lunes, 20 de julio de 2015

Partido Aparte

I

A golpe de once de la noche, la banda Mar de Copas sale a encontrarse con el público fiel que -entusiasta- le dedica barras como si se tratase de un partido de fútbol. Es una noche como muchas otras en ese local Barranquino, que ha visto pasar por su escenario a las mejores bandas locales y, de vez en cuando, a algún invitado internacional que haya tenido el valor de aventurarse en esta ciudad. La gente continúa alentando a su banda, coreando sus canciones con pasión. Sin embargo, hay otro partido que se está jugando un tanto lejos del escenario. Para ser más exacto, entre esas dos personas que se encuentran en la mesa número cinco. 

Dado que la mesa es para tres, cualquier persona que los conociera y pasara por ahí, sin duda les preguntaría por Mauricio. Es natural, siendo todos parte de la misma historia. Pero hoy sólo están los dos, pese a que Mauricio disfruta mucho de la música de Mar de Copas también. Ninguno ha visto al buen Mauri hace meses: se ha borrado del mapa. Presumen que quizá sea por su trabajo. Presumen también -pero no lo dicen- que lo más probable es que sea por la misma razón que lo vuelve una persona tan difícil: simplemente no le provoca ver a nadie. 

Gabriela es la ex novia de Mauricio. Lo conoció cuando aún estaba en el colegio, y lo amó como puede amar una colegiala: sin prisas y sin pensar en el futuro. Las cosas no acabaron bien, pero al tiempo lograron volver a ser amigos. Luego fueron amantes, período en el cuál Gabriela se encontraba sumamente confundida, y era presa fácil de los deseos que tenía Mauricio por poseerla. Pese a que se encuentran hasta el día de hoy en reuniones de amigos en común y la relación es cordial, ella nunca ha podido perdonarse esos momentos de debilidad. Mucho menos perdonarlo a él.

Nico es el mejor amigo de Mauricio. Se conocen desde antes que empezaran a conocer chicas, a interesarse por conquistar a alguna, y a fracasar en el intento. Mauricio había tenido un éxito leve en este aspecto a lo largo de los años, a diferencia de Nico que caía más fácil en la timidez y en el no arriesgar. Mauricio, sin embargo, lograba lo que lograba apoyándose en el alcohol, y muchas veces el elixir mágico resultaba un potente veneno, exponiéndolo a fracasos realmente vergonzosos. No era el camino que Nico quería tomar. Tiempo después que se distanciaron, quizá harto de su mala fortuna, Nico empezó a vestirse distinto, adquiriendo algunas prendas de moda, y comenzó a frecuentar los sitios de los que oía que hablaban sus compañeras de trabajo. Quería salir y lograr el éxito conquistando a alguna chica linda. 

Empezó a salir con Gabriela sin darse cuenta. Ella había cambiado su estilo de vida, y así como Nico, quería conocer todos los restaurantes de moda, y hacerse millones de fotos en cada lugar que visitase. Se compró un placard enorme, y se dispuso a llenarlo en tiempo récord. Quería sentirse distinta. No fue nada difícil pues, que el día menos pensado, ambos coincidieran en la inauguración de un nuevo bar en Miraflores. Intercambiaron teléfonos, y empezaron a tener un contacto más fluído. Ambos se extrañaron de no haber entablado una amistad sólida hasta ahora, cuando habían coincidido muchísimas veces en los cumpleaños de Mauricio, e incluso cuando vivían muy cerca.

"Es lindo y me encanta su ropa", piensa ella. "Y creo que ahora me está mirando las tetas", continúa. Se cansa e irrumpe en medio de una balada de amor suicida:

-Nico, te pasaste, gracias por acompañarme.
-No, no seas loca. ¡Mar de Copas es lo máximo!
-¡Sí! Yo no venía hace uff a verlos, no sabes. ¿Tú?
-No, yo tampoco los veía. Antes íbamos a todos los conciertos con Mauri, pero de ahí ya no.

"La cagaste", pensó ella. "¿Por qué tenías que mencionarlo si todo andaba tan bien?"

"La cagué", pensó él. Sabía que Gabriela prefería evitar el tema Mauricio cuando fuera posible. Quiso remediar la situación de inmediato.

-Voy a pedir unos Maracuyá Sours. ¿Te gustan?
-¡Son mis favoritos!

El primer gol era para Nico.


II

El concierto avanzaba, y la conversación se volvía más espontánea a medida que las canciones se volvían más corta venas, y sobretodo, a medida que llegaban vasos incontables de Maracuyá Sour. Nico puso en la balanza su regla de no ayudarse con alcohol para ser más agradable, contra lo linda que lucía Gabriela esa noche y lo increíble que olía su cabello. La balanza - y el partido- se inclinaba a favor a Gabriela. 

-Gab, brindemos porque conciertos así hay muy pocos.
-Ya, pero un Maracuyá más nomás. Voy como cuatro ya.

Acabando el concierto, la mesa cinco continuó con Piscos Sours tradicionales, ya que se había acabado la esencia de maracuyá en el bar. Conversaron sobre música, sobre autos, del trabajo, y también del desamor. Fue ella la que recordó a Mauricio, y quiso medir la reacción de Nico.

-¿Le has dicho a tu amigote que salimos de vez en cuando?
-Alguna vez creo que lo hablamos. Normal, ¿no? No tendría por qué molestarse.   
-Sería bien conchudo si se molesta, en verdad.
-¿Por qué, ah? ¿Está saliendo con alguna amiga tuya o qué?
-No, aunque si te contara las cosas que me ha hecho me entenderías. Pero olvídate, no quiero hablar de eso en verdad.

A él le parecía raro que sea ella quien tocara un tema tan tenso, y precisamente en estos momentos. La miraba detenidamente. Sus ojos grandes, marrones, resaltaban entre su nariz pequeña y sus labios delgados. Era un rostro que le gustaba. El alcohol a estas alturas ya había hecho su labor. Tomó aire y propuso.

-¿Vamos un toque al malecón?

Aún sin los siete tragos que tenía encima, Gabriela se hubiese dado cuenta de inmediato que esa frase encerraba una idea que ella pensaba difícil de creer. Él deseaba que algo pasara esa noche, pero no se atrevía a decírselo tan directamente. Se sentía bien con él. Estaba a gusto. No quiso complicarse en absoluto.

-¡Vamos!

Nico condujo lentamente rumbo al malecón. Era tarde, y pese a que no había tráfico, quería ser precavido en extremo para evitar líos con la ley. Había quebrado una de sus reglas hoy, y tenía ganas de seguir quebrando reglamentos y mandamientos junto con la chica que se encontraba en el asiento del copiloto, a quien había visto abrazada de su mejor amigo innumerables veces, y que hoy lucía mejor que nunca con o sin maracuyás de por medio.

Pararon. El volumen de la música estaba en el número tres. No hubo mucha charla esta vez. Se miraron. Sonrieron. Ella se acercó y buscó la boca de Nico. Él buscó oler su cabello, pero se encontró con su cuello. Fue otro gol, ya que era el punto débil de Gabriela, que se dejó besar largamente. Ella -decidida- se agachó, para sorpresa total de Nico, y bajó el cierre de su pantalón. Lo cogió con ambas manos y se la empezó a chupar. 

-Mejor ahora no. Mejor te llevo a casa, Gab.

Y esa frase marcó el fin del partido. 

Nico prefirió no mirarla a los ojos. Ensayó una media sonrisa, subió el volumen de la radio, y arrancó a velocidad sin pensar en los líos con la ley.


III

El auto japonés del año 98 atravesaba la pista en ruta a casa de Gabriela. Iban al borde del mar, que negro y espumoso, se confundía con el cielo en los tramos que estaban menos iluminados. Ella quebró el silencio que se había instalado como un pasajero más.

-¿Tú sabías que él me sacaba la vuelta cuando yo estaba en el cole todavía? ¿Lo viste?
-No. Nunca lo vi. No éramos muy cercanos en ese tiempo. Tampoco me contó nada.
-Es un hijo de puta. Nunca me quiso realmente, sólo quería tirar.

Al soltar la última frase, hizo un gesto que a él le llamó la atención. Se cogió los codos y cruzó los brazos, como dándose un abrazo. Quiso abrazarla al verla vulnerable. Se limitó a decirle:

-Cuando estamos borrachos siempre habla de ti. Hasta ahora.

Ella volteó el rostro como si le hubieran lanzado una cachetada. Sus mejillas estaban rojas. Podía seguir la orilla de la Costa Verde con la vista, atravesando distritos, hasta divisar las luces de La Punta.

-No te creo ni mierda, Nico.

Cuando finalmente llegaron a la puerta de casa de Gabriela, se despidieron con un beso en la mejilla, una sonrisa, y la promesa de verse pronto. Ninguno sabía si el otro decía la verdad o no. La noche estaba fría, y lejos de la pista paseaban perros callejeros en búsqueda de comida y de amor. 

Gabriela sube las escaleras, cuelga su bolso, se quita los zapatos, y marcha hacia el baño. Le ha costado mucho aprender a ser práctica y a desconectarse de su lago frágil, pero lo ha logrado con éxito arrollador. Elige no ponerse a pensar mucho en lo confusa que resultó la velada. Mañana será otro día de trabajo, y otra oportunidad para acabar de llenar ese placard, que ahora admira con orgullo. Se mete a dar un duchazo caliente. Se masturba.

Nico decide pasar por un grifo antes de entrar a casa. Quiere tomar algo helado. Piensa que lo sucedido esta noche no va a volver a repetirse, pero no lo sabe con certeza. Sabe bien que Mauricio no le diría nada si él entablase algún tipo de romance con Gabriela. No le diría nada, como es clásico, pero jamás se lo perdonaría. Pese a estar alejados, aprecia mucho la amistad de Mauricio como para ponerla en riesgo. Paga con un billete de diez soles y destapa la Coca-Cola con algo de brusquedad. Se moja la camisa.

Lejos de ahí, en su departamento, Mauricio busca algo que beber.

jueves, 9 de julio de 2015

Sopa de Caracol

En la radio suena Fórmula - Volumen 2, el último álbum de estudio del popular King of Bachata, Romeo Santos, quien está próximo a cerrar su gira mundial en New York, su ciudad natal. Sin duda será un día especial para el cantante. Hoy, sin embargo, es un día especial para la chica que está al volante cantando las canciones del bachatero a todo pulmón. Mayra tiene 29 años, y maneja nerviosamente su auto atravesando el zanjón. Nerviosa en parte porque ha salido un poco tarde de su trabajo; y sobretodo por una sencilla y poderosa razón: Debe llegar a tiempo a su fiesta de cumpleaños.

Fiesta sorpresa, debería añadir. Mayra se dio cuenta fácilmente de que algo se tramaban sus amigos ya que es bastante curiosa por naturaleza, y no le fue difícil encontrar abierto el Facebook de un compañero de oficina, junto con la invitación a la fiesta organizada por su mejor amiga, Daniela. La misma Daniela que viene torturándola hace media hora vía Whatsapp. El mensaje es para que antes de llegar, Mayra pueda darse un saltito para comprar unos piscos porque huevona, me acordé de to-do menos del pisco, y como sabrás a mi me salen unos chilcanos buenazos/Aparte, ¿no quieres emborrachar al cuerazo ese de tu oficina que he invitado?/Está reconfirmadísimo que viene ah.

Daniela había invitado a todos los amigos del trabajo de Mayra que pudo encontrar, incluído Rodrigo, asesor de ventas que había entrado a la empresa hacía tres semanas. Mayra no había logrado conversar mucho con él como para querer entablar una relación de naturaleza romántica, pero para ser honestos, quería agarrárselo con lengua y contra la pared. Quizá sólo eso. Quizá alguito más. De cualquier modo, más valía darse prisa con la compra de los tragos porque nadie en ningún rincón de la ciudad quisiera manejar por la Avenida Javier Prado a partir de las seis de la tarde. Es una tortura que bien debería implementarse en cursos sobre el  control de ira.

Mayra se detiene en el market de un grifo cercano, Se dirige directamente a la sección licores y escoge dos botellas de pisco acholado sin fijarse en el precio. Llega apresurada a la caja, que gracias a todos los dioses está vacía.

-Buenas tardes.
-Bienvenida a Retrox, señorita. ¿Va a cancelar con tarjeta?
-Sí. Visa, por favor.
-Uy, señorita. Lo que pasa es que ahorita no tenemos sistema para Visa.
-Bueno entonces con Mastercard.
-Tampoco hay para Mastercard, disculpe usted.
-Bueno, ¿para qué tarjeta tienen sistema?
-De momento para ninguna, señorita, disculpe usted.

Mayra piensa que están haciéndole una broma de mal gusto. Se controla.

-Menos mal que me alcanza el efectivo.
-Pucha, señorita. 
-¿Pucha, qué?
-Es que son cien soles. ¿No tendrá billete más chico?
-Es un grifo, se supone que ustedes tienen todo el sencillo del mundo.
-Sí, pero ahorita se llevaría todo el sencillo de mi caja. Y ya acaba mi turno, y no puedo dejar la caja sin sencillo.

La concha de su hermana, piensa Mayra. ¿Puede haber gente así de conchuda realmente? Esta chica quiere que le resuelva sus problemas existenciales. De repente me manda a cambiar el billete también.

-Disculpa, ¿no le podrías decir al chico que echa el gas que te cambie? Justo está atendiendo a un taxista, mira.
-Bien pensado, señorita. Ahoritita regreso.

Luego de trece minutos, regresa la chica del market con el sencillo en la mano, y con su teléfono en la otra

-Disculpe la demora, señorita, pero bien guapo era el joven del taxi, hasta me pidió mi número.
-Ya veo. Bien por ti.
-Uy sí. Guapo estaba. Aquí tiene su vuelto. ¿No desearía llevar la oferta de Red Bull?
-Métetelo al poto, puta.
-¿Cómo dijo, señorita?
-Que sólo lo tomo cuando estoy en ruta. En carretera. Sino me choca. Gracias, igual.
-Gracias por comprar en Retrox, señorita.

Corriendo al auto, Mayra ojea su reloj y piensa que está perdida. Ha perdido alrededor de media hora, y haciendo un cálculo veloz, hay poca esperanza de poder cruzar la Javier Prado antes de hora punta. De todos modos, no hay peor lucha que la que no se hace. Confiando en su suerte, se lanza a enfrentarse al tráfico limeño, o a morir en el intento.

Tan solo pasaron diez minutos para que empiece el infierno de los atolladeros. Y de los semáforos. Y de los buses que quieren meterse entre los carriles como serpientes selváticas. Y es entre el sonido de mentadas de madre lejanas y cláxones por doquier, que logra distinguir que su teléfono suena. Es Daniela. Mayra piensa que de seguro la llama tan sólo para apurarla, y decide no contestar para no ponerse más nerviosa de lo que ya está. Que no jodan y que me esperen pues, piensa ella, y no hace caso a las insistentes llamadas. A los segundos se cansa de oír el celular sonando, y voltea para lanzarlo al asiento trasero. El teléfono rebota, cae, y se desprende la batería. Me cago, carajo, piensa Mayra, quien no ha medido bien la distancia con el auto de adelante, que acaba de frenar de súbito. Choca. 

Baja roja de ira, con la cara ardiendo como si se hubiera intoxicado con el más vil de los rocotos, y la mano recogiéndose el cabello. Se muerde los labios para no mentar la madre. Baja y la ira se transforma en confusión cuando se encuentra con la mirada del chofer del auto de adelante. Detrás de esos ojos rasgados que la miran con desconcierto, y de la sonrisa pícara que se empieza a dibujar, lo reconoce. Es Luchito.

-¡Noooo puede ser! ¿Mayra?
-Hola, Lucho. A los años. Mira cómo nos venimos a encontrar. 
-¿Qué es eso de Lucho, con esa cara de velorio? ¿Encima que me chocas no vas a saludar a tu pata con el cariño que se merece? ¡Luchito, tu chinito, mamita! ¡Luchito!

Luchito (The Sexy Chinito, como solía poner en su estado de Whatsapp) había sido compañero de trabajo de Mayra hacía ya algunos años. Criollo y conquistador como pocos, tenía el talento innato de irritar a las mujeres. Las piropeaba. Las acosaba. Les hablaba muy de cerca. Las sacaba a bailar con afán en todas las reuniones que habían, sin importarle el rechazo unánime. Todo un personaje, Luchito.

-Perdón, Luchito. He tenido un día de locos. No me di cuenta.
-Ahorita, así como está el tráfico, no conviene hacer mucho chongo, Mayrita. Ya que los seguros se encarguen, no te preocupes, aparte ha sido leve. Ah, eso sí, me tienes que dar tu número para que luego arreglemos pues, reinita.
-Está bien, Luchito. Coordinamos por ahí mejor. Estoy un poco apurada, la verdad.
-Un ratito pues, reinita. Vamos a tomarnos un selfie por los buenos tiempos, acá con los carritos chocones, jajaja.
-Okey, Luchito.
-¡Ahí está! Espérame para publicar la foto. Mira, mira, le puse de leyenda "Choque pero sin fuga" ¿qué tal? Uy pero..espera, espera. Aquí estoy viendo que hoy día es tu diablo. ¿Es verdad?
-Sí (suspirando y a punto de estallar)
-Entonces esto no es más que una señal de la vida misma, Mayrita. De repente este pechito es tu destino. Dime, ¿dónde va a ser el tonazo?  
-No se bien la dirección, Luchito. Te mensajeo llegando para dártela. Ahora te dejo porque en verdad me están esperando. Ya hablamos. 
-Cuídame todo eso ah, jaja. Una bromita pues. Ah, y señales del destino, Mayrita, señales del destino no te olvides. Ya hablamos, reinita mía.

Mayra se metió a su auto abollado y arrancó de inmediato, asqueda. Tomó una nota mental: cambiar de número teléfónico mañana mismo.

Cuando Mayra por fin llega a la reja de fuera de casa de Daniela, logra escuchar una bulla ensordecedora. Sin duda la fiesta ya empezó, y empezó hace mucho rato con ausencia de la festejada. Se siente un poco cojuda ahí parada, transpirada, con la bolsa de los piscos en la mano. Toma aire, y decidida a dejar todos los momentos tensos del día atrás, avanza firme hacia la puerta que está entreabierta, pero su fugaz optimismo se va al tacho rápidamente a la vez que sus ojos se abren al límite de su capacidad.  

Es Rodrigo. Su Rodri. Wata Negue Consup. Bailando con su mejor amiga. Yupi pa ti, yupi pa mí. Bailando y cogiéndola de la cintura. Luli Rwami Wanaga. Bailando Sopa de Caracol (¡Hey!) en su propia fiesta y en apretujado trencito. Es demasiado. Mayra aprovecha que nadie la ha visto para salir del lugar a toda velocidad. Cuando arranca el auto siente algo que le corre por la mejilla, y al verse la mano se da cuenta que es su maquillaje: Está llorando.

Llega a casa y asegura la puerta con llave. Mira el buzón por si acaso, pero no hay novedades. Ya en su cuarto decide ver alguna película en televisión. Ha apagado los teléfonos y piensa: Qué huevón Rodrigo si se quiere afanar a Daniela, porque ella se aburre rápido de sus conquistas. Aparte, tiene una teta mucho más chica que la otra. Sonríe. Pese a que ha sido un día de aquellos, ha elegido reírse porque recuerda que la vida es una serie de eventos desafortunados, y que no perdona ni el día de tu cumpleaños. Cuando sale de sus pensamientos se da cuenta que su gato la busca, ella lo carga, y le da un beso largo. Se siente afortunada en medio de todo. Al menos hay alguien que sí le muestra cariño, honesto y real, cariño desinteresado.

A los pocos segundos, el gato le muerde la boca.