sábado, 31 de diciembre de 2011

Resoluciones

Veintitrés es el número de días que me he pasado sin poder escribir frase alguna. El ritmo del trabajo (y de la vida) me hicieron complicada la tarea de intentar contar algo nuevo, viejo, o reciclado. Da lo mismo a estas alturas. Trato de no oír los cohetecillos explotando en la puerta. Trato de callarme y sacar lo que ha sido este año (de mierda) en resumidas cuentas. La tarea va a ser una perra, pero no puedo decir que no esté acostumbrado.


Once y 13 minutos es la hora, es la hora. Afuera -me queda clarísimo- ya es la hora de jugar. Brincan, brincan los niños. Saltan, saltan los muy cabrones. La decisión que tomé de no tomar -a menos que no hubiese otra salida- me ha alejado de los planes de campamentos, fiestas y reuniones de fin de año. Esta decisión me ha dado gratas mañanas de domingo que no cambiaría por nada del mundo, pero sé perfectamente que por más que lo evite -con éxito hasta el momento- aún hay dos botellas de vino en la refrigeradora aguardando una recaída.


Dos son los planes maestros que tengo para el inicio del año: ir a la playa y escribir. Desconozco hasta qué punto pueda llevar a cabo estos planes, pero planeo ponerle todo el tiempo que tenga disponible para que suceda. Ahora, todo se va a la mierda si es que mi gran amiga del trabajo cumple su promesa de conseguir un playstation 3. Ahí ya sería cuestión de sacrificar el escribir historias bobas, o el placer de la playa -muchachas en bikini all included-. Conociéndome, intentaría hacerlo todo a la vez. Intentaría pensar cómo escribir reseñas de juegos de playstation mientras estoy en la playa. Intentaría pensar mientras veo pasar a las muchachas en bikini.


Dos también es el número de veces en las que lloré el día de hoy. Todo mientras iba en un auto por la carretera central. La primera: oyendo al grandioso Andrés Lewin. Sin darme cuenta del por qué, me encontré lagrimeando quizá conmovido por la lírica tan cruda de la canción que sonaba en la radio. La segunda si supe perfectamente por qué ocurrió todo: fue oyendo a Pedrito Suárez. Entre las cosas que me ha enseñado el buen Pedrito con sus canciones, hay algo que siempre tengo en cuenta: una oportunidad perdida en el amor es algo que ya no vuelve más.


Tres son las chicas que durante el año me hicieron latir fuerte el pecho. Creo haber sido un buen amigo de todas ellas en los momentos en que más me necesitaron. Ninguna de ella se acordó de mí en Navidad. Ninguna de ellas -presumo- se acordará de mí en Año Nuevo. Todas ellas -tengo la certeza- estarán celebrando en una fiesta, con papelitos amarillos y bebidas espirituosas. Yo me acordaré de las tres, y haré un esfuerzo gigante por borrar todo vestigio de esperanza de volver a ver a alguna de ellas. Fracasaré en mi intento, y recobraré la esperanza velozmente.


Setecientos soles es el dinero que debo presupuestar para afrontar las deudas que llegaran -desafiantes- a ponerle freno a la paz de estos días de verano. Habiendo optado por tomar la decisión de cocinar para subsistir, la tarea pasaría por no tener arrebatos de compradora compulsiva. Librería Crisol, sin embargo, no tiene el menor reparo en esto, y ha puesto a la venta numerosas colecciones y compendios de comics que deseo poseer, a riesgo de comer arroz y huevo frito durante 3 meses todos los días. Ignoro la pena por intentar hurtar algo en una librería. Resolución de año nuevo: consultarlo con un abogado.


Uno, tan sólo un problema debo resolver con prontitud: mi titulación. Mis padres han renovado las ganas de que saque un título universitario, con la esperanza de que esto me permita obtener mayores beneficios en el trabajo que desempeño. No tengo el corazón para revelarles que: 1) El título es una buena mierda y no vale de nada en dónde chambeo y 2) No planeo seguir chambeando en cosas de la carrera que escogí. La carrera que escogí a los 17 años. La carrera que escogí antes de darme cuenta que el mundo es un pobre poema que sólo recita el alma.


Cincuenta por ciento de mi insultante sueldo es el aumento que planeo pedir este año en la empresa en la que trabajo. Estoy positivo al noventa por ciento de que, en cambio, me darán una patada en el culo. Larga. Fuerte y firme. He decidido que -llegado el momento- encajaré el golpe y optaré por prostituirme un tiempo. Si me va bien, intentaré hacer el salto al cine para adultos. Lo peor de todo esto es que a esa conclusión he llegado luego de desechar un promedio de 56 otros planes de vida.


Cuatro son las veces en las que estuve a punto de abandonar mi trabajo este año. Luego de algunas discusiones fantásticas, oí a mi jefa decirme "a veces te tengo miedo". Supe entonces que el hecho de que tu jefe te tema -por más gracioso que sea- no puede ser algo bueno para el clima laboral. Las circunstancias me llevaron a discutir con todo el mundo, incluso con la única persona con quién me entendía a la perfección. "Contra todos" se volvió cosa de todos los días.


Tres meses estuve completa y perfectamente ido: mi gata ya no vive conmigo. no pude sobrellevar la perdida. Luego de mucho dolor, logré un poco de claridad para diseñar la marca que llevo en mi piel, en honor de esa pequeña dama. Es una marca que llama la atención de gente que difícilmente comprende cuando les digo que la llevo por una gata. Si tuviera la oportunidad de explicarme del todo, les diría que la marca que dejó en mí, es inmensamente más grande y profunda que la que ahora llevo en mi brazo derecho.


Diez son los capítulos que debo terminar, sí o sí, del proyecto de novela en la que he puesto mi corazón embustero. Luego acortarla. Luego volver a revisar el borrador. Luego rogarle mil veces a algún amigo escritor a que me dé una mano para publicarla. Para que me hagan el prólogo. Para que me recomienden con sus amiguis. De fracasar todo esto, iré con el borrador a la puerta de la editorial que sacará las memorias de Susy Díaz. Propondré vender el libro en un pack dos por uno.


Doce es el número de este año. Doce es el número que tiene una estrecha relación con casi todo en mi vida. Pienso que este año debería ser mi año (si no, qué tal concha, yo lo pedí primero) y pienso que tendré la fuerza para hacer algo, así sea pequeño, que me permita darme cuenta de si todo va a ser una mierda para siempre, o si hay una luz a la salida de esto.


Y entonces, como por arte de magia, Rafo Ráez llena la habitación entonando "te espero a la salida de esto...para hacerte llorar" y me doy cuenta que es demasiada coincidencia, y que me cagué.


Voy a follarme al 2012.





m12

lunes, 19 de septiembre de 2011

Letter To God

Fiera querida:

Si hoy me atrevo a escribirte después de tanto tiempo, es porque necesito una mano. Dirás "qué novedad, sólo por eso me escribes" y no te discuto. Soy ingrato y una mierda y lo sabes. Pero hoy -aunque no lo creas- no voy a pedirte por mí...

Hay una chica que cree mucho en ti. Hay una chica que me acompaña cuando las cosas son un poco difíciles de aguantar, y que ahora necesita un poco de aguante. Pequeña, gran sonrisa, corazón puro. Tendrás que admitir que es de las de tu tipo, broder. Hecha a tu medida, papá loco. Esta chica en cuestión ha recibido mucha mierda últimamente y sigue de pie. Lo que yo te pido es que me ayudes a que no se caiga.

Te pido que me ayudes a hacer a un lado mi pesimismo y mi desánimo, y que pongas en mi boca frases ingeniosas que la puedan hacer sentir bien. Gestos maricones que le puedan arrancar una sonrisa. Calma en esos momentos en los que la jefa nos trata como un luchador de vale-todo. Sobretodo, buen humor y la capacidad de volverme invisible al acercarme a hacerle cosquillas.

Ayúdame para poder ser capaz de sorprenderla, tanto como ella planeaba sorprenderme regalándome una felina hace poco menos de un mes, y permite que me perdone por haber sido tan frío y canalla al decirle que no estaba listo. Permite que me perdone por todas esas veces en que no he sido todo lo buen pata que ella ha sido conmigo, y dame la chance de cobrarme esa revancha. Tú me enseñaste que la vida (y el fútbol) da revanchas.

Pido creatividad para hacer que los días pasen volando. Buenas películas con buenas historias, para hacer fuerte el corazón. Aguante para -de darse el caso- soplarme enterita la película esa del lobo metrosexual de Crepúsculo. Sin chistar y sin ir al baño. Habiendo logrado estos superpoderes, lo demás será lo menos difícil: enseñarle a pelear.



Imagino no debe servir de mucho un entrenador con el corazón agujereado, pero es lo que hay. A acostumbrarse, no más. Un tipo que ha estado tanto tiempo caminando en la oscuridad, sabe calcular perfectamente el momento en que va a llegar el amanecer. Tal vez todo este tiempo de estar jodido en casa, en el trabajo, y sin que nadie me de bola en absoluto me ha preparado para poder guiar a alguien por el mismo camino. O por lo menos para hacer el camino menos peligroso.

Aprendí que cuando nadie da un carajo por ti, no puedes seguir esa atractiva moda tú mismo. Aprendí que hay cosas que uno debe hacer sólo, y que los problemas son enanos jodidos que a veces vienen a atacarte en mancha, pero que no debes dejar que te madruguen y debes lapearlos bien fuerte para que no te tumben. He aprendido a encajar golpes fuertes, y a levantarme a duras penas. Dame la mano para poder enseñar lo poco que he aprendido. Con diapositivas y dibujos, no importa, pero déjame enseñar.

Sabes bien que no soy muy fuerte. Sabes que hay muchos caminos que me asustan y que me preocupan. Escenarios que mi mente trastornada pinta, con lujo de detalles y a todo color. En el caso de que nos enfrentemos al peor de todos ellos, ayúdame a ser Superman. Inspírame para poderle transmitir un poco lo que siento al ver jugar a la crema, o al ver luchar a CM Punk. Permíteme transformarme un tiempo en CM Doce para poder mandar a dormir su enfermedad - esa maldita enfermedad- de una vez por todas.

Después de haber hecho que ella pueda pelear, danos una mano para ganar. Déjame ser por un tiempo un buen chico. Déjame decirle que recuerdo todas esas pequeñas luchas en donde ella fue mi mánager voluntaria. Déjame demostrarle que siempre me va a importar, y que me tiene de partner para enfrentarnos a una puta enfermedad, o a La Roca y a John Cena juntos. Déjame hacerle saber que en su pelea más importante, me tiene al borde del ring alentándola, y que nunca me cansaré de hacerlo.

Es un largo camino a través de la noche. Ya lo caminé solito. Ayúdame, fierita, a hacerle saber que ella nunca lo caminará sola.

Lo justo pe, varón.




m12

lunes, 8 de agosto de 2011

Pick Your Poison

Creo que he logrado con éxito desintoxicarme a lo largo de los años. Aunque ese aprendizaje me ha costado mucho tiempo y esfuerzo, hay días en que no puedo evitarlo y caigo nuevamente. No son muchos, pero son. Hoy ha sido uno de ellos...
Intoxicándome he logrado hacer pasar un buen momento a los amigos que me han venido a ver a casa. Ellos suelen pasarla bien departiendo con ese tipo en quién me convierto al transcurrir las horas. Sin darme cuenta, al comportarme de ese modo ameno y elocuente, le ocasiono incomodidad a la chica guapa que ha venido de otra ciudad a visitarme por las cortas vacaciones de mitad de año.

Con ella hemos acordado en pasar unos días viendo películas y ordenando comida, sin tener que salir de casa. Resolvimos con bastante imaginación el tema de dónde dormiría cada uno y hacemos de todo: vemos tele, conversamos, oímos música, ordenamos pizza. Le he consultado si no le incomoda que vengan a verme un par de amigos por la noche. Ella me dice que no, que todo normal. Ocho horas después, y encontrándome totalmente intoxicado, es probable que ella haya cambiado de opinión por dos sencillas razones: una, que -pese a sus esfuerzos- no ha logrado despertarme para que le revele la ubicación de la llave que da a la puerta de la calle, y dos, que no le he dado el vuelto que le debía y no sabe cómo rayos pagar un taxi para irse de ahí.

Suelo tomar la decisión de intoxicarme calculadamente cuando -por ejemplo- la vida me lleva a esos sitios en mi ciudad que se hacen llamar discotecas, en donde me siento infinitamente extraño y ajeno. Me intoxico para pretender ser un tipo que no soy. Me intoxico para parecer un tipo feliz (si es que felicidad es lo que transmiten los tipos que frecuentan esos lugares)

Me intoxico para eclipsar la vista y no ver que allá, a dos metros entre el resto de gente que invade la pista de baile, se encuentran la chica que me gusta y el chico que a ella le gusta. A pesar del humo que brota de los cigarrillos que se consumen en la barra donde estoy, y de las luces de colores brillantes que provienen del techo de la disco, puedo distinguir con claridad la manera en que ella lo mira, la media sonrisa que acompaña sus labios y que yo quisiera fuese para mi. La veo y, cosa extraña, no siento celos ni nada que se le parezca. El veneno ya ha calentado mi cerebro. Y esta vez ha sido de prisa.

A la mañana siguiente acostumbro considerar apropiado comunicarme con las personas que significan algo importante en mi historia. Por más lejos que estén. Por más que estas personas no quieran precisamente saber algo de mi. Intoxicado todavía, es que decido llamar a una persona a quién considero uno de los mejores escritores de la ciudad, y también en cierta forma -por qué no decirlo- un amigo. Quiero decirle que lea y me corrija unos textos, que me explique por qué cuatro carajos no me salen bien por más que lo intento. Fracaso en hablar, me corto, balbuceo. Le digo que mejor le mandaré un mail porque no quiero interrumpirlo. Es tarde, corta sin decirme "chau". Sé que no tendrá el tiempo -o las ganas- porque se me han adelantado: ahora él parece ser sponsor de un escritor argentino que ha venido para la feria del libro. Decido entonces no escribirle más y corregirme yo solito. Fracaso, one more time.

Pero como no se puede fracasar tanto tantas veces, logro contactar con mi ex mejor amiga. Ella se sorprende con mi llamada, parece que no tiene registrado mi número en su teléfono. No se ha quedado en casa como yo pensé: está fuera de la ciudad. Tal vez por eso es que se ha mostrado amable al oírme, y aprovecho ese instante para contarle las pequeñas tragedias que me han sucedido últimamente. Me oye con atención. En el fondo sabe que no quise pelearme con ella, que es algo que me pesa. Se lo digo. Ella me dice que el tiempo ha pasado y que todo bien, que no me preocupe y que está conmigo. Se lo agradezco y la invito a almorzar. Estoy contento. Intoxicado, pero contento.

Aprovecho el ánimo recién hallado y telefoneo a casa. No telefoneo desde que tuve un discusión con mi madre sobre dinero. No escucho su voz hace más de un mes, a pesar de los mensajes que ella me ha dejado en la contestadora. Decido hacer todo a un lado y escucho su emoción a través del teléfono. Me cuenta cómo ha estado y me pregunta muchas veces si estoy bien. ¿Para qué preocuparla? Hablo con mi hermana, conversamos sobre el programa en donde trabajo. Bromeamos. Me toca el turno de hablar con mi padre y hablamos de fútbol. Me dice que me cuide, que llame más seguido. Le prometo hacerlo y siento que estoy siendo sincero. Los extraño, y esta vez me atrevo a decirlo. Mi madre llora. Está contenta.

Caigo en cama. Más parece que caigo en coma. Nunca duermo tan profunda y pesadamente como cuando me he intoxicado. Esta vez he tenido un sueño extraño. Soñé que tenía una pesadilla y que despertaba en una cama que no era mía. Pero reconocía en algo esas paredes, se me hacían familiares. Una puerta se abría y una mujer se echaba a mi lado. La reconocí de inmediato y desperté. La cabeza me pesaba, no sabía cuántas horas había dormido (incluso dudaba de que hayan sido solo horas)

Voy a la sala y cojo el teléfono. Marco el número de la chica de mi sueño. Estoy llamando a la mujer que amé porque quiero decirle que la extraño, que me jode la distancia que existe entre ambos y que no quisiera que las cosas acabaran para siempre así: como si nunca nos hubiésemos conocido. Pero yo no tengo derecho a decirle todas estas cosas a la mujer que amé porque ella ha preferido -inteligentemente- olvidar todo lo que sucedió entre nosotros. Lo malo y lo bueno. No comparto su decisión, y la respeto a pesar de todo. Me duele, y no la culpo. Tal vez yo hubiese hecho lo mismo si no la hubiese llegado a amar de la manera tan violenta en que la amé.

Al recordar que no podré amarla nuevamente -y que lo más probable es que ella ame a otro- decido continuar intoxicándome, esta vez con violencia. Con rabia. Abro la gaveta especial que tengo en la sala del departamento y me doy el tiempo de elegir cuidadosamente mi veneno para toda la noche -o lo que quede de ella- sin preocuparme en las consecuencias. Mientras tiento a alcanzar un vaso en la oscuridad de la cocina, me doy cuenta de que sólo me quedan 2 caminos: morir un poco o quitármela de la mente y -sobretodo- del corazón.

Corren las apuestas.




m12



jueves, 24 de febrero de 2011

Por Las Huevas Es

Porque hay cosas que no puedo darme el lujo de olvidar. Antes que las enfermedades y las circunstancias me terminen de joder la mente, quiero rescatar esas historias y esos lugares. Tenerlos siempre conmigo. Leerlos cuando me de la gana.

Porque no quiero volverme loco. No hay que ser muy sabio para saber que, a medida que avanza el tiempo las cosas no mejoran, sino todo lo contrario. No se muy bien cuántos golpes más aguardan para romperme la carita otra vez, pero si he calculado cuántos más podré encajar. Y no son muchos.

Porque nunca pude tener una banda de rock. No sé que se siente emocionarse porque mil personas cantan algo que tú escribiste, pero si conozco la sensación de cuando alguien se conmueve por las palabras trasnochadas que has logrado juntar -ebrio- luego de no poder dormir en toda una noche. And that's a lot like rock 'n roll, bitches!

Porque si algo introdujo en mí aquél escritor de barbita en candado que todo el mundo odia, fue ese maldito gustito de despertarse un día, comprar el diario, y leer toditito lo que vomitaste en la computadora la noche anterior.

Porque quiero encontrar mi propia voz. Y dejar de plagiar consciente (o inconscientemente) al mismo escritor de barbita, el cuál -recuerdo en este momento- escribió un texto similar hace algún tiempo. También, ¿de qué no ha escrito ese compadre?

Porque no soy cuero, tonerito o cague de risa. No quedaban muchas opciones.

Porque no quiero irme del todo, y si algo puedo dejarte antes de salir, que sea una historia bien paja. Si es media malcriada, mejor pes ¿si o no?

Por venganza. Porque odio con rabia, le temo a la cárcel y no sale muy a cuenta matar a nadie.

Porque es la única forma que tengo de decir me importas.

Porque es lo único que al menos puedo hacer más o menos. Y si esto es lo mejor que puedo hacer, significa que estoy bien cagado.

Porque todavía no he podido olvidar(la).

Porque no me puedo sacar el bendito número de la cabeza. El mismo que, sin pensarlo, se convirtió en mi apodo más frecuente y que ahora llevo de apellido en todo lo que respecta a esta ¿carrera? ¿oficio?

Porque aún me golpea la misma sensación antes de irme a dormir, y me jodo si no empiezo, porque vuelve el imsomnio y es una perra.

Porque mi gata me mira y se echa a mi costado esperando a que termine para poder irnos a dormir juntos. Sé que si tuviera una chica al lado, jamás podría escribir ni dos párrafos.

Porque, como diría el amigo Fonsi: "yo no me doy por vencido".

Porque creo honestamente que es lo que tengo que hacer para saber qué tengo adentro. Y creo que vale la pena averiguarlo, por más horrible que esto sea.

Por ti. Aunque sea por las huevas.




m12

martes, 15 de febrero de 2011

Tú Me Quemas

Breve adelanto de lo que será -por fin- la novela "Suelta mi mano", a publicarse en algún momento del año 2012. Shhh...no se lo digas a nadie.


-¡Abre! ¡Ábreme la puerta, por la puta madre!

Pateo la puerta del baño sin pensar en que alguien podría oír y avisar en recepción. Hace un rato que ya no te escucho llorar, no me quieres abrir y me desespero más. Tengo demasiada coca en el cerebro como para pensar con claridad. Me acelero, lo sabes bien. Pateo la puerta una vez más, con toda la fuerza que logro reunir y me asusto al verte. Estás llorando, tienes los ojos muertos. Veo, sorprendido, los pedazos de vidrio roto que sujetas con la poca fuerza que te queda: hay sangre.

-Mierda, ¿qué has hecho? ¿Estás loca? ¡Mierda!

Hemos venido a pasar la noche en nuestro hotel favorito, al cuál veníamos algunas veces en ocasiones especiales. Me gustaba sentirte mía viendo el reflejo de las olas a través de la ventana de aquella habitación del tercer piso. Era caleta, paraba vacío y nadie nos molestaba. Nos peleamos un millón de veces, y otro millón nos reconciliamos entre esas 4 paredes. Pero esta vez era distinto. Tal vez porque no recordaba haber visto alguna vez aquello que vi en tus ojos esa noche. Tal vez porque esa noche sería la primera vez -de muchas tantas- que te vería sangrar.


-¿Matías?

-Dime, princesa. ¿Estás bien?

-Sí, quiero que me abraces porfa.

-Ya te paró la herida. Vamos al baño para enjuagarte.

-No, olvídate, sólo abrázame.



Cumplíamos un año y medio juntos aquél día. Quedamos en ver una película y luego salir a Barranco a tomarnos unos tragos. No queríamos hacer nada especial, pero queríamos estar juntos y pasarla tranquilos. Me sorprendiste cuando me contaste que habías arreglado unas cosas y que ibas a poder quedarte conmigo toda la noche. Sonaba perfecto. A pesar de que no querías, no te hice caso y pasé a comprar un poquito de coca para bajar el trago que me había metido. No estaba borracho, pero quería estar bien para ti toda la noche.


'Cause nothing compares...nothing compares to you


Llegamos al hotel y pedimos el 313 de siempre. Al subir las escaleras me di cuenta de que me gustaba la manera en que te habías peinado ese día. Estabas preciosa y a ti no te gustaba que te lo dijera. Igual lo hacía de todos modos. Entramos al cuarto y te dije que me iba a dar una ducha fría. Prendiste la tele y buscaste -sin éxito- algo bueno para ver. Mientras yo aspiraba todas las líneas que podía mirándome al espejo, te oía reír a carcajadas de algo en la pantalla. Cuando te pregunté qué estabas viendo me contaste -riéndote- que estabas viendo el canal porno. Aspiré un poco más, guardé el resto en el bolsillo de mi camisa y me metí a la ducha.

Salí del baño y me paré en la puerta a mirarte. La luz de la pantalla del televisor te daba un aire medio azulado que no me dejaba apartar mi vista de ti. Me resultaba increíble tenerte ahí, 18 meses y mil peleas después. Lo que vino después lo sentí en cámara lenta: Primero fui yo quién me acerqué a la cama, luego tú apagaste la tele y me clavaste la mirada, y todo iba bien hasta que sonó tu celular.


-¿Qué chucha hace ese imbécil llamándote a esta hora?

-No sé. Quería hablar supongo. ¿Te jode?

-¿Me jode? No me jode, me llega al huevo en realidad. Cabro de mierda.

-Ya vas a empezar, huevón. Quién te aguanta ahora.


Te había llamado uno de tus amigos de la universidad. Un cabrón con una banda que sonaba horrible y que tocaba canciones en un inglés horrendo. Las pocas veces que había visto al tipo, noté algo huidizo en su mirada. No me inspiraba confianza. Quería decirte que ya no importaba, que apagaras el teléfono. No pude.


-¿Qué has dicho, huevona?

-Puta, ¿qué tanto te jode? ¿Crees que te saco la vuelta con él? ¿Crees que me lo estoy tirando?


No me gustaba cuando jugabas así con mi cabeza. Habían cosas que me hacían daño siquiera imaginarlas. Podía sentir como la rabia iba subiendo por mis brazos hasta llegarme al cerebro.


-Vete a la mierda, Cielo. Tú y tu amigo Patito pueden irse juntitos a la mismísima mierda.

-Si quisiera tirármelo me lo tiraría, huevón. No te pediría permiso.


No pude aguantar más. Te arranqué el teléfono de entre las manos y lo estrellé contra la pared. Se hizo mierda. Fue ahí cuando reaccionaste, me rasgaste la camisa y la bolsita con la coca salió volando. Mal cerrada como estaba, cayó regada por todo el piso. Me puse bruto. Te cogí las muñecas lo más fuerte que pude y tú seguiste peleando. Ahora me pateabas. Intentabas morderme y yo atinaba a mirarte. Cuando peléabamos intentaba retroceder el tiempo en mi cabeza, pero siempre era demasiado tarde como para intentar hacer algo.


-Cabro de mierda, drogadicto. ¿Crees que te tengo miedo?

-Cállate carajo y escúchame.

-Te odio. ¡Suéltame!

-Escúchame un minuto. No quise...


Pero no querías escucharme. Seguías peleando. Tal vez todo lo que me había metido en esas últimas 2 horas hizo que no me diera cuenta cuando venía el golpe bajo que me diste con la rodilla. Caí al piso inmediatamente. Te cagaste de risa de mí y mareado, sin poder levantarme, te oí decir:

-Pobrecito. Mejor voy a llamar a Pato para que me venga a recoger.

Recogiste al toque tu celular, o lo que quedaba de él. Escuché la puerta del baño cerrarse tras de tí. El golpe me había dejado bastante adolorido, pero ya no podía pensar: estaba loco. En medio de la desesperación, me agaché y aspiré a duras penas la coca que se había esparcido en el piso con la única idea de sacarte del baño y romperte la nariz a puñetazos. Ya no podía pensar.


Tell me baby...where did I go wrong?


-Cielo, mi amor, por favor déjame curarte esa mano.

-Ya está hecho. Ya no se va a poder curar.

-¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué te has cortado así?

-Porque piensas que soy una puta. No soy ninguna puta, Matías. Te quiero a tí y tu me tratas como una mierda. No me duele el corte, me duele que pienses que soy una puta.

Estás llorando. Quiero decirte que la mierda soy yo, que no se que me pasó. Desde el borde de la cama puedo ver los estragos de nuestra tormenta: la tapa del celular en un rincón del piso, probablemente rota; mi camisa tirada cerca de la puerta del baño; la sangre en el borde de la puerta blanca, que hace un contraste notorio a pesar de que estamos a oscuras.

Mientras busco tu cuerpo para hacerte el amor, tomo tu mano herida y te digo al oído la frase que sin siquiera sospecharlo te tocaría escuchar tantísimas veces más:


-Te juro que es la última vez.





m12








jueves, 10 de febrero de 2011

Shattered Dreams

Desde que era un niño, soñaba con algún día ser parte de la WWE -en ese entonces WWF- y poder aventarme desde encima de la tercera cuerda. Si me sacaba la mierda, no importaba. Lo único que quería era formar parte de esas historias llenas de traiciones, fuegos artificiales y sillazos por doquier.


Años después -ya crecidito- el sueño cambió un poco: ya no me importaba ser luchador, sino ser parte de la empresa de cualquier forma. De fotógrafo, de masajista, de conserje, qué chucha. Sentía que era mi destino ser parte de esa locura que no muchos comparten, pero que a mi me lograba (logra) levantarme de la cama a las 7 de la mañana, de ser necesario. Tanta pasión no podía ser por las puras.

Hoy sé que no seré parte de la empresa. A la mierda con el vestuario que -en secreto- había planeado mandarme hacer, y con los libretos que tenía en la cabeza, con la idea de mostrárselos al viejo Vinnie Mac. Lo gracioso es que hace un par de años estos muchachones vinieron, pude ir a primera fila, y hasta logré tocar por un instante el campeonato mundial. Y pensé en robarlo tan solo un momento.

Recuerdo que soñaba como loco con tener un playstation 2. La angustia me invadía por echarme en mi cama, coca cola helada en mano, y entregarme todo el santo día a enviciarme duro y parejo. El dinero que podía juntar no se quedaba conmigo por mucho tiempo, pero alcanzaba para alquilar un par de horas el aparato y terminaba -a duras penas- los juegos que más me gustaban.

La angustia pasó, el tiempo libre se fué acortando y el alcohol empezó a ser un pasatiempo más que habitual.
novela---corren las apuestas