Si alguna vez te has preguntado por qué carajos me voy a un rincón en medio de una fiesta, o porque no me gusta salir en la fotos, puede que esta historia te vacile. No es por pose, no es por locura: es, sencillamente, porque el mundo está en contra mía. Yo soy rebelde porque el mundo me hizo así...
I
Me he levantado temprano, con ánimo. Cosa extraña los lunes por la mañana. Son recién las 8 y hoy toca irme en taxi, así que tengo tiempo de sobra para alistarme con calma. Y no es que me demore mucho en alistarme, pero por lo menos hoy voy a poder afeitarme sin cortarme la cara.
Voy a la ducha y hay alguien afuera, en la sala. No distingo mucho la cara de aquella visitante matutina pero saludo de todos modos. Entro al baño y pienso "carajos, que temprano para visitar" pero así es mi hermano. Recibe visitas de mujeres de distintos colores y tamaños a las horas más inesperadas. No lo envidio. Me miro al espejo y el fénix en mi brazo luce más vistoso hoy. Tengo los brazos ligeramente más hinchados (por los mil litros de agua que tuve que bajar y subir la semana pasada) y no me disgusta lo que veo. Ya que más da, Diosito me hizo así.
Salgo y, milagrosamente, un taxista accede a llevarme por la insólita tarifa de 10 maracas. Quiero pedirle el número al hermano, pero no quiero asustarlo y que el cabrón quiera cobrarme de más. Viendo el mar enfermo de mi ciudad pienso en el obstáculo más grande a vencer llegando a la oficina: florear al cliente que, muy pillo, me ha escrito mentandome la madre con sutileza, ya que nuestra jefa ha confundido el nombre de su digna empresa por otro, no menos pomposo, en televisión nacional. Hoy siento que puedo tener las palabras exactas para resolver este problema, pero se que el mar enfermo de mi ciudad no tiene solución ni esperanza alguna de volver a ser azul.
Llego a la oficina tempranísimo. Una compañera me pregunta la razón por la que parezco tan feliz. No se que decirle. Enciendo la computadora y en media hora resuelvo el tema pendiente del cliente ofendido. Para el mediodía tengo todo bajo control y ayudo a mi jefa, quién es buenísima onda y con quién comparto algunos gustos musicales que no mucha gente entiende. Después de discutir sobre las tonalidades de las voces de Mari Trini y Rocío Jurado, decidimos ir juntos a almorzar. Sin duda comeré algo sabroso. Sin duda comeré como un cerdo. Sin duda, será un día de putamadre.
II
Me tomo mi tiempo, parado en medio de la vereda, para echar un vistazo a la calle que ya he visto tantas veces, pero por donde no he vuelto a caminar en mucho tiempo. Cae un poco de agua del cielo de mi ciudad que, dado el romanticismo de toda la escena, colabora luciendo más gris que de costumbre. Logro mirar hasta donde la vista me permite y los recuerdos me caen uno sobre otro: esperas largas en aquellas frías -y jodidamente duras- bancas del parque donde los perros se cagan infinitamente; caminatas veloces hacia el lugar donde preparaban los burritos con el huacamole más rico de Lima; y millones de abrires y cerrares de aquella puerta marrón que ya no iba a abrirse más para mi.
Doy media vuelta y distingo el logo del canal en la móvil que me espera: he vuelto al presente. Por esas cosas de la vida, uno de nuestros clientes tiene sus oficinas justa y precisamente a pocas cuadras de la casa de la chica que alguna vez fue mi novia. Había logrado, después de miles de intentos fallidos, que los recuerdos me dejen de perseguir -por lo menos- diariamente. Esta vez no me siento triste ni rabioso como solía sentirme cuando el pasado atropellaba mi cabeza. Al menos esta vez la tristeza se siente un poco dulce.
Bajando por la avenida Tomás Marsano, mientras veo las gotas que golpean sin cesar el parabrisas de la camioneta, decido llamar de sorpresa a la chica que quiero. Ella me contesta entre sorprendida y contenta. A veces acostumbro llamarla por las tardes solo para desearle buena suerte en su día, pero hoy es distinto. Mientras me atrevo a contarle que la extraño y que la quiero, tal vez intoxicado por los recuerdos de hace un rato, ella me escucha con atención. No dice mucho, tampoco se lo pido. Me dice que conversaremos en la noche. Desde que regresó de viaje el fin de semana ha estado un poco distinta, incluso en su tono de voz. Podría ser que está resfriada, preocupada o podría ser algo más. Me alegra, como siempre, haber oído su voz. Esta vez, sin embargo, la alegría se siente un poco triste.
III
Abro la puerta de mi departamento y tiro la mochila lejos, al sillón que está al fondo de la sala. Hoy no importa que se caiga y la compu, dentro de ella, se haga mierda en su totalidad. No importa porque son las 11 de la noche, no he comido y estoy un poco harto de todo. Harto de que -a punto de cerrar el trato con el cliente más importante esta semana- el muy cabrón se haya echado para atrás aduciendo "exceso de compromisos". Harto de llegar a casa y no encontrar nadie con quien charlar aparte de mi gata infinitamente hambrienta. Harto de verlo todo gris nuevamente.
Antes de salir del canal -tarde, para hacerlo todo más pintoresco- he llamado a mi mejor amiga. Ella me contesta y, por alguna razón, las palabras no me salen. Le he contado muchas veces cuando me siento triste sin razón, y ella me ha oído siempre con el mismo entusiasmo y con mucha buena onda. Esta vez no he podido. Le digo que "solo quería saber si ya había salido de trabajar" y me despido. Quiero contarle que es difícil mantener el entusiasmo cuando un cliente te caga a última hora, o cuando la persona que quieres no te quiere igual, pero no puedo hacerlo. Creo que no puedo hacerlo porque no quiero que ella pierda el entusiasmo también.
Peleado conmigo mismo, y como último recurso, trato de llamar a la chica que quiero. Se que es peligroso y que cualquier cosa que pueda decirme la voy a agrandar al máximo, pero no hay nada más que pueda hacer. Como un soldado que va a la guerra sabiendo perfectamente que el otro bando es más poderoso, me atrevo a avanzar con el corazón en la mano al grito de ya-que-chucha-lo-que-pase y marco numerito por numerito -creo que para arrepentirme antes de marcar el último y no llamar-. Es demasiado tarde: ella ha contestado.
Me acuesto en el sillón, resignado, y trato de acomodar mi no tan larga humanidad en él. Un incidente casero ha convertido mi cuarto en un lugar -de momento- inhabitable y no me queda otro rincón en donde pasar la noche. No estoy triste por el hecho de haber perdido un cliente importante hoy. Tampoco creo estarlo porque la chica que quiero me ha contado que hay otro muchacho que está interesado en ella y que ella no le es indiferente. Ni siquiera es porque en la sala hace -infinitamente- mucho más frío que en mi cuarto. Es, más bien, el ignorar el motivo de mi tristeza lo que me pone más triste. Y más molesto. Y me molesto más al pasar las horas y al estar tan cansado y al no poder dormir que no se me ocurre nada más que sacudirme un poco y ponerme a escribir un poco sobre la vida tan confusa que me ha tocado vivir.
m12