Le hablé por primera vez un sábado. Ella hablaba por teléfono. Vestía de rosado. No se le veía mal, pero sí un poco confundida. Recuerdo haberla ayudado a meter unas cosas a la movilidad del canal, y de haberle dado las instrucciones al chofer -amigo mío- para que pudiese llegar a la lavandería sin problemas. Ella sonrió, me agradeció. Le di mi número, le pedí el suyo, y le dije que cuando tuviese algún problema me pasara la voz. Creo que le caí bien ese día.
Me burlé de ella por primera vez un lunes. El motivo: el tamaño de sus zapatos. Se veían extremadamente pequeños. Compartimos una risa, nada fuera del otro mundo. Me gustaba pensar que ya tenía la confianza como para joderla un rato sin incomodarla. Ella se las ingenió para llamarme de una forma graciosa, que -hoy por hoy- ha pasado a ser más que un apodo, mi nombre oficial.
Ella se burló de mí, por primera vez, el sábado de esa semana. De mi pinta, para ser más precisos. Me dijo que lo único que me faltaba era una moto al lado y listo. Me pilló desprevenido. Me arrancó una risa. Subiendo por el ascensor me vi en el espejo y me reí de mi look de villano de la película Grease. Luego me dio un poco de pena al darme cuenta que jamás iba a ser como Danny Zuko.
Me enamoré por primera vez de ella en una fiesta. No se muy bien como, pero me di cuenta de que inconscientemente la buscaba con la mirada. La miraba bailar de lejos, sentado, en parte porque no se bailar y en parte porque ese día me había sacado la mierda de las escaleras, y tenía la pierna hecha una pelota. Aún hinchado y todo me las arreglé para sacarla a bailar, pero ella se excusó. Me jodió. Me piqué. Supe, luego de haberla llamado a las 6 de la mañana -solo para saber si había llegado bien- que ya estaba cagado. No había vuelta atrás.
Igual seguimos siendo patas. Compartimos muchas cosas entre almuerzos, conversas cortas e idas al karaoke. Ahí fue cuando me di cuenta que era muy buena cantando. O al menos esa es mi impresión -espero- del todo imparcial. Me cago cuando -por ejemplo- estoy cantando una canción caleta -según yo- en mi oficina y ella llega y me sigue la letra. Es paja y, lo admito, también algo maricón poder cantar alguna de Arjona a dúo un miércoles por la mañana. Me gusta oírla cantar. Me gusta que le guste (nos guste) tanto Mar de Copas. Me gusta que se ponga a cantar de la nada, pero no me atrevo a pedirle echarnos un unplugged.
Me enamoré por segunda vez de ella en un matrimonio. Y la cagué. Recuerdo que no pude manejar el hecho de darme cuenta de que a ella le gustaba otro muchacho y reaccioné de la peor manera. Me porté como un cobarde y le dije lo que sentía frente a todo el mundo. El lunes en el canal no podía ni siquiera verla a los ojos. Me sentía infinitamente mal de haber arruinado nuestra amistad, así que solo atiné a escribirle un correo disculpándome y diciéndole que entendía si daba por concluida nuestra relación de patas.
Ella no dijo nada y yo tampoco, y así la distancia entre los dos se hacía cada vez más enorme. Yo me sentía pésimo por lo sucedido, pero asumía el grosísimo error cometido. Me esforzaba para ayudarla en las pocas ocasiones en que ella requería mi ayuda, y poco a poco la palta que había fue cesando. Hasta que una bendita noche se me ocurrió llamarla porque la había visto rara por la mañana, y ella me contó que tenía problemas con su jefe. Le dije que andaba cerca de su casa y ella me dijo que la fuera a buscar. Conversamos hasta la medianoche y nos volvimos amigos nuevamente.
Me enamoré por tercera vez -y ya definitiva- cuando nos quedamos hasta muy tarde terminando una estructura con luces de navidad para el programa. Le rogué a la amiga que comparte la oficina conmigo para que me cubriese toda esa tarde. Todo funcionó de maravilla. Sentía que la ayudaba y hablábamos de cualquier tontería, de los planes para navidad y año nuevo. Pedimos KFC y nos dimos un break para comer. Recuerdo haber llegado cerca de la 1 de la mañana a casa, completamente feliz.
Ella es muy pequeña, y duerme en una habitación mitad negra y mitad fucsia. Ella es menor que yo, sin embargo parece saber muchas más cosas de la vida. Ella disfruta toneando, y conoce los mil lugares que existen en la ciudad para dicho fin. Ella luce radiante con un niño en brazos (lo pude comprobar más de una vez). Ella siempre llora un poco cuando vuelve a ver la película P.S I love you. Ella siempre está dispuesta a almorzar un cevichito más. Ella no tiene ningún tatuaje aún porque ha decidido -sabiamente- aguantarse hasta que acabe el verano. Ella es fan de Disney y morirá cuando le entregue su regalo de cumpleaños.
Creo quererla porque siento que es auténtica. Tiene un humor torpe y un poco oscuro, que no muchos logran entender. Me gusta el sonido de su risa. Me gusta tener que esforzarme como mierda para poder hacerla reír a carcajadas. Me gustan sus aretes, siempre de bolitas. Me gusta que se acuerde de mí a la hora del almuerzo. Me gusta que me haya llamado un día a las 3 am y que luego nunca -jamás- me haya comentado nada al respecto. Me gusta que me haya hecho creer que hay un conejo en la luna. Me gusta, aunque no me haya aclarado del todo si el famoso conejo es macho o hembra.
Ella es la chica de la que estoy enamorado. La misma en la que pienso todos los días al despertar, y ante la cual intento -mal- ser un tipo cool. Es la chica que me ha puesto a escribir de nuevo, que ha hecho que descubra de otro modo al cabronazo de Arjona, la que ha puesto a Jesse & Joy en mi ipod y la que hace que baile oyendo a los Auténticos Decadentes. Chica de medidas lejanas a las de las modelos, pero a quién veo cada día más hermosa. Una chica fugaz que probablemente nunca llegue a leer estas líneas en extremo cúrsiles, pero de quien espero poder llegar a ser novio algún día.
PS. Aunque se que no sucederá.