En días como este, a Jack no le provoca volver a dar vueltas por el largo jardín del patio superior. A pesar de que le gusta en particular el olor a hierba húmeda –y de que anoche llovió muy fuerte- prefiere limitarse a ver el mundo por la ventana. Su pequeño y controlado mundo, como suele llamarle. Hay días en que juraría que el tiempo se congela en el universo que existe detrás de esa ventana. Detrás de ese vidrio que lo aisla (más) de todo y de todos. Cuando uno se la pasa viviendo dentro de su cabeza, todo lo demás parece congelarse.
Hay algo en el ambiente que lo pone tenso, nervioso. Ve a los demás chicos reunirse al medio del patio y lo recuerda: consejería de los miércoles. La escena es casi instantánea: en el preciso momento en que Jack decide voltear para buscar un sitio donde ocultarse, la mano de Bill alcanza su hombro. Bill lo trata como a un viejo amigo, más que como a un paciente, y Jack sabe que los dos golpecitos que le da en el hombro significan “te comprendo, viejo, pero no hagas esto más difícil”. Parece que hoy no habrá escape de la consejería de los miércoles –piensa Jack-, y toma la firme decisión de no arruinarlo todo esta vez.
La noche en la que Jack llegó a este centro, Bill estaba de guardia. Cuarenta y tres años, dos hijos, católico. Con un aire a detective de películas de acción de los setenta. Hacía dos semanas desde que su mujer lo había abandonado. Tuvo que probarse a sí mismo esa noche, cuando –en uno de sus ataques de ira- Jack rompió la nariz del otro enfermero a cargo del turno. Tuvo que probarse a sí mismo, y contenerse a pesar de los mordiscos y patadas de Jack, para poder sujetarlo hasta que –finalmente- lo pudieron sedar. Al soltarle la boca, Jack sólo pudo murmurar un agudo “maldito seas”, mientras le clavaba su mirada llena de rabia. Bill sólo murmuró “pequeño hijo de puta”, pero Jack ya se encontraba en un mundo más feliz. Amor a primera vista, dicen.
Fue la primera de muchas noches. Habitaciones distintas. Desesperación y falta de respeto total hacia cada una de las personas del centro. Psicotrópicos y calmantes. Doctores desconcertados y enfermeros hartos, a punto de tirar la toalla. Terapia y más inyecciones. Aislamiento, observación constante, y reubicación en el ala de enfermos “de cuidado”. Todo hasta que un buen día, Jack decidió calmarse. O lo calmaron. No se sabe bien. Cuando su ira ciega cesó, pudo recién ser admitido de vuelta en el ala de enfermos juveniles. Poco a poco, con la ayuda de terapias y medicamentos –que empezó a tomar por convicción, y ya no a la fuerza- dio pasos hacia una lenta recuperación. Valgan verdades, la recuperación comenzó el día en que pilló –camino a la sala de rehabilitación física- una película de Spiderman en la tele. Jack tuvo una pequeña victoria ese día: dejaron que se quede a terminar de verla. Lo vieron sonreír por primera y única vez.
Influyeron mucho las visitas de uno de sus amigos de la infancia: Marlo. Cabello largo, veintiseis años, músico aficionado. Era a la única persona que Jack quería realmente ver, con quién realmente podía expresar más de dos o tres frases sin caer en incoherencias. El interés de Jack residía no en rememorar viejas aventuras colegiales, o juergas con chicas, sino en las revistas que Marlo podía hacerle llegar –de contrabando, burlando los no-numerosos controles del centro- y que le hacían la vida menos dolorosa y más bonita. Jack esperaba con ansias poder hojear esas revistas, tenerlas en sus manos para poder leerlas y releerlas, fantasear con ser como esos personajes.
Wolverine, Batman. Su mejoría más palpable empezó con los cómics. Se volvió adicto a ellos. Se volvió adicto porque –ciñéndonos a sus palabras- la vida “es realmente justa” en medio de aquellas coloridas páginas. Nadie supo exactamente a qué carajos Jack se refería con esto, pero siempre que le preguntaban sobre su afición, aquella era su única e invariable respuesta. Si en un primer momento accedió a tomar los medicamentos para que se le permitiese recibir la visita de Marlo, Jack colaboró con todo lo que le indicaban poco tiempo después: actividades y terapias grupales, consejerías, visitas y demás. Se hubiese dejado maquillar incluso, y se hubiese atrevido a bailar frente a todos incluso, con tal de que se mantuviera su trato con los doctores: Hago lo que ustedes me pidan, y yo conservo mis cómics.
Pero no me malinterpreten. Jack estaba lejos de estar bien, o de dejar de ser reconocido como un loco más del montón, como a él le gustaba llamarse a sí mismo. Si bien participaba de todas las actividades que requerían interactuar con otros pacientes, y se tomaba religiosamente todas las medicinas, hacía sólo lo justo. Podía ayudar y ser amable con el resto de personas dentro de la hora de recreación en el patio, pero en los dormitorios la historia cambiaba. No hablaba con nadie. No le interesaba nadie. No quería que nadie se interesara en él.
“Consejería de los miércoles, maldita sea mi suerte”. Jack mastica en silencio su bronca, y decide que lo mejor sería matar un poco el tiempo. En medio de las palabras enredadas y confusas, y de las miradas absortas del resto de gente, Jack usa su pluma y su libreta para dibujar al director. Para caricaturizarlo, mejor dicho, ya que si bien es cierto el caballero es notoriamente calvo, su frente no brilla como un globo en pleno verano, tal como Jack acaba de inmortalizarlo.
Empieza a dibujarle los bigotes cuando el director la presenta. Ha pensado en rematar con una margarita detrás de la oreja justo cuando acaban de mencionar su nombre. Ya estaba añadiéndole los últimos detalles -como el clásico globo de diálogo con el “blablabla”- justo cuando ella camina frente a él, que sólo reacciona cuando escucha las palabras de bienvenida de las enfermeras. Es automático, y dura un segundo: Jack ve a esta criatura angelical caminando frente a él, y todo lo demás no importa. Ella voltea en ese preciso instante, y sonríe. Lo mira a los ojos. Ese bendito segundo, cuando vió directo a sus ojos, Jack lo supo. Lo supo inmediatamente.
Y ese fue el día en que Jack conoció a la mujer más importante que tendría en su corta vida.