sábado, 31 de diciembre de 2011

Resoluciones

Veintitrés es el número de días que me he pasado sin poder escribir frase alguna. El ritmo del trabajo (y de la vida) me hicieron complicada la tarea de intentar contar algo nuevo, viejo, o reciclado. Da lo mismo a estas alturas. Trato de no oír los cohetecillos explotando en la puerta. Trato de callarme y sacar lo que ha sido este año (de mierda) en resumidas cuentas. La tarea va a ser una perra, pero no puedo decir que no esté acostumbrado.


Once y 13 minutos es la hora, es la hora. Afuera -me queda clarísimo- ya es la hora de jugar. Brincan, brincan los niños. Saltan, saltan los muy cabrones. La decisión que tomé de no tomar -a menos que no hubiese otra salida- me ha alejado de los planes de campamentos, fiestas y reuniones de fin de año. Esta decisión me ha dado gratas mañanas de domingo que no cambiaría por nada del mundo, pero sé perfectamente que por más que lo evite -con éxito hasta el momento- aún hay dos botellas de vino en la refrigeradora aguardando una recaída.


Dos son los planes maestros que tengo para el inicio del año: ir a la playa y escribir. Desconozco hasta qué punto pueda llevar a cabo estos planes, pero planeo ponerle todo el tiempo que tenga disponible para que suceda. Ahora, todo se va a la mierda si es que mi gran amiga del trabajo cumple su promesa de conseguir un playstation 3. Ahí ya sería cuestión de sacrificar el escribir historias bobas, o el placer de la playa -muchachas en bikini all included-. Conociéndome, intentaría hacerlo todo a la vez. Intentaría pensar cómo escribir reseñas de juegos de playstation mientras estoy en la playa. Intentaría pensar mientras veo pasar a las muchachas en bikini.


Dos también es el número de veces en las que lloré el día de hoy. Todo mientras iba en un auto por la carretera central. La primera: oyendo al grandioso Andrés Lewin. Sin darme cuenta del por qué, me encontré lagrimeando quizá conmovido por la lírica tan cruda de la canción que sonaba en la radio. La segunda si supe perfectamente por qué ocurrió todo: fue oyendo a Pedrito Suárez. Entre las cosas que me ha enseñado el buen Pedrito con sus canciones, hay algo que siempre tengo en cuenta: una oportunidad perdida en el amor es algo que ya no vuelve más.


Tres son las chicas que durante el año me hicieron latir fuerte el pecho. Creo haber sido un buen amigo de todas ellas en los momentos en que más me necesitaron. Ninguna de ella se acordó de mí en Navidad. Ninguna de ellas -presumo- se acordará de mí en Año Nuevo. Todas ellas -tengo la certeza- estarán celebrando en una fiesta, con papelitos amarillos y bebidas espirituosas. Yo me acordaré de las tres, y haré un esfuerzo gigante por borrar todo vestigio de esperanza de volver a ver a alguna de ellas. Fracasaré en mi intento, y recobraré la esperanza velozmente.


Setecientos soles es el dinero que debo presupuestar para afrontar las deudas que llegaran -desafiantes- a ponerle freno a la paz de estos días de verano. Habiendo optado por tomar la decisión de cocinar para subsistir, la tarea pasaría por no tener arrebatos de compradora compulsiva. Librería Crisol, sin embargo, no tiene el menor reparo en esto, y ha puesto a la venta numerosas colecciones y compendios de comics que deseo poseer, a riesgo de comer arroz y huevo frito durante 3 meses todos los días. Ignoro la pena por intentar hurtar algo en una librería. Resolución de año nuevo: consultarlo con un abogado.


Uno, tan sólo un problema debo resolver con prontitud: mi titulación. Mis padres han renovado las ganas de que saque un título universitario, con la esperanza de que esto me permita obtener mayores beneficios en el trabajo que desempeño. No tengo el corazón para revelarles que: 1) El título es una buena mierda y no vale de nada en dónde chambeo y 2) No planeo seguir chambeando en cosas de la carrera que escogí. La carrera que escogí a los 17 años. La carrera que escogí antes de darme cuenta que el mundo es un pobre poema que sólo recita el alma.


Cincuenta por ciento de mi insultante sueldo es el aumento que planeo pedir este año en la empresa en la que trabajo. Estoy positivo al noventa por ciento de que, en cambio, me darán una patada en el culo. Larga. Fuerte y firme. He decidido que -llegado el momento- encajaré el golpe y optaré por prostituirme un tiempo. Si me va bien, intentaré hacer el salto al cine para adultos. Lo peor de todo esto es que a esa conclusión he llegado luego de desechar un promedio de 56 otros planes de vida.


Cuatro son las veces en las que estuve a punto de abandonar mi trabajo este año. Luego de algunas discusiones fantásticas, oí a mi jefa decirme "a veces te tengo miedo". Supe entonces que el hecho de que tu jefe te tema -por más gracioso que sea- no puede ser algo bueno para el clima laboral. Las circunstancias me llevaron a discutir con todo el mundo, incluso con la única persona con quién me entendía a la perfección. "Contra todos" se volvió cosa de todos los días.


Tres meses estuve completa y perfectamente ido: mi gata ya no vive conmigo. no pude sobrellevar la perdida. Luego de mucho dolor, logré un poco de claridad para diseñar la marca que llevo en mi piel, en honor de esa pequeña dama. Es una marca que llama la atención de gente que difícilmente comprende cuando les digo que la llevo por una gata. Si tuviera la oportunidad de explicarme del todo, les diría que la marca que dejó en mí, es inmensamente más grande y profunda que la que ahora llevo en mi brazo derecho.


Diez son los capítulos que debo terminar, sí o sí, del proyecto de novela en la que he puesto mi corazón embustero. Luego acortarla. Luego volver a revisar el borrador. Luego rogarle mil veces a algún amigo escritor a que me dé una mano para publicarla. Para que me hagan el prólogo. Para que me recomienden con sus amiguis. De fracasar todo esto, iré con el borrador a la puerta de la editorial que sacará las memorias de Susy Díaz. Propondré vender el libro en un pack dos por uno.


Doce es el número de este año. Doce es el número que tiene una estrecha relación con casi todo en mi vida. Pienso que este año debería ser mi año (si no, qué tal concha, yo lo pedí primero) y pienso que tendré la fuerza para hacer algo, así sea pequeño, que me permita darme cuenta de si todo va a ser una mierda para siempre, o si hay una luz a la salida de esto.


Y entonces, como por arte de magia, Rafo Ráez llena la habitación entonando "te espero a la salida de esto...para hacerte llorar" y me doy cuenta que es demasiada coincidencia, y que me cagué.


Voy a follarme al 2012.





m12