocado tanto ha hecho que hoy no sea un día especial. Porque pudo haberlo sido. Ibas a ser mamá. Ibas a ser una mamá estupenda, y, lo mejor de todo, ibas a ser mamá de un hijo mío.
Pero era un chibolo huevón, bien lo sabías. Fuiste lo suficientemente fuerte para fingir que no querías tenerlo cuando en verdad te morías de ganas. Fuiste lo suficientemente fuerte para decirme que todo iba a salir bien, cuando te morías de miedo. Y yo me moría de miedo también. Pero era un chibolo huevón que no sabía nada de nada. Que hasta ahora no sabe en realidad que sucedió. Un chibolo huevón que hoy, años después, llora con rabia en el sofá porque se da cuenta de lo perdido.
Ha pasado el tiempo. Eres feliz. Yo aún no puedo perdonarme. Es, sin duda, lo que más me duele desde que hago memoria. Se que van a haber muchos días tan grises como este y no me quejo. Que vengan. Durante mucho tiempo pensé que la felicidad era el único camino que nos quedaba después de haber pasado tantos malos ratos, pero no pensé que la hallaríamos separados. Y no es que yo la haya encontrado, pero podría asegurar que tu si lo has hecho. Y, extrañamente, me alegra.
Cada quién tiene lo que merece, dicen por ahi. No dudes ni por un segundo que a diario, y sobretodo en días como este, obtengo lo que merezco por haber cometido un error imperdonable. No dudes tampoco de que las cosas te van a salir bien y de que vas a ser la mamá más cariñosa de todo el mundo, sencillamente por la misma razón:
Porque te lo mereces.
m12