sábado, 31 de diciembre de 2011
Resoluciones
lunes, 19 de septiembre de 2011
Letter To God

lunes, 8 de agosto de 2011
Pick Your Poison

Con ella hemos acordado en pasar unos días viendo películas y ordenando comida, sin tener que salir de casa. Resolvimos con bastante imaginación el tema de dónde dormiría cada uno y hacemos de todo: vemos tele, conversamos, oímos música, ordenamos pizza. Le he consultado si no le incomoda que vengan a verme un par de amigos por la noche. Ella me dice que no, que todo normal. Ocho horas después, y encontrándome totalmente intoxicado, es probable que ella haya cambiado de opinión por dos sencillas razones: una, que -pese a sus esfuerzos- no ha logrado despertarme para que le revele la ubicación de la llave que da a la puerta de la calle, y dos, que no le he dado el vuelto que le debía y no sabe cómo rayos pagar un taxi para irse de ahí.
Suelo tomar la decisión de intoxicarme calculadamente cuando -por ejemplo- la vida me lleva a esos sitios en mi ciudad que se hacen llamar discotecas, en donde me siento infinitamente extraño y ajeno. Me intoxico para pretender ser un tipo que no soy. Me intoxico para parecer un tipo feliz (si es que felicidad es lo que transmiten los tipos que frecuentan esos lugares)
Me intoxico para eclipsar la vista y no ver que allá, a dos metros entre el resto de gente que invade la pista de baile, se encuentran la chica que me gusta y el chico que a ella le gusta. A pesar del humo que brota de los cigarrillos que se consumen en la barra donde estoy, y de las luces de colores brillantes que provienen del techo de la disco, puedo distinguir con claridad la manera en que ella lo mira, la media sonrisa que acompaña sus labios y que yo quisiera fuese para mi. La veo y, cosa extraña, no siento celos ni nada que se le parezca. El veneno ya ha calentado mi cerebro. Y esta vez ha sido de prisa.
A la mañana siguiente acostumbro considerar apropiado comunicarme con las personas que significan algo importante en mi historia. Por más lejos que estén. Por más que estas personas no quieran precisamente saber algo de mi. Intoxicado todavía, es que decido llamar a una persona a quién considero uno de los mejores escritores de la ciudad, y también en cierta forma -por qué no decirlo- un amigo. Quiero decirle que lea y me corrija unos textos, que me explique por qué cuatro carajos no me salen bien por más que lo intento. Fracaso en hablar, me corto, balbuceo. Le digo que mejor le mandaré un mail porque no quiero interrumpirlo. Es tarde, corta sin decirme "chau". Sé que no tendrá el tiempo -o las ganas- porque se me han adelantado: ahora él parece ser sponsor de un escritor argentino que ha venido para la feria del libro. Decido entonces no escribirle más y corregirme yo solito. Fracaso, one more time.
Pero como no se puede fracasar tanto tantas veces, logro contactar con mi ex mejor amiga. Ella se sorprende con mi llamada, parece que no tiene registrado mi número en su teléfono. No se ha quedado en casa como yo pensé: está fuera de la ciudad. Tal vez por eso es que se ha mostrado amable al oírme, y aprovecho ese instante para contarle las pequeñas tragedias que me han sucedido últimamente. Me oye con atención. En el fondo sabe que no quise pelearme con ella, que es algo que me pesa. Se lo digo. Ella me dice que el tiempo ha pasado y que todo bien, que no me preocupe y que está conmigo. Se lo agradezco y la invito a almorzar. Estoy contento. Intoxicado, pero contento.
Aprovecho el ánimo recién hallado y telefoneo a casa. No telefoneo desde que tuve un discusión con mi madre sobre dinero. No escucho su voz hace más de un mes, a pesar de los mensajes que ella me ha dejado en la contestadora. Decido hacer todo a un lado y escucho su emoción a través del teléfono. Me cuenta cómo ha estado y me pregunta muchas veces si estoy bien. ¿Para qué preocuparla? Hablo con mi hermana, conversamos sobre el programa en donde trabajo. Bromeamos. Me toca el turno de hablar con mi padre y hablamos de fútbol. Me dice que me cuide, que llame más seguido. Le prometo hacerlo y siento que estoy siendo sincero. Los extraño, y esta vez me atrevo a decirlo. Mi madre llora. Está contenta.
Caigo en cama. Más parece que caigo en coma. Nunca duermo tan profunda y pesadamente como cuando me he intoxicado. Esta vez he tenido un sueño extraño. Soñé que tenía una pesadilla y que despertaba en una cama que no era mía. Pero reconocía en algo esas paredes, se me hacían familiares. Una puerta se abría y una mujer se echaba a mi lado. La reconocí de inmediato y desperté. La cabeza me pesaba, no sabía cuántas horas había dormido (incluso dudaba de que hayan sido solo horas)
Voy a la sala y cojo el teléfono. Marco el número de la chica de mi sueño. Estoy llamando a la mujer que amé porque quiero decirle que la extraño, que me jode la distancia que existe entre ambos y que no quisiera que las cosas acabaran para siempre así: como si nunca nos hubiésemos conocido. Pero yo no tengo derecho a decirle todas estas cosas a la mujer que amé porque ella ha preferido -inteligentemente- olvidar todo lo que sucedió entre nosotros. Lo malo y lo bueno. No comparto su decisión, y la respeto a pesar de todo. Me duele, y no la culpo. Tal vez yo hubiese hecho lo mismo si no la hubiese llegado a amar de la manera tan violenta en que la amé.
Al recordar que no podré amarla nuevamente -y que lo más probable es que ella ame a otro- decido continuar intoxicándome, esta vez con violencia. Con rabia. Abro la gaveta especial que tengo en la sala del departamento y me doy el tiempo de elegir cuidadosamente mi veneno para toda la noche -o lo que quede de ella- sin preocuparme en las consecuencias. Mientras tiento a alcanzar un vaso en la oscuridad de la cocina, me doy cuenta de que sólo me quedan 2 caminos: morir un poco o quitármela de la mente y -sobretodo- del corazón.
Corren las apuestas.
m12
jueves, 24 de febrero de 2011
Por Las Huevas Es
martes, 15 de febrero de 2011
Tú Me Quemas
Pateo la puerta del baño sin pensar en que alguien podría oír y avisar en recepción. Hace un rato que ya no te escucho llorar, no me quieres abrir y me desespero más. Tengo demasiada coca en el cerebro como para pensar con claridad. Me acelero, lo sabes bien. Pateo la puerta una vez más, con toda la fuerza que logro reunir y me asusto al verte. Estás llorando, tienes los ojos muertos. Veo, sorprendido, los pedazos de vidrio roto que sujetas con la poca fuerza que te queda: hay sangre.
-Mierda, ¿qué has hecho? ¿Estás loca? ¡Mierda!
Hemos venido a pasar la noche en nuestro hotel favorito, al cuál veníamos algunas veces en ocasiones especiales. Me gustaba sentirte mía viendo el reflejo de las olas a través de la ventana de aquella habitación del tercer piso. Era caleta, paraba vacío y nadie nos molestaba. Nos peleamos un millón de veces, y otro millón nos reconciliamos entre esas 4 paredes. Pero esta vez era distinto. Tal vez porque no recordaba haber visto alguna vez aquello que vi en tus ojos esa noche. Tal vez porque esa noche sería la primera vez -de muchas tantas- que te vería sangrar.
-¿Matías?
-Dime, princesa. ¿Estás bien?
-Sí, quiero que me abraces porfa.
-Ya te paró la herida. Vamos al baño para enjuagarte.
-No, olvídate, sólo abrázame.
Cumplíamos un año y medio juntos aquél día. Quedamos en ver una película y luego salir a Barranco a tomarnos unos tragos. No queríamos hacer nada especial, pero queríamos estar juntos y pasarla tranquilos. Me sorprendiste cuando me contaste que habías arreglado unas cosas y que ibas a poder quedarte conmigo toda la noche. Sonaba perfecto. A pesar de que no querías, no te hice caso y pasé a comprar un poquito de coca para bajar el trago que me había metido. No estaba borracho, pero quería estar bien para ti toda la noche.
'Cause nothing compares...nothing compares to you
Llegamos al hotel y pedimos el 313 de siempre. Al subir las escaleras me di cuenta de que me gustaba la manera en que te habías peinado ese día. Estabas preciosa y a ti no te gustaba que te lo dijera. Igual lo hacía de todos modos. Entramos al cuarto y te dije que me iba a dar una ducha fría. Prendiste la tele y buscaste -sin éxito- algo bueno para ver. Mientras yo aspiraba todas las líneas que podía mirándome al espejo, te oía reír a carcajadas de algo en la pantalla. Cuando te pregunté qué estabas viendo me contaste -riéndote- que estabas viendo el canal porno. Aspiré un poco más, guardé el resto en el bolsillo de mi camisa y me metí a la ducha.
Salí del baño y me paré en la puerta a mirarte. La luz de la pantalla del televisor te daba un aire medio azulado que no me dejaba apartar mi vista de ti. Me resultaba increíble tenerte ahí, 18 meses y mil peleas después. Lo que vino después lo sentí en cámara lenta: Primero fui yo quién me acerqué a la cama, luego tú apagaste la tele y me clavaste la mirada, y todo iba bien hasta que sonó tu celular.
-¿Qué chucha hace ese imbécil llamándote a esta hora?
-No sé. Quería hablar supongo. ¿Te jode?
-¿Me jode? No me jode, me llega al huevo en realidad. Cabro de mierda.
-Ya vas a empezar, huevón. Quién te aguanta ahora.
Te había llamado uno de tus amigos de la universidad. Un cabrón con una banda que sonaba horrible y que tocaba canciones en un inglés horrendo. Las pocas veces que había visto al tipo, noté algo huidizo en su mirada. No me inspiraba confianza. Quería decirte que ya no importaba, que apagaras el teléfono. No pude.
-¿Qué has dicho, huevona?
-Puta, ¿qué tanto te jode? ¿Crees que te saco la vuelta con él? ¿Crees que me lo estoy tirando?
No me gustaba cuando jugabas así con mi cabeza. Habían cosas que me hacían daño siquiera imaginarlas. Podía sentir como la rabia iba subiendo por mis brazos hasta llegarme al cerebro.
-Vete a la mierda, Cielo. Tú y tu amigo Patito pueden irse juntitos a la mismísima mierda.
-Si quisiera tirármelo me lo tiraría, huevón. No te pediría permiso.
No pude aguantar más. Te arranqué el teléfono de entre las manos y lo estrellé contra la pared. Se hizo mierda. Fue ahí cuando reaccionaste, me rasgaste la camisa y la bolsita con la coca salió volando. Mal cerrada como estaba, cayó regada por todo el piso. Me puse bruto. Te cogí las muñecas lo más fuerte que pude y tú seguiste peleando. Ahora me pateabas. Intentabas morderme y yo atinaba a mirarte. Cuando peléabamos intentaba retroceder el tiempo en mi cabeza, pero siempre era demasiado tarde como para intentar hacer algo.
-Cabro de mierda, drogadicto. ¿Crees que te tengo miedo?
-Cállate carajo y escúchame.
-Te odio. ¡Suéltame!
-Escúchame un minuto. No quise...
Pero no querías escucharme. Seguías peleando. Tal vez todo lo que me había metido en esas últimas 2 horas hizo que no me diera cuenta cuando venía el golpe bajo que me diste con la rodilla. Caí al piso inmediatamente. Te cagaste de risa de mí y mareado, sin poder levantarme, te oí decir:
-Pobrecito. Mejor voy a llamar a Pato para que me venga a recoger.
Recogiste al toque tu celular, o lo que quedaba de él. Escuché la puerta del baño cerrarse tras de tí. El golpe me había dejado bastante adolorido, pero ya no podía pensar: estaba loco. En medio de la desesperación, me agaché y aspiré a duras penas la coca que se había esparcido en el piso con la única idea de sacarte del baño y romperte la nariz a puñetazos. Ya no podía pensar.
Tell me baby...where did I go wrong?
-Cielo, mi amor, por favor déjame curarte esa mano.
-Ya está hecho. Ya no se va a poder curar.
-¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué te has cortado así?
-Porque piensas que soy una puta. No soy ninguna puta, Matías. Te quiero a tí y tu me tratas como una mierda. No me duele el corte, me duele que pienses que soy una puta.
Estás llorando. Quiero decirte que la mierda soy yo, que no se que me pasó. Desde el borde de la cama puedo ver los estragos de nuestra tormenta: la tapa del celular en un rincón del piso, probablemente rota; mi camisa tirada cerca de la puerta del baño; la sangre en el borde de la puerta blanca, que hace un contraste notorio a pesar de que estamos a oscuras.
Mientras busco tu cuerpo para hacerte el amor, tomo tu mano herida y te digo al oído la frase que sin siquiera sospecharlo te tocaría escuchar tantísimas veces más:
-Te juro que es la última vez.
m12
jueves, 10 de febrero de 2011
Shattered Dreams
Años después -ya crecidito- el sueño cambió un poco: ya no me importaba ser luchador, sino ser parte de la empresa de cualquier forma. De fotógrafo, de masajista, de conserje, qué chucha. Sentía que era mi destino ser parte de esa locura que no muchos comparten, pero que a mi me lograba (logra) levantarme de la cama a las 7 de la mañana, de ser necesario. Tanta pasión no podía ser por las puras.