Te escribo porque tengo bastantes mensajes tuyos. Esta es la última vez, y espero puedas entenderme.
No todas las cosas son como tú crees. Mi decisión no pasa por los inventos que la gente hace sobre nosotros, y todos esos comentarios que no pasan de ser habladuría barata. Conversé directamente con la persona con la que estuviste. Me expresó que la relación –de amigos- que mantenemos le había hecho un daño enorme. Ella sí creyó todas las habladurías por una sencilla razón: Tú le dijiste que te habías enamorado de mí.
Cuando te conocí, y pese a que no hablas mucho, supe que eres una buena persona. Nunca dudaste en ayudarme –callado también- cuando veías que tenía que mover muchas cosas y no me alcanzaban las manos. No te escuchaba hablar mucho, pero tu sonrisa hablaba por ti. Otras veces te encontraba escuchando música arriba en la terraza, con la mirada perdida. Sospeché que te pasaba algo, pero luego me fijé en que esa era tu forma de ser. ¿Por qué tanta melancolía, Manuel?
Al tiempo tu melancolía de siempre se agravó: lucías realmente triste. Perdiste totalmente el brillo que tenías en los ojos. Perdiste el habla y la sonrisa del todo. Había una marcada diferencia y por eso dudé mucho antes de acercarme. No quería entrometerme más de la cuenta, pero sentía un impulso por tratar de ayudarte. Tú siempre tratabas de ayudarme. Me arriesgué y te encontré sentado “viendo” el ensayo. Y digo “viendo” porque tenías la mirada hacia adentro, ¿me explico? Como sea, cuando volteaste y confesaste que tenías un problema difícil de resolver, amagaste una sonrisa, pero tus ojos te traicionaron. Querías llorar y te aguantaste. Algo no andaba nada bien.
Te arriesgaste a confiar en mí, y a duras penas me pediste juntarnos para conversar un día, sin apuros. Vi que te costó bastante pedírmelo, y a pesar de que tenía una reunión con familia y algunos amigos fui a verte. Quería saber si podía ayudarte de alguna forma. Todo lo que me contaste –créeme- me sorprendió muchísimo. Veía en tus ojos que eras sincero, y que de verdad toda la situación se te estaba escapando de las manos. Me conmoví, lloré y te abracé. Lloraste. Estabas confundido, no entendías el por qué de mis lágrimas. Y es que el dolor nos acerca, Manuel. Quería que sepas que te entendía, y que no estabas solo en tu dolor.
Luego, ya sabes, pasó lo peor. No podía creer que te sucediesen tantas cosas juntas. El día que conversamos, antes de irme, supe que ibas a hacer lo correcto. Me lo dijiste, a los pocos minutos, y como siempre supe que eras sincero. Y ahora te pasaba esta tragedia, justo cuando salías de tu confusión. Te vi por última vez a los pocos días, con lo ojos rojísimos, con infinito dolor. Reías nervioso, como si la vida fuese un chiste cruel. Te dije que no olvides orar, que descanses un poco, que sanes y ayudes a sanar a quien compartía esa pena tan grande contigo. Y juraría que siempre entendiste lo que te decía.
No quiero hablar sobre las cosas tan horribles que dijeron de nosotros después. No pude despedirme en persona de ti cuando me fui, y así no lo creas, lo hice por tu bien. No es bueno que tengas tantos problemas ahora, así como tampoco es bueno para mí. Sabes que siempre te brindé toda mi amistad de la manera más sincera posible. Y sólo fue eso, mi amistad. Pero me voy porque no puedo estar en un ambiente tan contaminado, y porque no quiero hacer daño con mi presencia. Entiéndeme, así sea difícil de hacerlo en estos momentos. No puedo estar ahí si sé que estoy poniéndole el dedo en la herida a otra persona. Ella atraviesa un momento complicadísimo, y pese a que se equivoca en muchas de las cosas que afirma, prefiero irme. Por favor, tú no te vayas. Es el último favor que te voy a pedir. Si alguna vez fuimos amigos, no renuncies.
Siempre voy a valorar mucho que no creyeras los rumores que te contaron sobre mí. Sé que no eres esa clase de persona. Pero me preocupa que me hayan contado que ahora eres una persona totalmente distinta, que eres bastante frío. No endurezcas el corazón. Tú no eres así. Yo me acerqué a ti porque no necesité mucho tiempo para darme cuenta del gran corazón que tienes. Acuérdate de que siempre podemos mirar al cielo en búsqueda de la paz que necesitemos, y que los momentos duros duelen, pero debemos seguir adelante. Pese a que ya no podamos ser amigos, vas a estar siempre en mis oraciones.
Sigue creyendo en Ángeles. Están ahí afuera.
