jueves, 24 de febrero de 2011
Por Las Huevas Es
martes, 15 de febrero de 2011
Tú Me Quemas
Pateo la puerta del baño sin pensar en que alguien podría oír y avisar en recepción. Hace un rato que ya no te escucho llorar, no me quieres abrir y me desespero más. Tengo demasiada coca en el cerebro como para pensar con claridad. Me acelero, lo sabes bien. Pateo la puerta una vez más, con toda la fuerza que logro reunir y me asusto al verte. Estás llorando, tienes los ojos muertos. Veo, sorprendido, los pedazos de vidrio roto que sujetas con la poca fuerza que te queda: hay sangre.
-Mierda, ¿qué has hecho? ¿Estás loca? ¡Mierda!
Hemos venido a pasar la noche en nuestro hotel favorito, al cuál veníamos algunas veces en ocasiones especiales. Me gustaba sentirte mía viendo el reflejo de las olas a través de la ventana de aquella habitación del tercer piso. Era caleta, paraba vacío y nadie nos molestaba. Nos peleamos un millón de veces, y otro millón nos reconciliamos entre esas 4 paredes. Pero esta vez era distinto. Tal vez porque no recordaba haber visto alguna vez aquello que vi en tus ojos esa noche. Tal vez porque esa noche sería la primera vez -de muchas tantas- que te vería sangrar.
-¿Matías?
-Dime, princesa. ¿Estás bien?
-Sí, quiero que me abraces porfa.
-Ya te paró la herida. Vamos al baño para enjuagarte.
-No, olvídate, sólo abrázame.
Cumplíamos un año y medio juntos aquél día. Quedamos en ver una película y luego salir a Barranco a tomarnos unos tragos. No queríamos hacer nada especial, pero queríamos estar juntos y pasarla tranquilos. Me sorprendiste cuando me contaste que habías arreglado unas cosas y que ibas a poder quedarte conmigo toda la noche. Sonaba perfecto. A pesar de que no querías, no te hice caso y pasé a comprar un poquito de coca para bajar el trago que me había metido. No estaba borracho, pero quería estar bien para ti toda la noche.
'Cause nothing compares...nothing compares to you
Llegamos al hotel y pedimos el 313 de siempre. Al subir las escaleras me di cuenta de que me gustaba la manera en que te habías peinado ese día. Estabas preciosa y a ti no te gustaba que te lo dijera. Igual lo hacía de todos modos. Entramos al cuarto y te dije que me iba a dar una ducha fría. Prendiste la tele y buscaste -sin éxito- algo bueno para ver. Mientras yo aspiraba todas las líneas que podía mirándome al espejo, te oía reír a carcajadas de algo en la pantalla. Cuando te pregunté qué estabas viendo me contaste -riéndote- que estabas viendo el canal porno. Aspiré un poco más, guardé el resto en el bolsillo de mi camisa y me metí a la ducha.
Salí del baño y me paré en la puerta a mirarte. La luz de la pantalla del televisor te daba un aire medio azulado que no me dejaba apartar mi vista de ti. Me resultaba increíble tenerte ahí, 18 meses y mil peleas después. Lo que vino después lo sentí en cámara lenta: Primero fui yo quién me acerqué a la cama, luego tú apagaste la tele y me clavaste la mirada, y todo iba bien hasta que sonó tu celular.
-¿Qué chucha hace ese imbécil llamándote a esta hora?
-No sé. Quería hablar supongo. ¿Te jode?
-¿Me jode? No me jode, me llega al huevo en realidad. Cabro de mierda.
-Ya vas a empezar, huevón. Quién te aguanta ahora.
Te había llamado uno de tus amigos de la universidad. Un cabrón con una banda que sonaba horrible y que tocaba canciones en un inglés horrendo. Las pocas veces que había visto al tipo, noté algo huidizo en su mirada. No me inspiraba confianza. Quería decirte que ya no importaba, que apagaras el teléfono. No pude.
-¿Qué has dicho, huevona?
-Puta, ¿qué tanto te jode? ¿Crees que te saco la vuelta con él? ¿Crees que me lo estoy tirando?
No me gustaba cuando jugabas así con mi cabeza. Habían cosas que me hacían daño siquiera imaginarlas. Podía sentir como la rabia iba subiendo por mis brazos hasta llegarme al cerebro.
-Vete a la mierda, Cielo. Tú y tu amigo Patito pueden irse juntitos a la mismísima mierda.
-Si quisiera tirármelo me lo tiraría, huevón. No te pediría permiso.
No pude aguantar más. Te arranqué el teléfono de entre las manos y lo estrellé contra la pared. Se hizo mierda. Fue ahí cuando reaccionaste, me rasgaste la camisa y la bolsita con la coca salió volando. Mal cerrada como estaba, cayó regada por todo el piso. Me puse bruto. Te cogí las muñecas lo más fuerte que pude y tú seguiste peleando. Ahora me pateabas. Intentabas morderme y yo atinaba a mirarte. Cuando peléabamos intentaba retroceder el tiempo en mi cabeza, pero siempre era demasiado tarde como para intentar hacer algo.
-Cabro de mierda, drogadicto. ¿Crees que te tengo miedo?
-Cállate carajo y escúchame.
-Te odio. ¡Suéltame!
-Escúchame un minuto. No quise...
Pero no querías escucharme. Seguías peleando. Tal vez todo lo que me había metido en esas últimas 2 horas hizo que no me diera cuenta cuando venía el golpe bajo que me diste con la rodilla. Caí al piso inmediatamente. Te cagaste de risa de mí y mareado, sin poder levantarme, te oí decir:
-Pobrecito. Mejor voy a llamar a Pato para que me venga a recoger.
Recogiste al toque tu celular, o lo que quedaba de él. Escuché la puerta del baño cerrarse tras de tí. El golpe me había dejado bastante adolorido, pero ya no podía pensar: estaba loco. En medio de la desesperación, me agaché y aspiré a duras penas la coca que se había esparcido en el piso con la única idea de sacarte del baño y romperte la nariz a puñetazos. Ya no podía pensar.
Tell me baby...where did I go wrong?
-Cielo, mi amor, por favor déjame curarte esa mano.
-Ya está hecho. Ya no se va a poder curar.
-¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué te has cortado así?
-Porque piensas que soy una puta. No soy ninguna puta, Matías. Te quiero a tí y tu me tratas como una mierda. No me duele el corte, me duele que pienses que soy una puta.
Estás llorando. Quiero decirte que la mierda soy yo, que no se que me pasó. Desde el borde de la cama puedo ver los estragos de nuestra tormenta: la tapa del celular en un rincón del piso, probablemente rota; mi camisa tirada cerca de la puerta del baño; la sangre en el borde de la puerta blanca, que hace un contraste notorio a pesar de que estamos a oscuras.
Mientras busco tu cuerpo para hacerte el amor, tomo tu mano herida y te digo al oído la frase que sin siquiera sospecharlo te tocaría escuchar tantísimas veces más:
-Te juro que es la última vez.
m12
jueves, 10 de febrero de 2011
Shattered Dreams
Años después -ya crecidito- el sueño cambió un poco: ya no me importaba ser luchador, sino ser parte de la empresa de cualquier forma. De fotógrafo, de masajista, de conserje, qué chucha. Sentía que era mi destino ser parte de esa locura que no muchos comparten, pero que a mi me lograba (logra) levantarme de la cama a las 7 de la mañana, de ser necesario. Tanta pasión no podía ser por las puras.