lunes, 8 de agosto de 2011

Pick Your Poison

Creo que he logrado con éxito desintoxicarme a lo largo de los años. Aunque ese aprendizaje me ha costado mucho tiempo y esfuerzo, hay días en que no puedo evitarlo y caigo nuevamente. No son muchos, pero son. Hoy ha sido uno de ellos...
Intoxicándome he logrado hacer pasar un buen momento a los amigos que me han venido a ver a casa. Ellos suelen pasarla bien departiendo con ese tipo en quién me convierto al transcurrir las horas. Sin darme cuenta, al comportarme de ese modo ameno y elocuente, le ocasiono incomodidad a la chica guapa que ha venido de otra ciudad a visitarme por las cortas vacaciones de mitad de año.

Con ella hemos acordado en pasar unos días viendo películas y ordenando comida, sin tener que salir de casa. Resolvimos con bastante imaginación el tema de dónde dormiría cada uno y hacemos de todo: vemos tele, conversamos, oímos música, ordenamos pizza. Le he consultado si no le incomoda que vengan a verme un par de amigos por la noche. Ella me dice que no, que todo normal. Ocho horas después, y encontrándome totalmente intoxicado, es probable que ella haya cambiado de opinión por dos sencillas razones: una, que -pese a sus esfuerzos- no ha logrado despertarme para que le revele la ubicación de la llave que da a la puerta de la calle, y dos, que no le he dado el vuelto que le debía y no sabe cómo rayos pagar un taxi para irse de ahí.

Suelo tomar la decisión de intoxicarme calculadamente cuando -por ejemplo- la vida me lleva a esos sitios en mi ciudad que se hacen llamar discotecas, en donde me siento infinitamente extraño y ajeno. Me intoxico para pretender ser un tipo que no soy. Me intoxico para parecer un tipo feliz (si es que felicidad es lo que transmiten los tipos que frecuentan esos lugares)

Me intoxico para eclipsar la vista y no ver que allá, a dos metros entre el resto de gente que invade la pista de baile, se encuentran la chica que me gusta y el chico que a ella le gusta. A pesar del humo que brota de los cigarrillos que se consumen en la barra donde estoy, y de las luces de colores brillantes que provienen del techo de la disco, puedo distinguir con claridad la manera en que ella lo mira, la media sonrisa que acompaña sus labios y que yo quisiera fuese para mi. La veo y, cosa extraña, no siento celos ni nada que se le parezca. El veneno ya ha calentado mi cerebro. Y esta vez ha sido de prisa.

A la mañana siguiente acostumbro considerar apropiado comunicarme con las personas que significan algo importante en mi historia. Por más lejos que estén. Por más que estas personas no quieran precisamente saber algo de mi. Intoxicado todavía, es que decido llamar a una persona a quién considero uno de los mejores escritores de la ciudad, y también en cierta forma -por qué no decirlo- un amigo. Quiero decirle que lea y me corrija unos textos, que me explique por qué cuatro carajos no me salen bien por más que lo intento. Fracaso en hablar, me corto, balbuceo. Le digo que mejor le mandaré un mail porque no quiero interrumpirlo. Es tarde, corta sin decirme "chau". Sé que no tendrá el tiempo -o las ganas- porque se me han adelantado: ahora él parece ser sponsor de un escritor argentino que ha venido para la feria del libro. Decido entonces no escribirle más y corregirme yo solito. Fracaso, one more time.

Pero como no se puede fracasar tanto tantas veces, logro contactar con mi ex mejor amiga. Ella se sorprende con mi llamada, parece que no tiene registrado mi número en su teléfono. No se ha quedado en casa como yo pensé: está fuera de la ciudad. Tal vez por eso es que se ha mostrado amable al oírme, y aprovecho ese instante para contarle las pequeñas tragedias que me han sucedido últimamente. Me oye con atención. En el fondo sabe que no quise pelearme con ella, que es algo que me pesa. Se lo digo. Ella me dice que el tiempo ha pasado y que todo bien, que no me preocupe y que está conmigo. Se lo agradezco y la invito a almorzar. Estoy contento. Intoxicado, pero contento.

Aprovecho el ánimo recién hallado y telefoneo a casa. No telefoneo desde que tuve un discusión con mi madre sobre dinero. No escucho su voz hace más de un mes, a pesar de los mensajes que ella me ha dejado en la contestadora. Decido hacer todo a un lado y escucho su emoción a través del teléfono. Me cuenta cómo ha estado y me pregunta muchas veces si estoy bien. ¿Para qué preocuparla? Hablo con mi hermana, conversamos sobre el programa en donde trabajo. Bromeamos. Me toca el turno de hablar con mi padre y hablamos de fútbol. Me dice que me cuide, que llame más seguido. Le prometo hacerlo y siento que estoy siendo sincero. Los extraño, y esta vez me atrevo a decirlo. Mi madre llora. Está contenta.

Caigo en cama. Más parece que caigo en coma. Nunca duermo tan profunda y pesadamente como cuando me he intoxicado. Esta vez he tenido un sueño extraño. Soñé que tenía una pesadilla y que despertaba en una cama que no era mía. Pero reconocía en algo esas paredes, se me hacían familiares. Una puerta se abría y una mujer se echaba a mi lado. La reconocí de inmediato y desperté. La cabeza me pesaba, no sabía cuántas horas había dormido (incluso dudaba de que hayan sido solo horas)

Voy a la sala y cojo el teléfono. Marco el número de la chica de mi sueño. Estoy llamando a la mujer que amé porque quiero decirle que la extraño, que me jode la distancia que existe entre ambos y que no quisiera que las cosas acabaran para siempre así: como si nunca nos hubiésemos conocido. Pero yo no tengo derecho a decirle todas estas cosas a la mujer que amé porque ella ha preferido -inteligentemente- olvidar todo lo que sucedió entre nosotros. Lo malo y lo bueno. No comparto su decisión, y la respeto a pesar de todo. Me duele, y no la culpo. Tal vez yo hubiese hecho lo mismo si no la hubiese llegado a amar de la manera tan violenta en que la amé.

Al recordar que no podré amarla nuevamente -y que lo más probable es que ella ame a otro- decido continuar intoxicándome, esta vez con violencia. Con rabia. Abro la gaveta especial que tengo en la sala del departamento y me doy el tiempo de elegir cuidadosamente mi veneno para toda la noche -o lo que quede de ella- sin preocuparme en las consecuencias. Mientras tiento a alcanzar un vaso en la oscuridad de la cocina, me doy cuenta de que sólo me quedan 2 caminos: morir un poco o quitármela de la mente y -sobretodo- del corazón.

Corren las apuestas.




m12